Opinión

Chile cambió

Los códigos culturales de la clase gobernante están desfasados respecto del avance de la sociedad chilena.

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Primer ejemplo: Durante la última campaña presidencial los entonces senadores Andrés Chadwick y Andrés Allamand presentaron un borrador para regular las uniones civiles entre personas del mismo sexo. La jugada fue polémica porque al interior de la propia derecha no existía disposición para legislar al respecto. En la vereda del frente las huestes concertacionistas tampoco fueron más progresistas. El timonel socialista Osvaldo Andrade declararía poco después que Chile no estaba preparado para el matrimonio homosexual. Llama entonces la atención que ahora levante tanto polvo que la candidata a alcaldesa por

Providencia Josefa Errázuriz conteste en una entrevista que está a favor de las uniones civiles y no necesariamente de que parejas del mismo sexo puedan casarse. Lo que hasta hace poco era una posición radical que casi ningún parlamentario patrocinaba –el matrimonio igualitario con todas sus letras– se transformó en la alternativa políticamente correcta. Los acuerdos de vida en pareja pasaron a ser la opción tibia. Todo esto, en el marco de una contienda edilicia en una comuna supuestamente conservadora.

Segundo ejemplo: Además de la sociedad de oportunidades y la sociedad de seguridades, el Presidente Piñera asumió prometiendo la llegada de una sociedad de valores. A poco andar anunció con bombos y platillos el famoso “bono bodas de oro”, que premiaría con dinero en efectivo a los matrimonios que permanecieran juntos por más de cincuenta años. El presupuesto normativo de una política pública de este tipo es evidente: la derecha prefiere familias tradicionales fundadas en contratos matrimoniales de larga duración. Sin embargo el canal público por propiedad y misión, TVN, acaba de lanzar una nueva teleserie nocturna que celebra el quiebre conyugal y presenta la vida de los separados como una fiesta interminable. Los

Separados de TVN no compiten ni por el bono de plata de Piñera, pero a juzgar por la felicidad que transmiten en los afiches (la cara llena de risa y las mejillas llenas de rouge) no lo están echando de menos. PD: Si la cosa es así de buena, avisen.

Tercer ejemplo: Mientras Daniel Zamudio exhalaba su último aliento, la Cámara de Diputados se debatía entre aprobar y rechazar el texto de la ley antidiscriminación. Esa tarde se estrenó en Chile la película Joven y alocada. Ironías del destino.

Mientras Jorge González amenizaba la previa con su música, los asistentes nos enterábamos por las redes sociales del fallecimiento de Zamudio después de haber recibido una feroz paliza por ser gay. La obra que veríamos a continuación contaba la historia –real– de una adolescente bisexual de familia evangélica. A los 10 minutos ya habíamos visto escenas de alto calibre.

Los asistentes no se escandalizaron ni mucho menos. Por el contrario, se la gozaron. La película fue calificada sólo para mayores de 14 años. No 18, sino 14 años.

¿Qué quiero transmitir con estos tres ejemplos? Que los códigos culturales de la clase gobernante están desfasados respecto del avance de la sociedad chilena. La llegada de la derecha al poder no ha significado un retroceso al respecto. Por el contrario, los procesos siguen su marcha. Es ilustrativo que la causa por la igualdad de derechos de la población LGTB –lesbianas, gays, transexuales y bisexuales– ha cosechado más victorias en la administración Piñera que en todas las anteriores juntas. Las variables que explican el fenómeno son muchas: generacionales, socioeconómicas, educacionales. Lo relevante es que el poder pierde la capacidad de controlar lo que ocurre bajo sus narices. Las transformaciones están ocurriendo subterráneamente y la política no se está enterando. •••

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