Opinión

La Nueva Mayoría y su apasionante conflictividad interna

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Es muy difícil imaginar el futuro de la recientemente fundada Nueva Mayoría sin remitirse a los antiguos y habituales debates de la Concertación entre autocomplacientes y autoflagelantes. La cuestión es preguntarse cuánto puede afectar, paralizar o propulsar, en la actualidad, a esa fuerza política el ejercicio de una intensa dinámica autorreferente. Desde que las fuerzas de centro e izquierda decidieron marchar juntas en la política nacional para terminar con la dictadura y gobernar la transición, las polémicas internas han sido un sello. En la Nueva Mayoría hay conciencia de esta realidad conflictiva, pero no se le escabulle el bulto. Para muchos de sus integrantes, esa diversidad y sus consecuentes complicaciones son un motivo de orgullo y una marca fundacional.

Surgen preguntas obvias. ¿Impedirán estas disputas el buen funcionamiento del futuro gobierno? ¿Quién se impondrá en el rumbo de la conducción de éste? ¿Sobrevivirá esta nueva coalición, con la incorporación del PC, a la difícil convivencia con las exigentes y contradictorias demandas sociales? El test de un gobierno cuatrienal, con sus miserias y grandezas, puede ser una prueba mayor para una coalición de esta naturaleza. En todo caso, el debut en las elecciones municipales de octubre pasado estuvo marcado por el éxito no sólo en los resultados, sino además, por la capacidad de resolver por la vía de primarias abiertas la designación de los candidatos a las alcaldías en más de 140 comunas.

La Nueva Mayoría ya dio un sólido primer paso para legitimar su proyecto de volver a gobernar al elegir, con una alta participación ciudadana, su candidatura presidencial. El resultado de esa operación fue impecable, no sólo por su masividad, sino también por la manera en que ganadores y perdedores pudieron fundirse en una contundente opción política. Este proceso le da un inmenso poder a la candidata Michelle Bachelet para ordenar y enfrentar las tareas que depara el futuro próximo a esta coalición, donde conviven liberales y comunistas, católicos confesos y laicos radicales, partidarios de la asamblea constituyente y gradualistas cautelosos.

Disponer de una gran candidata y ejercer una disciplina política ejemplar, a partir de la voluntad de volver al gobierno, ha permitido articular una estrategia que está dando resultados. Las graves desavenencias de la derecha han facilitado la tarea. La capacidad de recuperación de la centroizquierda para renovarse discursiva y polítiticamente, en particular a partir de los duros cuestionamientos desde la movilización social de 2011, no es menor y muchas veces es minimizada por sus adversarios. El sistema binominal colabora también a su unidad de acción. La coalición se repuso rápidamente a la incapacidad de organizar primarias parlamentarias legales, organizando una lista parlamentaria competitiva, y resolvió sin dramas una integración de todas las sensibilidades al debate programático, donde, pese a las críticas, se hizo cargo de modo simbólico, a través de la figuración de distintos personeros, de los 20 años de gobiernos concertacionistas, asumiendo también muchos de los nuevos desafíos planteados por “la calle”.

Siguiendo otras experiencias de coaliciones con largo tiempo en el gobierno, aquí la cuestión clave ha sido definir con claridad procedimientos para la toma de decisiones: la jefatura de la ex presidenta y hoy candidata en los temas que tienen que ver con su futuro gobierno (programa y equipos) es total. Lo que tiene que ver con el poder parlamentario es tarea de los partidos. En esa última materia, la voz de la figura presidencial es importante, pero la responsabilidad final en esa temática recae en las organizaciones políticas. Finalmente, más allá de los problemas de poder, la dinámica de controversias muchas veces opera como un incentivo para preparar buenas políticas públicas y afinar la calidad de la gestión política. Además, le permite que su fuerza opere en distintos frentes, en distintos territorios: el académico, el social, el mediático, el parlamentario, el municipal.

La coalición que probablemente triunfará en noviembre no se tranzará en una batalla sin cuartel, irracional, en el que sus actores principales estén disponibles a botar el agua y la bañera, y donde no se encuentren campos intermedios ni espacios de mediación. Para unos y otros, los cursos estratégicos futuros dependen de la correlación de fuerzas políticas y parlamentarias, de los niveles de adhesión del futuro gobierno, del estado de funcionamiento de la economía local e internacional y de la legitimidad de las demandas sociales.

Ahora, la fuerza política que ha gobernado Chile más que ninguna otra coalición es su historia, intuye un desafío mayor en su capacidad de gobernabilidad ante el esfuerzo de reformas de gran tamaño: cambio de la Constitución, del sistema electoral, reforma educacional y modificación del sistema tributario. Cuando aspira, con la incorporación del PC, a dar un giro de timón respecto de la trayectoria anterior, medirá sus pasos, la magnitud de su radicalidad. Consciente del tamaño de su convocatoria, teme, por sobre todo, a la marginalidad y a la esterilidad de su acción política. Y por eso es que, por un buen tiempo, claramente los incentivos están más puestos en lo que une que en lo que divide. La historia dirá hasta cuándo. •••

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