Opinión

Construyendo bullying

La construcción se ha acostumbrado a andar como el grandulón del curso y a no respetar los más mínimos estándares de convivencia

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Me sugieren escribir sobre la burbuja o, como le dice una amiga, la “bruja inmobiliaria”, y me parece, como diría también mi padre, una “regia” idea. Al no ser economista, tengo la libertad de soslayar el aspecto numérico del tema y puedo centrarme en los efectos; algo más cercano a mi experiencia de desamor con el rubro de la construcción tras padecer durante años –como vecino de Vitacura, un sector en transformación– las secuelas burbujeantes de la fiebre edificatoria.

Una parte sustanciosa de los efectos colaterales de la burbuja inmobiliaria, no es la total bancarrota, como ya se sabe, sino también –gracias a la industria de la construcción– el deterioro de la salud mental.

Los constructores son seres impopulares, poco queridos, y nosotros, los arquitectos, tampoco nos llevamos del todo bien con ellos. Es sabido que nos culpan desde las goteras para abajo. Sobre todo de los costos extraordinarios de los proyectos. Pero no es este el punto a tratar y lo que viene a continuación, aunque lo parezca, no es una venganza corporativa. Es la natural reacción de un vecino que se queja por años de maltrato acumulado.

El constructor tipo es un ser de cuero grueso que está bajo estado de alerta permanente. Acostumbrados a vivir, como ellos mismos describen, solucionando problemas y apagando incendios, son personajes por lo general de carácter explosivo y que apaciguan el stress con exceso de tabaco o con formas mucho peores. Tal cual. Cuando el cigarro no es suficiente, contienen la bilis haciendo bullying a todo aquel que esté un poco más abajo en la jerarquía de la empresa y sobre todo –y este sí es mi punto– dañando la salud de los vecinos.

Hasta creo que a veces deben pensar cosas del tipo “si a mi me joden, que se jodan los otros, y si les rompemos los nervios y le llenamos de polvo la cabeza, pues bien, que llamen a los inspectores municipales para que vengan. Total, sus multas valen “hongo”. Como todos sabemos, tener la suerte de que se te instalen de vecinos estos amigos de la indiferencia, y levanten campamento en las inmediaciones de tu refugio de armonía y paz, es una amenaza al siempre frágil equilibrio emocional. Sí, porque el gremio ha evolucionado poco y gusta de la mano de obra intensiva y poco preparada –que es como hace sus jugosas utilidades–, y honrando su tradición gremial que le llevó en tiempos mejores a levantar catedrales góticas, se inclina menos por la tecnología que por la práctica medieval de hacer las cosas. Mucho ruido, mucho polvo y mucho error. Sí, mucho muro que se levanta y se bota varias veces durante el mes. En definitiva, mucha polución.

Acostumbrado el gremio a rentabilidades generosas, es notable percibir cómo la racionalidad y la innovación escasea en el rubro, mientras persisten los atrasos que acumulan y acumulan multas tan baratas como el aire. Que me perdonen mis amigos y parientes constructores por estas sinceras y sentidas declaraciones, pero tenerlos de allegados en el barrio es lo peor que a uno le puede suceder en la vida.

Ahora, saliendo de mi experiencia personal, es justo decir que no a toda la humanidad le parecen impopulares estos buenos amigos. Es más, hay algunos que les aman y hasta les miman. Así es. Para un mínimo porcentaje de la población, el rubro de la construcción es como un mal necesario. Tanto, que a través de un insistente y férreo lobby han hecho creer a la gente de Palacio que sin ellos la economía del reino se hunde, y que el símil Freirina en las ciudades es preferible a las siete plagas del desempleo. Y que por lo tanto; a aguantar se ha dicho porque si no, por ahí estos hombrones se nos agripan.

Asustadiza como es esta gente de guantes blancos, y temerosa de quienes traen barro en los bototos, no sólo han evitado meterse con afganos así de bravos, sino que han instruido que se les trate como señores y se les abran las puertas del reino con golpe de jinetas. Basta con notar cuantos de ellos hay, por ejemplo, diseñando la nueva política urbana del presidente Piñera. El ministro de Salud, Jaime Mañalich, se arrancaría los pelos si se enterara de esto, ya que es equivalente a tener a las tabacaleras sentadas a la mesa donde se diseñan los planes de salud pública de la nación.

Así las cosas, la construcción, a diferencia de cualquier otra área productiva del país, se ha acostumbrado a andar como el grandulón del curso y a no respetar los más mínimos estándares de convivencia.

Tras esta reflexión, me pregunto si el aumento en el consumo de antidepresivos de santiaguinos, temucanos y serenenses no estará menos relacionado a las condiciones de la sociedad de consumo y más asociado al deterioro de la calidad de vida que esta industria está generando en nuestros barrios. ¿Los candidatos Golborne o Allamand estarán dispuestos a poner atajo a este bullying, o es que sólo a una mujer como Bachelet le preocupa la salud de sus hijos?

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