Opinión

Un príncipe del hampa

Gómez Morel diseccionó su vida a la vista de todos, con una impudicia desafiante y una crudeza desprovista de amor propio.

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Por estos lados no abundan las autobiografías y las memorias. Es una lástima: tal vez no haya género de lectura más estimulante cuando es abordado sin tomar demasiadas precauciones, con una mezcla de audacia e impudicia, calando hondo donde duele y lanzando cargas de profundidad en la memoria para sacar a flote los recuerdos y las experiencias menos superficiales. De ese tipo de libros tenemos pocos ejemplares. Abundan las autobiografías y las memorias decorosas, recatadas, que hacen lo posible por no comprometer al autor ni incomodar a sus conocidos. Se callan las experiencias más significativas, de forma premeditada, o bien, por simple incapacidad de formularlas. Las familias, demasiado preocupadas por conservar el patrimonio de un buen nombre, en varias ocasiones han ejercido la censura con un celo propio de un párroco de villa. Esta misma actitud vigilante, que hace no tantos años purgó las memorias de José Donoso, es la que arremete tras los entierros, revisando y destruyendo los diarios y las cartas de los muertos indiscretos o con vidas fisuradas.

Uno de los mejores ejemplos de escritura autobiográfica sin concesiones sigue siendo El río, el primer libro de Alfredo Gómez Morel, un choro formado en las riberas del Mapocho que hizo carrera internacional, llegando a convertirse en príncipe del hampa latinoamericana. Lo escribió hacia 1962, mientras cumplía condena en la cárcel de Valparaíso. Tenía cuarenta y seis años, un prontuario de terror, y más de tres décadas de carrera delictiva. Mientras escribe, un psiquiatra lo asiste, lee el manuscrito, le ayuda a editarlo y le corta el paso cuando intenta eludir la confrontación con su pasado.

Gómez Morel diseccionó su vida a la vista de todos, con una impudicia desafiante y una crudeza desprovista de amor propio. Ambicionaba satisfacer un ideal de la sinceridad que siempre entronca con la inclemencia, y a veces, también, con el exhibicionismo. Se expone sin tomar resguardos, sin hacer cálculos respecto a su reputación, sin cuidarle las espaldas a nadie. Tal como le advirtieron sus cercanos, la brutalidad de sus libros alienta el escarnio de sí mismo. Gómez Morel desestimó esos consejos de buena crianza y propuso un modelo de autobiografía que festina con la propia infamia mediante un verismo despiadado. Donde la delicadeza es una forma de claudicación moral y el recato se confunde con la cobardía, precisamente ahí comienza el territorio explorado por las mejores páginas de El río.

Salvo breves ataques de indulgencia moralizante, Gómez Morel respetó el espíritu y la letra de estos preceptos literarios: nunca posar de víctima ni muñequear, mañosamente, para exculparse. Para vencer las inhibiciones surgidas a la hora de relatar sus recuerdos autodenigratorios y sus experiencias traumáticas, abusó del alcohol, más bien chupó como esponja, al extremo de verse obligado a internarse en el Hospital Psiquiátrico para recuperarse. La escritura, en su caso, funcionó como un rito de expiación: quería redimirse a través de la purga de un testimonio autoflagelante. En la balanza de la literatura consagrada al imperativo de la autenticidad, el valor del testimonio pesaba tanto como la vergüenza que producía lo exhibido: orfandad, abuso sexual, violaciones infligidas y violaciones padecidas, incesto, asesinatos, secuestros, torturas bestiales, extorsiones, robos, tráfico de armas, estafas, tráfico de drogas, sobornos.

El río es el contramodelo sórdido de la novela de formación burguesa: una incursión por los bajos fondos y su picaresca vida –los prostíbulos, los antros de los reducidores, el reformatorio y las cárceles, las torturas en los sótanos de los tiras, las farras monumentales, la sodomización de los débiles como ejercicio bruto de poder y sanción física de las jerarquías– de la mano de un aspirante a choro.

“Muestro mis recuerdos”, decía Gómez Morel, “hasta quedar sangrando por dentro”. En compensación de ese tortuoso ejercicio de ascesis, Gómez Morel fantaseaba con los sueños de grandeza de un faraón de las letras. De sus libros esperaba fama internacional y una vigencia póstuma semejante a la eternidad. •••

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