Opinión

Menos infraestructuras y más capital humano

Hay que mirar el caso de China. Su dinamismo estaría menos asociado a aeropuertos y carreteras, y más a una decidida voluntad de mejorar las habilidades de su gente mediante la inversión en educación.

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Nuevas infraestructuras se anuncian con gran optimismo. Se aplauden la modificación de la ley de concesiones, la pronta licitación de Vespucio Oriente, la ampliación del Aeropuerto y dos nuevas líneas del metro.

Llama la atención, eso sí, que tratándose de tan altas sumas de dinero, existan pocas voces que cuestionen la necesidad, o, al menos, la oportunidad de llevar a cabo tales proyectos. El silencio se debe, por una parte, a que el ciudadano común suele creer que por tratarse de infraestructuras concesionadas no existe desembolso para el Estado y, por lo tanto, no hay recursos que se puedan reasignar a tareas con mayor rentabilidad social. Primer mito que hay que derribar: para hacer viables estas obras muchas veces sí requieren platas del Estado mediante subsidios, y en oportunidades tan altos como los US$ 1.200 millones que se requerirán para Vespucio Oriente, o los casi US$ 1.000 millones que demandaría la Costanera Central.

El segundo mito, sostiene que la construcción de infraestructura trae consigo una serie de bondades, casi como por arte de magia: que es necesario para el parque automotriz y la conectividad, que Santiago se eleva de categoría, y que la inversión en infraestructuras genera crecimiento económico. Pero las cosas tampoco son necesariamente de esa forma.

Existe amplio consenso aunque el aumento de infraestructuras no es la solución al colapso vial, sino que muchas veces es la principal causa del problema, pues incentiva el uso del auto. Por otra parte, hay que mirar ejemplos de ciudades de “clase mundial”, como Londres, en que los tiempos se han sabido adoptar a ella –y no al revés– y se han tomado medidas como instaurar la tarificación vial y mejorar el transporte público. Y, por último, no hay ninguna certeza de que en épocas de crecimiento –como la que vive Chile– se requiera construir para dinamizar la economía. Es más, los costos de la construcción han subido un 30%.

Dado que el país necesita con urgencia mayor equidad y garantizar el crecimiento sustentable de su economía, cabe preguntarse si no estamos equivocando las prioridades y no debiéramos canalizar los recursos en otra dirección. Hoy existe creciente consenso de que no es la inversión en infraestructuras lo que hace que los países crezcan más y sostenidamente en el tiempo, sino que eso se logra mediante inversión en capital humano.

El caso de China es ilustrativo. Según el profesor de Harvard y autor de Capitalism with Chinese Characteristics, Yasheng Yuang, el crecimiento de las infraestructuras sería, no la causa, sino el subproducto del crecimiento económico. Por lo tanto, sostiene, el dinamismo chino estaría menos asociado a aeropuertos y carreteras, y más a una decidida y privilegiada voluntad de mejorar las habilidades, destrezas y eficiencia de su gente mediante la inversión del Estado en educación. Esa es la dirección en la cual hay que caminar. La infraestructura puede esperar, la educación no. Y, por lo visto, dinero sí hay. •••

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