Opinión

¿A qué llamamos progreso social?

Con el ingreso de Chile a la OCDE, hace ya varios años, se cumplió uno de los anhelos que tenía la elite política y empresarial de poder: jugar en las grandes ligas. El paso natural que seguía a esa entrada era llegar a ser un país desarrollado. Pero, ¿qué significa eso?

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El presidente Piñera, así como varios de sus ministros, constantemente, y basados en cifras económicas duras, nos muestran que estamos ad portas de convertirnos en un país primer mundista. Pero no es muy claro definir de qué estamos hablando cuando hablamos de desarrollo.

La discusión sobre el desarrollo de los países, y por lo tanto la manera de medirlo, es bastante amplia, pero en general el debate se ha centrado en que nuestro nivel de desarrollo depende de nuestro nivel de ingresos. Es decir, si nuestro PIB per cápita pasa un cierto umbral, entonces, somos considerados un país desarrollado.

A su vez, varios estudios han demostrado una alta correlación entre crecimiento económico y una serie de indicadores sociales que se podrían interpretar como mejoras para la ciudadanía. Sin embargo, hay una creciente tendencia, liderada por las personas que trabajan en terreno y seguida por investigaciones académicas, que dan cuenta de lo siguiente: las medidas económicas no capturan todo el progreso social.

Lo anterior, se puede ver representado de diferentes maneras: las manifestaciones sociales, las demandas ambientales, la discusión sobre el abuso o no abuso de la banca, las colusiones, entre muchas otras cosas que hemos visto durante el año; nos ponen cada día más interrogantes sobre si las cifras macroeconómicas tienen eco en la mayoría de los chilenos y chilenas. Una de las hipótesis llama a la calma atribuyendo estas demandas a una cosa natural dado nuestro estado de desarrollo. Mientras más ricos los países, más complejas las demandas dicen algunos. Otras visiones, algo más radicales, cuestionan al modelo y a partir de indicadores como el de desigualdad, contradicen fuertemente la idea de que las cifras se traduzcan en mejoras sociales.

Hace algunos días salió el primer reporte que mide el progreso de los países desde un ámbito social (Social Progress Index). Es cierto que no es la primera vez que se trata de medir algo que tiene que ver con una visión del desarrollo de los países de una manera integral (existe el índice de desarrollo humano y el de la felicidad, entre otros). También es cierto que los índices y rankings están lejos de la perfección.

Pero lo interesante de este índice que mide el progreso social es que, además de ser la primera vez que se realiza, se hace con la misión de entregar a los gobiernos, al sector privado y a las ONGs, información que sirva para que las intervenciones de dichos actores impacten de manera positiva en la calidad de vida de las personas.

El índice de progreso social está basado en tres pilares: necesidades básicas, fundamentos de calidad de vida y oportunidades. En términos globales, Chile está rankeado en el lugar 14 sobre un total de 50 países. El ranking es liderado por Suecia, Reino Unido y Suiza. Dentro de América Latina Chile está segundo, por debajo de Costa Rica, que ocupa el puesto 12. Más allá de las posiciones, ese índice nos da algunas luces de aquellas áreas en donde nuestro país debiera priorizar sus acciones.

El primer desafío es para nuestros urbanistas y para las autoridades sectoriales porque está directamente relacionado con vivienda, donde ocupamos el lugar 24. Esta posición está explicada principalmente por la baja percepción de las personas respecto a la disponibilidad de inmuebles habitacionales dignos y a un precio razonable. Desafío para nuestros urbanistas y nuestra política en dicha cartera.

El segundo desafío es para el mundo de la energía y del medio ambiente. Cada vez se hace más urgente poder construir un ecosistema basado en la sustentabilidad. Y esto tiene que ver con nuestra matriz energética, con la manera de producir y en cómo el medio ambiente y su protección son parte de las decisiones empresariales pero también ciudadanas.

El tercer desafío es en el área de la inclusión. Hemos avanzado bastante pero nos queda camino por recorrer. Especialmente en lo que respecta a temas de género, donde tenemos una gran deuda. En los indicadores que tienen que ver con el respeto y los derechos a la mujer estamos rankeados en los lugares 42 y 48 respectivamente (de un total de 50).

Estas tres áreas de mejora presentan desafíos para el mundo público, por cierto, y para nuestros candidatos presidenciales. Pero también entregan luces al mundo de los negocios. La articulación y buen funcionamiento de un modelo se puede hacer mediantes ideas o bien por acciones que demuestren los beneficios de éste.

En el mundo actual centrar todos los esfuerzos en la última línea sin importar el resto de los actores es meramente un ejercicio teórico que puede terminar en una sociedad cada vez más crispada. Acciones que sean capaces de crear valor –público y privado– debieran ser focos para las empresas que deseen profundizar y mejorar su relación con la sociedad. •••

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