Opinión

Demoliendo instituciones

La hostilidad manifestada en la Alianza contra el CEP, a propósito de su última encuesta, habla de cuán confundidos están quienes conducen la coalición oficialista.

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El caso de la Alianza contra el Centro de Estudios Públicos (CEP), a propósito de su última encuesta, es digno de análisis. Porque el CEP fue por antonomasia el centro de estudios de la derecha democrática en la transición. Donde Libertad y Desarrollo (LyD) ponía el acento en la intransigencia y en la promoción de la dogmática neoliberal, el CEP introducía astucia, búsqueda de acuerdos, multiplicidad de enfoques. Donde LyD enfatizaba una teoría general con dominio unilateral de la economía, el CEP incorporaba humanidades, ciencias básicas, psiquiatría y antropología. La exacta diferencia entre una trinchera y un lugar de encuentro. Y el CEP hacía su trabajo y tendía redes con el activo auspicio del mundo empresarial, mismo que prosperó con el autoritarismo y las restricciones del sistema democrático post 90, pero que entendía que el mundo estaba cambiando y que el país también.

¿Qué culpa tiene el CEP  que  un sector político cambie tres veces su candidato presidencial? ¿Qué culpa le cabe a la encuestadora que la actual candidata no marque, si es la figura política que genera más rechazo? Las destempladas declaraciones de Joaquín Lavín respecto de la baja puntuación de Matthei, no deberían apuntar al termómetro sino a la paciente.

El Gobierno ha entregado, en poco tiempo, muchas señales de su incapacidad de tomar con calma lo que emerge de las distintas herramientas de percepción de la realidad. Parecería que aquello es un buen reflejo de la naturaleza hiperactiva del Jefe de Estado.

Lo primero ocurrió con la CASEN, cuando a partir de su último reporte, el Gobierno intentó armar una reconstrucción del panorama social chileno y anotarse un poroto que no tenía correspondencia con una información que prácticamente no indicaba cambios. El resultado de la operación mediática fue desastroso: la encuesta puesta en tela de juicio y la CEPAL, institución de validación externa, por su propia decisión retirada de esa tarea.

El CEP intentó poner paños fríos en la polémica para intentar salvar el valioso instrumento. Pero el Gobierno consideró que esa intervención, que básicamente pretendía racionalizar el  debate, implicaba un apoyo a la oposición. En este caso, como en muchos otros, el oficialismo manifestó una preferencia evidente por la publicidad, que por el trabajo estadístico silencioso. Las apuradas conclusiones eran irresponsables para un gobierno repleto de economistas profesionales que saben que los cambios en pobreza y desigualdad son lentos por definición y no constituyen tendencias  sólidas sino en períodos prolongados de tiempo.

Luego le tocó el turno al INE, con la conocida anécdota del “mejor censo de la historia”. Aquél que nunca se llegó a terminar. El resultado para el respetado patrimonio estadístico del país ha sido devastador. Hoy, la discusión es cuánto habrá que gastar para reponer la credibilidad de la institución, en un mundo donde disponer de estadísticas indisputadas hace una inmensa diferencia.
Hubo un momento  en que en el país existía una robusta oferta de encuestas. Sin embargo, particularmente por el uso por los principales periódicos nacionales de sondeos realizados sin la acuosidad correspondiente, que además erraron contundentemente en sus predicciones, este mercado sufrió una atrofia aguda. Así, el CEP quedó como la gran encuestadora.

Sabemos que existen otras empresas que producen encuestas de muy buen nivel, pero sus reportes son privados. El sondeo que realiza la Universidad Diego Portales también es muy utilizado para efectos académicos, pero no tiene aún la visibilidad, ni la historia de la encuesta del CEP. Por eso es que el cuestionamiento de la Alianza, al poner en duda sus resultados o invisibilizar sus conclusiones, es tan negativo para el debate público. Por eso es que la renuncia de su prestigiosa responsable, Carolina Segovia, tiene efectos que trascienden esta coyuntura.

¿Y son tan importantes las encuestas? Sí, son importantes porque permiten apreciar con más detalle en qué andan los chilenos. Particularmente el registro del CEP, que tiene una antigüedad que permite hacer  comparaciones, mirar evoluciones y apreciar  tendencias. Al final, lo menos importante en la encuesta es la intención de voto por  candidatos.

Así estamos: en controversia la encuesta Casen y el Censo de población. Y ahora la encuesta del CEP. Donde no hay instituciones, hay barbarie. Debilitar el INE, poner dudas sobre la Encuesta Casen y maltratar al CEP, introduce oscuridad en un momento en donde lo que se requiere es información y conocimiento. Para iluminar las deliberaciones en un país que pretende iniciar nuevos rumbos.  •••

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