Opinión

El oráculo de las encuestas

Los datos están a la vista. ¿Cómo explicarse esa transformación que más que contradecir el sentido común confirma las intuiciones de medio mundo? Quiero aventurar algunas hipótesis.

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Desde el retorno de la democracia, los estudios de opinión pública se han ido convirtiendo, para bien y para mal, en los grandes soportes argumentales del debate público. Son, casi a la par del morbo por los hechos delictuales y las minucias de la farándula, uno de los ingredientes básicos de nuestra dieta noticiosa. Las encuestas tienen tribuna en la pauta de los medios y, a la vez, alimentan las conversaciones de pasillo y los debates académicos. Así las cosas, no es raro que la producción de encuestas, que antes no pasaba de ser una modesta artesanía, actualmente meta el ruido comunicacional de una industria boyante. Se las consulta para tantear los mercados y para afinar el pulso en la toma de decisiones políticas. Son, a esta altura, lo más cercano al oráculo de los antiguos en las sociedades modernas, sólo que avaladas por una fe, a veces ciega, en el poder de la ciencia.

Para mí, lo más interesante de las encuestas rigurosas no es sólo su potencial para tomarle la temperatura a una coyuntura específica sino, más aún, su capacidad para desplegar una vista convincente de las transformaciones sociales. Las encuestas, de hecho, construyen formas de temporalidad histórica: ayudan a periodizar el paso del tiempo mediante los hitos que señalan los cambios advertidos. El estudio presentado en este número de Capital permite hacer justamente eso: afirmar que el Chile actual es, al menos en lo concerniente a ciertos valores políticos y parámetros ideológicos, sustancialmente distinto al Chile de 1994. El desarrollo económico y la mantención del orden público han perdido protagonismo ante la valoración de la igualdad y de la justicia social.

Los datos están a la vista. ¿Cómo explicarse esa transformación que más que contradecir el sentido común confirma las intuiciones de medio mundo? Quiero aventurar algunas hipótesis.

El Chile de los 90 era un país turbado, todavía, por los temores de la transición y los traumas de la historia reciente. La democracia era una criatura nueva y nadie podía asegurar que crecería saludable y sin accidentes. Ahí estaba el temor al desborde de las expectativas sociales frustradas tras años de implementación de una modernización capitalista inmisericorde con los sectores populares. El miedo a la involución, o el retorno de la conflictividad del pasado, no sólo le quitó el sueño a los adherentes de Pinochet. El desafío era mantener el orden por medios legítimos, sin represión y con los canales democráticos orientados a darle un cauce tranquilo a las expresiones de la ciudadanía. Nunca está de más recordar que la gobernabilidad fue el supremo objetivo político de la época, y que la “democracia de los acuerdos” o la “política de los consensos” fueron los santo y seña de toda la clase política. No sorprende, por lo mismo, el peso del orden público en las preferencias de los chilenos de ese tiempo.

Tampoco me parece extraño el énfasis en el desarrollo económico. La crisis del 82 sacudió al país con una fuerza inusitada, y aunque hacia 1990 el país había tomado un vuelo promisorio, nadie sensato podía dar por sentado que el desarrollo futuro funcionaría con piloto automático. Ya se había probado que el optimismo mesiánico de los economistas (identificados con Chicago) tenía bastante de ceguera ideológica. Por otra parte, el otro gran desafío de la Concertación, aparte de la gobernabilidad, era mostrar que podía gestionar bien la economía, y así garantizar la prosperidad de una población con demasiados años difíciles a cuestas en las últimas décadas.

Hoy, en cambio, es mucho menor la incertidumbre respecto al orden público, o, por lo menos, le hemos perdido el miedo al disenso. La esfera pública se descongeló y la diversidad e incluso la confrontación de opiniones le han brindado una vida insospechada hace algunos años. Pinochet salió de escena, los militares se ajustaron a las exigencias de una democracia, no hizo erupción el conflicto anclado en las divisiones del pasado. El desarrollo económico, asimismo, se ha rutinizado y el alza continua en el nivel de vida de los chilenos ha hecho de éste algo menos prioritario. Por lo demás, llegó el desarrollo, entramos al club de la OCDE, el consumo se disparó, pero igual los dones de ese crecimiento económico no han respondido a todas sus promesas. El desarrollo es insuficiente, no es ninguna panacea. Trajo riqueza aunque sin alterar la desigualdad, que en Chile es grosera. De ahí el interés actual en la justicia social y en la igualdad de oportunidades. A la luz de la evidencia, ya nadie se compra el sermón de los 90: que el desarrollo sin políticas redistributivas iba a beneficiar a todos.

¿Qué se puede decir de la creciente valoración de la democracia y de las libertades públicas? Aquí matizaría. El 2011, año de la segunda medición, fue anómalo, en tanto los movimientos sociales politizaron al país más allá de lo habitual. Otros estudios muestran que el posicionamiento en el eje izquierda-derecha bajó el 2012, y eso que no ha sido, precisamente, un año de hibernación política. Desde los 90, sin duda que la democracia se encumbró en el orden de las preferencias, pero esa alta valoración se vuelve anémica cuando la contrastamos con otros indicadores afines. Pienso en el descrédito de los partidos y del congreso, cuyos niveles de confianza se han hundido a niveles históricos, muy por debajo de una institución como carabineros. Pienso en la baja predisposición a votar por parte de los nuevos electores, incorporados al padrón tras la inscripción automática.

Según la última Encuesta Nacional UDP, cuyo campo se efectuó desde el 29 de julio al 29 de agosto, de las personas con predisposición a votar en las próximas elecciones, sólo el 14% corresponde a esta nueva camada. Los jóvenes, al mismo tiempo que sobresalen en la valoración de la democracia, son el grupo etario menos dispuestos a votar. Valorar la democracia como principio no es lo mismo que valorar la propia democracia, con todas sus imperfecciones.•••

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