Opinión

Desde afuera

Chile como república independiente nació bajo el signo de lo remoto en el espacio y lo rezagado en el tiempo. Esa sensación de insignificancia original hizo casi de cualquier visitante europeo algo así como un espíritu refinado enviado desde el Más Allá.

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A veces me pregunto (y también me preguntan) por qué los chilenos suelen darle tanta importancia a la opinión de los extranjeros sobre el país o sobre nosotros mismos. De los europeos y de los norteamericanos, especialmente. El poeta Jorge Teillier hablaba de “nuestra apetencia casi infantil” por saber cómo se nos ve en otras latitudes, una apetencia que se manifestó con plena nitidez en una sección de un viejo magazine cuyo título era, precisamente, Cómo nos ven desde afuera.

Tal vez todo se origine en la condición periférica e insular y dependiente del país. En su historia de larga duración. Cuando Chile se independiza, lleva siglos viviendo a la sombra de Lima, la capital virreinal, y del puerto de El Callao. Nuestra elite criolla, la presunta “aristocracia castellano-vasca” con la cual hacen gárgaras los aficionados a la genealogía, vivía muy modestamente, bien a lo bruto más bien: tenía modales y costumbres tan distinguidas como lanzar gargajos a escupideras en mitad de las reuniones sociales. Chile como república independiente nació bajo el signo de lo remoto en el espacio y lo rezagado en el tiempo: lejos de todo lo juzgado valioso, urgía acelerar el paso para integrarse al piño de las naciones civilizadas.

Esa sensación de insignificancia original, de hallarse en el fin del mundo, de no formar parte de ningún circuito relevante de tráfico internacional, de vivir en los extramuros de la civilización occidental, hizo casi de cualquier europeo algo así como un espíritu refinado enviado desde el Más Allá. En sus Recuerdos del Pasado, Vicente Pérez Rosales se reía de la temprana idolatría por los ingleses y los franceses entre las familias de la elite criolla, al extremo de servirles en bandeja a sus hijas a cualquier mercachifle sin otra gracia que haber nacido en Europa y manejar el “arte de anudarse la corbata”.

No hay que cargarle demasiado la mano a los próceres, en todo caso: esos extranjeros eran emisarios de un mundo tan desconocido como prestigiado, y en una época, la primera mitad del siglo XIX, en la cual los viajes a Europa eran una rareza extrema. El mundo de la Colonia, por el celo imperial de España, fue muy escaso en visitantes de otros países distintos a la metrópoli, de modo que cuando aparecían por estas costas remotas, se les recibía y agasajaba como a embajadores de otro planeta. Algunos de esos visitantes escribieron libros de viajes cuya lectura aún resulta gratificante.

Sus impresiones sobre Chile resultaron desde el principio una forma de contrarrestar los vicios de nuestra insularidad. Incluso cuando vinieron teñidas de condescendencia, aportaron, al examen de nosotros mismos, las virtudes de una perspectiva comparada y una mirada en principio libre de la estrechez de miras de una sociedad parroquial y sofocante como la chilena. Los naturalistas como Claudio Gay además escrutaron y contribuyeron a tomar posesión del territorio físico. No es raro, entonces, que los libros de los viajeros y de los extranjeros que estudiaron Chile se hayan convertido en un patrimonio bibliográfico importante.

Una variante reciente de la “apetencia casi infantil” por saber cómo nos ven desde afuera, ha explorado el Chile inventado en la literatura y en el cine, un Chile imaginario, con alcances míticos, creado por autores y cineastas que nunca pusieron un pie por estos lados. Hace algunos años, el mismo Teillier inauguró esta variante, co-editando, junto a Armando Roa, el libro La invención de Chile, un ámbito de ficción explorado por escritores como Julio Verne, Joseph Conrad, Thomas Mann y Emilio Salgari. Recientemente los cinépatas Ascanio Cavallo y Antonio Martínez hicieron algo similar pero para el caso del cine, sacando a relucir películas de Fritz Lang y de Orson Welles.

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