Opinión

Erase una vez la Coalición por el Cambio

La puesta en escena de un nuevo conglomerado no pasó de ser eso: una puesta en escena funcional a los objetivos de corto plazo de Sebastián Piñera. La centroderecha chilena prefiere la especulación bursátil a la construcción de industria.

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La derrota de Eduardo Frei en las últimas elecciones presidenciales puso en duda la vieja tesis de la mayoría social y política de la Concertación. Se puede perder una contienda, señalaron sus defensores, pero culturalmente los chilenos siguen siendo mayoritariamente de centroizquierda. Sebastián Piñera habría ganado con “votos prestados” que no tardarían en volver al redil una vez infligido el castigo correspondiente. Desde la centroderecha los más optimistas afirmaron que ahora les tocaba a ellos encarnar esa mayoría sociológica, que políticamente se expresaba en la recién fundada Coalición por el Cambio. Atrás quedaban los días de la minoritaria Alianza por Chile. La Coalición no sólo incorporaba los grandes partidos del sector –RN y la UDI–sino además sumaba un destacado contingente de independientes, el movimiento regionalista Norte Grande y el Partido ChilePrimero, formado principalmente por ex concertacionistas.

A poco andar, sin embargo, la Coalición dejó de existir. Hoy no queda más que la vieja Alianza. En lugar de aprovechar su estancia en el poder para expandir su base de apoyo, optaron voluntariamente por jibarizarse. Los independientes que entraron al gobierno carecieron de una estructura que posibilitara su despliegue político, el único militante CH1 que ingresó al Ejecutivo fue raudamente reclutado en RN, y hace pocas semanas este mismo partido notificó al senador Carlos Cantero que pensaba seriamente disputarle el cupo por segunda circunscripción. La puesta en escena de un nuevo conglomerado no pasó de ser eso: una puesta en escena funcional a los objetivos de corto plazo de Sebastián Piñera. La centroderecha chilena prefiere la especulación bursátil a la construcción de industria.

La Concertación vivió un proceso parecido. Quince partidos conformaban la alianza original que enfrentó a Pinochet en 1988: Demócrata Cristiano, Socialista, PPD, Unión Socialista Popular, Radical, Radical Socialista, Socialdemócrata, Democrático Nacional, MAPU, MAPU Obrero Campesino, Izquierda Cristiana, Humanista, Liberal, Verde y Alianza de Centro. En los primeros años la fisonomía de la Concertación cambió. Muchos movimientos pequeños de perfil ideológico similar se fusionaron –como es el caso del actual PRSD– o bien pasaron a integrarse a los partidos más grandes. Algunos sencillamente desaparecieron (los liberales y el PAC) y otros tantos prefirieron abandonar el nido por desavenencias ideológicas (humanistas, verdes y la IC). Sin embargo la Concertación siguió ganando y no tuvo razones para mortificarse hasta que de la costilla de sus propios partidos se levantó insospechada competencia. En 2006 nace el PRI de Adolfo Zaldívar, ex presidente de la DC. En 2007 es el turno del mencionado CH1 de Jorge Schaulsohn, ex presidente del PPD. En 2008 el senador Alejandro Navarro renuncia al PS y comienza la legalización del Movimiento Amplio Social, MAS. Por si fuera poco en las elecciones presidenciales el candidato oficial del bloque debe enfrentarse a Jorge Arrate, ex ministro PS de dos administraciones concertacionistas, y a Marco Enríquez-Ominami, ex diputado socialista que activa una de las fugas electorales más dolorosas de la historia concertacionista.

Quizás no haya nada de extraño en esto. El ejercicio del poder deja heridos en el camino. En época de campaña todas las fuerzas se suman, pero cuando hay que repartirse el aparato público la competencia deja de ser bienvenida. Del mismo modo que la Concertación se fue achicando con el paso del tiempo, la Coalición por el Cambio regresó a la estatura histórica de la Alianza por Chile. Nada tienen de sorpresivos los resultados de la municipal. Un gobierno que oscila entre el 25% y el 35% de aprobación no puede esperar que su sector rinda mucho mejor. Lo complejo es que no se ven señales auspiciosas en la dirigencia oficialista: coroneles y larrainistas prefieren ser pocos para conservar el control. •••

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  • Jorge Douglas

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