Opinión

La voz de las empresas

Quizás sea un buen momento para que las elites empresariales comiencen a mirar con ojos menos tendenciosos lo que ocurre en el sector de los movimientos sociales. Ahí se están produciendo aglomeraciones e impactos.

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En el escenario actual, el término capitalismo de Estado se ha ido posicionando en distintos niveles, no sólo por lo ocurrido con la crisis financiera de 2008-2009. Sin ir más lejos, cuando se analizan aquellos países que han escalado posiciones en términos de crecimiento y de contribución al PIB mundial, son justamente aquellos que han cuestionado de alguna manera el modelo capitalista tradicional los que han destacado.

Esta tendencia no es necesariamente novedosa: el despegue de Japón en los 50, así como el de Alemanía a fines del siglo XIX, también presentaron signos de capitalismo de Estado. La diferencia con lo que vemos ahora es la magnitud y escala que ha tomado. La revista The Economist en un reportaje realizado el año pasado (The rise of the state capitalism) demuestra el avance que ha tenido esta visión en algunos países emergentes (Brasil, China, Rusia, entre otros). Por otra parte se han realizado varios estudios y discusiones en torno al rol de los empresarios respecto al modelo y en la construcción de país.

Para algunos ejecutivos, las empresas no tienen nada que hacer respecto a las políticas públicas. Pero no es así. En una sociedad democrática, las empresas y/o industrias tienen un amplio repertorio de oportunidades para hacer valer sus puntos de vista e influir en las políticas. Y legítimamente. Todas las empresas, por ejemplo, tienen interés en que el esquema tributario del país no discrimine –a favor o en contra– a ciertos sectores productivos en particular. Lograr que el clima de opinión favorezca esa premisa es un objetivo del todo válido. Pero es más fácil de obtener en la medida que una empresa logra posicionarse globalmente y recibir el reconocimiento y el respeto de la sociedad. Esto es: cuando genera con su entorno, sea comercial, político, social o cultural, vínculos intensos y armónicos. Bien posicionada, a una empresa le será más fácil validar su voz y hacer oír sus reclamos.

De esta forma, parece normal y razonable que las empresas puedan y quieran influir. El problema surge cuando esto no es de manera transparente y cuando se hace en un campo de juego en donde la cancha no está nivelada. En estos casos las empresas destinan recursos a incrementar sus actividades de búsqueda de rentas (rent-seeking) con la introducción de distorsiones e ineficiencias derivadas de medidas discriminatorias, privilegios arbitrarios, barreras a la libre competencia y al funcionamiento del mercado. Además, el Estado es capturado por intereses particulares, lo que tiene causas negativas sobre la distribución del ingreso y la equidad. El círculo vicioso se cierra con una creciente desconfianza de la ciudadanía en las instituciones públicas, sus autoridades y funcionarios, los políticos y la política. La opacidad y falta de transparencia no sólo ponen en riesgo nuestra democracia sino también el ambiente en donde se hacen los negocios. Todo esto queda demostrado en la percepción que tiene la ciudadanía sobre las empresas. A la pregunta realizada por la encuesta ICSO-UDP sobre si tiene confianza en las empresas, sólo un 16,5% de los encuestados dice que si.

Ahora bien, la influencia empresarial no es algo novedoso. Desde principios del siglo XIX los empresarios, a través de sus asociaciones gremiales, fueron actores relevantes de la economía chilena. Algunas veces como promotores del crecimiento o del empleo y otras como influenciadores de las políticas productivas que regían o que en algunos casos rigen en nuestro país. Es más, durante los 90 y principios del siglo XXI fueron los empresarios a través de las asociaciones empresariales (ejemplo CPC y Sofofa) los que lideraron la reforma al mercado de capitales, la agenda pro crecimiento y muchas otras iniciativas de política pública En esos años el rol de los empresarios era reconocido y valorado. Y eso le hacía bien al país.

Lo novedoso está en que durante el último tiempo la influencia y poder de dichas agrupaciones ha caído considerablemente. La forma de influir cambió y eso lo tienen que entender las empresas. En el actual contexto –en donde las demandas son cada vez mayores– el rol del Estado o de la sociedad civil no es suficiente para impactar en la calidad de vida de las personas. Por lo mismo, hoy más que nunca se requiere que las empresas también participen de las decisiones y sean capaces de influir en los procesos de toma de decisión.

Porque las reformas que necesita el país en distintas materias (educación y tributaria por nombrar algunas) son estructurales; los comandos de los candidatos y de la candidata a la presidencia no sólo deben estar integrados por políticos y académicos sino también por empresarios que sean capaces de transversalizar sus posturas y trabajar en conjunto para la construcción de un Chile mejor. •••

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