Opinión

No más Te Deum

El oficialismo defiende a Piñera recordando que lo elegimos sabiendo que era creyente. La crítica no es de inconsecuencia, sino que apunta a su débil compromiso con el principio de neutralidad que caracteriza a los sistemas políticos civilizados. Por Cristóbal Bellolio

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Una vez más en fiestas patrias el presidente asistió a las dos ceremonias religiosas que establece la costumbre. Se sentó y escuchó sermones evangélicos y católicos. Paradójico: en los días en los que recordamos la independencia y la libertad política de la nación, el primer mandatario de un Estado laico se sienta a escuchar a las máximas autoridades de las iglesias. Y no al revés. Puede sonar exagerado, pero bien se asimila a la idea del poder terrenal recibiendo la bendición –y la guía– del poder espiritual. Lo que más quisieran: ser la luz del camino.

Este año, por ejemplo, los pastores fueron especialmente claros respecto a la importancia de no entregarle el voto a quienes “legislan de espaldas a Dios”. A ninguno de los asistentes les pareció gran cosa. En efecto no hay transgresión alguna a los códigos de la libertad de expresión. Lo que impresiona es la poca sensibilidad que expresa la mayoría de los actores políticos frente a las demandas de un secularismo de verdad. En especial el gobierno de Sebastián Piñera, que para estos efectos califica como un retroceso respecto de las administraciones concertacionistas.

Pero el ethos de la derecha no se amilana ni reconoce error. Sostiene con orgullo su derecho a teñir el espacio público con particulares consignas sobrenaturales. Algunos, incluso, justifican el uso de recursos de todos los chilenos en la promoción de una determinada fe, como lo hace impenitentemente el alcalde de Independencia. Aunque es evidente que incontables normas nacen de alguna cosmovisión religiosa –se me viene a la mente el bono “bodas de oro”– la práctica de invocar explícitamente un ser celestial se ha acrecentado bajo los desvelos de La Nueva Forma de Gobernar. Casi no hay discurso de Piñera sin Dios.

El oficialismo defiende al presidente recordando que siempre se presentó como creyente y lo elegimos sabiendo esa condición.

Están en lo cierto; la crítica no es de inconsecuencia. La crítica apunta a su débil compromiso con el principio de neutralidad que caracteriza a los sistemas políticos civilizados. Piñera realmente cree que el Estado no debe ser imparcial respecto al cultivo de la espiritualidad de sus ciudadanos. Lo dijo con ocasión del Hanuka celebrado en las dependencias de La Moneda. Emulando al Príncipe Carlos –quien señaló que de calzarse la corona le gustaría ampliar su título hereditario de The Defender of the Faith (en singular) a Defender of Faith (en plural)– Sebastián Piñera confundió igualdad con neutralidad. La primera implica tratar con igual respeto a todas las diversas creencias. La segunda requiere que las instituciones públicas no diferencien entre lo religioso y no religioso en cuanto tal. Ateos y agnósticos también merecen su consideración desde la narrativa del poder.

La religiosidad está injustamente blindada en Chile. No se nos ha permitido sacarla de su guarida y enfrentarla a rostro descubierto en los campos abiertos de la razón. Ha pasado poco tiempo desde que los ciudadanos libres de la república pueden ver una película censurada por ser desagradable a los fieles. Menos desde que un programa de comedia local fue sancionado por parodiar a Jesús de Nazareth. En ambos casos los argumentos no son diferentes de aquellos que motivan a la Liga Árabe a impulsar un acuerdo global que prohíba y penalice la sátira religiosa, indignados por un cortometraje islamofóbico de baja factura. En una de esas consiguen la adhesión del representante chileno si alcanzan a votarlo antes que se vaya Piñera. Sus dos posibles sucesores –Bachelet y Golborne– son declarados agnósticos. Es poco realista que tengan la delicadeza republicana de eliminar el rito del Te Deum –es prudente ahorrarse conflictos con poderes fácticos relevantes– pero no podemos aspirar a menos que a recuperar simbólicamente la ilusión de que vivimos bajo las reglas de un Estado separado de la Iglesia. •••

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