Opinión

Las pifias nuestras de cada día

Que el terremoto (helado con vino) es rico, que el indio pícaro es divertido o que Valparaíso es lo más bonito del mundo son todas subjetividades difícilmente comprobables. Quienes vivimos y roncamos acá sabemos cuáles son las cosas para lamentar. Aquí una lista muy personal.

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LAS PLAYAS SON UN ASCO. De que son frías son frías. De que tienen grandes olas, tienen grandes olas. Pero no nos engañemos: de que son un asco, son un asco. Eso porque, según la ley chilena, las playas son un bien público y, bueno, no es necesario ser un genio para saber que nadie cuida como uno lo que no es de uno.

Sea como sea, lo cierto es que en diversos estudios (entre ellos el de la Universidad Católica del Norte y el Middlebury College) la gran conclusión es que las playas chilenas están saturadas de plástico. Y buena parte de él proviene de fuentes locales. En otras palabras, son las mismas comunidades las que tiran sobre la arena bolsas, botellas, envases, chatarra varia. Y es tan grave el problema que, a sabiendas de que hay multas por botar desperdicios, los chilenos están dispuestos a pagar en vez de cuidar. De hecho, según el estudio de la Católica del Norte, uno de cada cuatro chilenos reconoció que ha botado basura en una playa.

¿Cuál es el punto? El punto es que los municipios prefieren no gastar recursos para evitarlo. Y, para más remate, las multas en Chile no pasan de los 30 mil pesos, mientras que en un país como México la tasa puede llegar a ser 500 veces el salario mínimo. Y se hace cumplir.

Cómo no: en México, en Brasil, en Perú, las playas son fuente de gozo, pero también de futuro. Aquí el lugar donde vas a tirarte mientras comes cuchuflis y botas la bolsa; sacas el bronceador y botas la bolsa. ¿Alguien lo duda? El resto es por todos conocido: ay, qué  viento que hay; ay qué fría que está el agua; ay que tanta arena, por Dios. ¿Y esa bolsa? Ah, si no es tuya. Déjala ahí, no más.

LOS PARQUES NACIONALES DAN PENA. A quien escribe le pasó hace poco.
Viajó, especialmente, al Parque Fray Jorge, cerca de la desembocadura del Limarí. Y, a las cuatro de la tarde, un palo con candado cerraba el paso a los autos. Era domingo y el encargado no se hallaba, más encima ningún letrero indicaba ni precios ni horarios. No había timbre. Nada de nada.

Ni hablar de los otros parques de Chile: en los refugios del sur hay más ratones que visitantes, no hay servicio de transporte, tampoco agua caliente ni servicios comunitarios. El problema es tan grande que, más allá de la belleza escénica, hoy los únicos parques que, por servicio y comodidad, merecen una visita son los privados.

La Conaf, pese a sus buenas intenciones, no tiene recursos y, aunque el actual Sistema Nacional de Áreas Silvestres Protegidas del Estado –el Snaspe, cuya ley nunca entró en vigencia– suma 14,3 millones de hectáreas (el 19% de Chile continental) lo cierto es que los parques chilenos son tierra de nadie. Incluso un parque tan importante como el Villarrica en Pucón ni siquiera la Conaf –una corporación de derecho privado y no un órgano del Estado– sabe dónde empieza o termina. Es más, ni siquiera saben si realmente existe. Así las cosas, cuando hay grandes litigios, es la Contraloría la que tiene que pronunciarse.

Esta –y no otra– es la cruda verdad tras la cara bonita de increíbles parques como Torres del Paine o el Lauca; este último, se dice, susceptible de ser explotado pese a que Chile firmó el Tratado de Washington en el que se comprometió a no intervenir sus parques. Es tanto el despelote que Pablo Galilea, siendo subsecretario de Pesca, aseguró estar a la espera de que Bienes Nacionales fije los límites del Parque Nacional Bernardo O’Higgins para que, un metro más allá, puedan operar más y más salmoneras.

Ya pasó: en Aysén la Conaf demanda a la Dirección de Aguas por concesionar aguas que pertenecen a parques nacionales. También en Aysén se quema la isla Izaza, en la Reserva Nacional Las Guitecas y el organismo (que tiene los peores sueldos y condiciones laborales del servicio público) llega un mes después y sólo para asegurarse que la isla que se había quemado era otra y no la que ellos, durante todo ese tiempo, habían pensado.
¿La solución? Una nueva ley. Pero, mejor que eso, una nueva conciencia. Nada que ver con los mayas, sino con lo que hay más allá de tu propia nariz.

VALPARAÍSO, UNA ESTAFA. No me malinterpreten. Acabo de estar unos días en Valparaíso y, claro, en el acto uno se acuerda que Valparaíso es lindo, intenso, especial. Pero, después de unas horas –y tras tomar mucha cerveza en putibares como el Liberty– uno de verdad se pregunta ¿qué diablos hago ahí?

La razón, hasta donde entiendo, es la misma que tuvo el empresario Eduardo Ergas para deshacerse del Palacio Astoreca, pese a haber trabajado en su reconstrucción. Y con el dolor de su corazón, haberlo vendido a sus actuales dueños. “Valparaíso –me decía Ergas, mientras tomábamos un café en La Dehesa– no tiene una oferta cultural y de entretención que se equipare con la abundancia de hoteles boutique”.

¿Alguien podría decir lo contrario? Valparaíso es uno de los lugares con más perros vagos del planeta. Hay plagas, microbasurales, campamentos con gente muy pobre, angustia, abandono y, como si todo eso fuera poco, vaya que cuesta moverse de un cerro a otro. Según dicen los mismos arquitectos, en el puerto el paisaje urbano está “altamente destruido y en avanzado estado de deterioro”.

OK: parte del encanto es la lata oxidada, pero lo cierto es que eso no es justo ni para los visitantes ni para los que viven ahí. Hay conciencia, entre los locales, que Valparaíso hace rato perdió su dignidad. Lejos en el recuerdo quedan los años de gloria, cuando la inmigración europea, a partir de 1850, sentó las bases para que la ciudad concentrara buena parte del poder político y financiero de Chile durante al menos medio siglo.

El gran problema de Valparaíso es que perdió su borde costero; justamente lo que había marcado su exclusivo diseño urbano. Los que abogan por un Valparaíso de verdad, sin los manierismos del ultra diseño, hoy patalean para que haya nueva inversión que recupere esa zona clave al lado del mar.

A propósito del Liberty, en un reciente viaje conocí en una mesa a Pablo, un arquitecto que había vivido en Valparaíso, pero finalmente se había ido. “El problema –decía él– es que el puerto tiene una fuerte y rara energía que, al final, te termina tirando para abajo. Es cosa de ver: en Valparaíso hay más hoteles que nuevos turistas, pero no hay cine, no hay teatro, no hay música, lo único que crece es la cultura del graffiti y el muralismo”.

Está bien que Valparaíso se convierta en un fuerte destino turístico. Lo importante es que, antes que eso, vuelva a ser una ciudad. Una buena. La mejor. ¿Por qué no?

CHILE NO ESTÁ TAN DE MODA. Cada vez que llega el verano, quienes mejores dividendos sacan son los representantes de Sernatur, de la Subsecretaría de Turismo, de Turismo Chile. Y ellos, en los noticiarios, en los diarios, cada vez que pueden aprovechan de decir que están felices por todos los brasileños, argentinos, europeos que llegan a Chile. Cada vez más, dicen. Y es verdad. Aunque ni tanto.

Es cierto que hay razones para celebrar: el turismo en Chile ha crecido, el destino ha mejorado. Pero, si esto fuera un campeonato, nadie debiera estar muy contento si se avanza en el tercer lugar ¿no? Más cuando tenemos la certeza de que estamos muy lejos de Argentina y Brasil. ¿Son mercados más grandes? Obvio. ¿Hay mejores playas en Brasil? Claro. ¿Buenos Aires es mejor que Santiago? No creo.

Una cosa es cierta: en las directrices del turismo en Chile hay autocomplacencia. Es lo que yo llamo el Efecto Óscar Santelices: eso porque es fácil decir que el turismo en Chile crece, se desarrolla. Obvio. Si trabajas de Viejo Pascuero para Navidad, ¿quién te va a encontrar algo malo? Por eso a Santelices, por más de una década, nadie lo cuestionó. Lo importante es saber si el turismo en Chile crece a la tasa que realmente podría crecer. Y las cosas al debe están a la vista: la información turística en internet es una vergüenza. Faltan lugares, destinos, hoteles pequeños, precios actualizados, de verdad conocer el país. Ni hablar de las aplicaciones para el móvil: no hay. Salvo, este año, un intento que propuso Conaf en la Araucanía.

¿Qué campaña se ha hecho, en el último tiempo, para invitar a conocer Chile? En casa, Chile es tuyo: un insólito programa en el que los principales benefactores son sólo los grandes operadores, sin posibilidad de que los chicos, los emprendedores, puedan dar a conocer sus productos.

Lo sabemos, la amenaza está ahí: Perú ha entendido cómo ofrecer una nueva imagen que, partiendo por los propios chilenos, genera interés en el vecindario. Notable, por su parte, es el modelo colombiano que, en pocos años, ha revertido la mala imagen país, transformándose en un destino seguro e ideal para viajar en familia. Y a bajo costo. Toda una amenaza para Chile que se quedó pegado en el discurso del “turismo de intereses especiales”; un sinsentido considerando que, incluso para viajar a lugares como Atacama, Pascua o la Patagonia, no necesariamente tienes que ir a un lodge megaincreíble, con restaurantes megacuáticos en los que ofrecen platos que ni siquiera puedes pronunciar. Basta, por el contrario, decirle al mundo –es lo que ha hecho Argentina por años– que, por ejemplo, lo mejor de la Patagonia está acá. Y con ofertas baratas.

Acerca de ello ironizaba hace poco Paco Nadal, en su blog de viajes en el diario El País. Tras un viaje al fin del mundo, Nadal se preguntaba si la ciudad más austral del planeta era Ushuaia o Puerto Williams. Ácido como él solo, Paco decía que, geográficamente, Puerto Williams estaba en verdad más al sur. Sin embargo, a diferencia de Ushuaia, Williams parecía un regimiento sin más puerto que un muelle con barcos oxidados. Y un club de yates en donde lo único que había era un bar, en una antigua sala de oficiales, donde ni siquiera tenían hielo.

La anécdota merece atención pues, aunque siempre hemos reclamado la Antártica como naturalmente chilena, una ciudad pequeña como Ushuaia le gana el quien vive a Punta Arenas, como puerto para iniciar y terminar el icónico viaje a la Antártica. ¿La razón? Las grandes compañías tienen incentivos para operar desde ahí, cosa que en Chile no ocurre. Y en Punta Arenas (ni hablar de Williams) las condiciones portuarias no son las mejores.
¿Qué más? Hay quienes se la piensan dos veces antes de viajar a Torres del Paine, eso porque en Natales no hay buen aeropuerto y, desde Punta Arenas, el viaje incluso en papel resulta agotador. Hay tantas cosas al debe: más caminos que ensanchen el país; rutas costeras, barcos que conecten regularmente los fiordos. En la humilde opinión de quien escribe, que seamos los chilenos quienes realmente viajemos, comamos, descubramos y, como corolario, digamos: “¿saben? Es verdad: Chile es total”. Lo demás sólo puede ser una consecuencia de ese primer paso. Y no una moda que, como toda moda, sea una tendencia pasajera y sin mayor fundamento. •••

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  • havalos

    Completamente de acuerdo con tu articulo, solo agregar que creo que no son los recursos que le faltan a las autoridades municipales u otros (sernatur/conaf, etc.) es capacidad de gestión y cultura, es muy fácil sentarse en el escritorio y recibir el sueldo a fin de mes y de vez en cuando (felices ellos) aparecer en la TV o distintos medios.

  • jacerdaz

    Lamentablemente es verdad, nuestras autoridades edilicias todavía no entienden que la basura se debe recolectar todos los días y hasta dos veces al día en caso de ciudades que reciben un alto número de veraneantes que puede llegar a cuadruplicar la población normal, como por ejemplo Pichilemu, que aparecen los camiones a medio día causando una cantidad de tacos, que ya quisiera al Alcalde en uno de ellos.
    Como dice el comentarista anterior, falta gestión, falta conciencia de que las ciudades potencialmente turísticas se deben gestionar de otra forma, y mientras no se den cuenta que su gestión no sólo es con los habitantes normales de la comuna, sino mas bien con los turistas, porque son ellos los que le entregan el potencial a la ciudad, estamos perdidos ya seguir bañándonos en playas que dan asco.

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