Opinión

Wacquez, el libertino

El autor de Epifanía de una sombra fue el epítome del esteta y el gran apologeta del hedonismo. Escribió la prosa suntuosa de un mandarín.

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Con la idea de escribir un perfil sobre el escritor chileno Mauricio Wacquez, me he pasado el verano leyendo su obra (novelas, relatos y ensayos), revisando sus entrevistas y conversando con quienes lo frecuentaron, cuando trabajaba como profesor de filosofía en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile, allá por 1971 y 1972, o, más tarde, cuando vivía en España, trabajando para editoriales barcelonesas y haciendo traducciones del francés.

Wacquez fue el epítome del esteta y el gran apologeta del hedonismo. Escribió la prosa suntuosa de un mandarín. En sus ficciones indagó sobre los placeres de la carne, las subversiones del deseo, las perversiones del amor y el goce del poder como hechos biológicos ajenos a los mandatos morales y a las buenas costumbres. Orgulloso autor de minorías, prosista absorto en su propio virtuosismo, Wacquez sólo escribía para el “lector macho” descrito por Cortázar: alguien que complementa y releva al autor en la producción del sentido.

“Mi universo narrativo es de total libertad”, declaró, “y también las coordenadas morales en que se mueve”. A su manera herética, Wacquez homenajeó en todos sus libros el verso de William Blake que puso como epígrafe en Excesos (1971), una colección de relatos que escribió mientras deambulaba por Francia a fines de los 60. “The road of excess leads to the palace of wisdom”. La narrativa de Wacquez recorre esa ruta y los excesos que explora, con la dedicación de un naturalista empeñado en catastrar las zonas más agrestes de la condición humana, trastorna el orden de las familias, las jerarquías sociales y los preceptos valóricos de moros y cristianos.

Su literatura es una proyección de su vida transgresora al mismo tiempo que una forma de ampliar el registro de su heterodoxa experiencia biográfica, que incluyó la práctica del sexo predatorio con un desenfado que mezclaba el gusto pagano por los efebos, con el hedonismo sin remordimientos de un discípulo de Sade. “Soy un hedonista innato y la libido es la emoción sexual que nos da impulso para poder vivir”, declaró Wacquez en 1988. “Nada hay en el mundo que me pueda apartar de la prosecución del placer, y me he dado permiso para todo”. Interesado en la androginia, hizo del sexo con hombres y mujeres un campo de prueba de las gratificaciones que el placer le brinda a los investigadores más audaces.

Antiautoritario a ultranza, “anticlerical furibundo” y escéptico radical, Wacquez nunca militó en nada, salvo, quizá, en la satisfacción del “ego dionisiaco” preconizado por Norman O. Brown, héroe contracultural de los 60, heterodoxo teórico freudiano de la cultura, apóstol del principio del placer y de las perversiones polimorfas como cura de la neurosis provocada por la represión de los instintos. Como Wacquez, Brown también desarrolló su obra bajo la admonición de Blake, teniendo a la vista el mismo verso que preside Excesos: “La ruta del exceso conduce al palacio de la sabiduría”.
Wacquez tenía los gustos refinados de un dandi y su concepto de la elegancia comprendía el uso de sombrero, bastón y capa. Incisivo y vehemente, de risa estentórea y maneras teatrales, reunía los atributos discordantes de los genios temperamentales: encantador e intratable, entusiasta y sombrío, profundo y frívolo, afable y hosco. Alfredo Bryce Echenique, que lo conoció bien, lo definió como “un gran pesimista que muy sinceramente deseaba que todo saliera bien, incluso perfecto”.

Murió de sida el 14 de septiembre del 2000, a los 61 años. Desde entonces el festín hedonista de Wacquez evoca esa desmesura transgresora, de destino trágico, que los griegos llamaban hybris. Wacquez concluyó Epifanía de una sombra, su maciza novela autobiográfica, sabiendo que corría contra el tiempo: contra la muerte, en definitiva, y contra el deterioro físico, mientras tanto. En los huesos, consumido por la enfermedad, fue perdiendo la capacidad de hablar y, por un tiempo, hasta la capacidad de leer: miraba las palabras de su propio manuscrito como si fueran los signos de una lengua desconocida, sin lograr entender qué decían.

Epifanía de una sombra iba a ser el primero de tres libros autobiográficos, a los cuales se refería como Trilogía de la oscuridad. Por qué ese nombre, le alcanzaron a preguntar. “Porque la oscuridad es la verdad. La vida”, agregó, como ensayando un epitafio, “no es más que un chispazo entre dos oscuridades”. •••

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