Opinión

El anarquismo y la violencia

Aunque sus próceres modernos nunca propugnaron el terrorismo, desde el siglo XIX se instaló el estereotipo del anarquista como un nihilista dispuesto a volar el mundo. La afición por las bombas caseras y la retórica pueril de algunos exponentes locales tampoco ayudan a despejar la confusión.

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Mala prensa tiene el anarquismo. Nada nuevo. Siempre la ha tenido. Nadie espera que una corriente de pensamiento hostil a cualquier forma de autoridad y contraria al Estado reciba el tratamiento amable que se reserva a las doctrinas que celebran a los poderosos de turno y avalan el orden social consagrado. Los célebres atentados perpetrados por una minoría de anarquistas, sobre todo en la década de 1890, impactaron la imaginación de sus contemporáneos. Desde entonces, de bien poco ha servido recordar que la mayoría de los próceres modernos de esta tradición libertaria (Proudhon, Kropotkin o Tolstoy), nunca celebraron nada ni siquiera remotamente parecido al terrorismo como apoteosis nihilista. La imagen del anarquista como un enemigo de la civilización que ambiciona hacerla volar por los aires, tempranamente adquirió una amplia circulación periodística, siendo luego perpetuada por el cine y la literatura.

El anarquismo suele provocar una histeria irreflexiva entre los amantes del orden y la autoridad. Convengamos en que la afición por las bombas caseras mezclada con la retórica declamatoria y pueril de algunos exponentes locales tampoco han ayudado a subirle los bonos intelectuales ante la opinión pública. La seriedad de sus proclamas a veces resulta, además, de una comicidad involuntaria. Pero nada de esto (ni sus acciones delictuales, ni su propaganda anticuada y estridente) debiese motivarnos a desechar de plano la historia del anarquismo como algo irrelevante, a descartar sus ideas matrices como un simple catálogo de disparates, o a tratar a sus adherentes de ayer y de hoy como una manga de energúmenos vociferantes. Hay que tomarse en serio al anarquismo, pero no necesariamente como a un enemigo, sino como a una corriente heterodoxa de energía intelectual cuyos planteamientos siguen resultando estimulantes.

El anarquismo tiene varias vertientes y variantes. No hay cómo encapsularlo en una doctrina unitaria de perfiles concluyentes. Pero todas sus ramas coinciden al menos en dos puntos: en el rechazo al Estado como fuente de opresión y en el compromiso irrestricto con la autonomía individual. De ahí su preferencia por la colaboración horizontal sobre la base de comunidades pequeñas. De ahí su rechazo a las estructuras jerárquicas de la sociedad de masas, indiscernibles del respeto a la autoridad y del imperio de las leyes.

Aun cuando sus ideales, si tomados al pie de la letra, pueden parecer impracticables, nada aconseja tirarlos por la borda: sin duda ayudan a calibrar los instrumentos de navegación de cualquier sociedad compleja. La afirmación de Bakunin (“La libertad sin socialismo es privilegio e injusticia, pero el socialismo sin libertad es esclavitud y brutalidad”) sigue teniendo un valor admonitorio difícil de ignorar en cualquier país socialdemócrata. Kropotkin acuñó la frase las “cárceles son las universidades del crimen”, y ese cuestionamiento al expansivo sistema penal del Estado no ha perdido su filo pese al paso de los años; más bien lo contrario. El feminismo también le debe bastante al anarquismo, en su reclamo por la igualdad de género, la libertad sexual, la emancipación femenina de las inhibiciones religiosas, y la defensa de la libre disposición del propio cuerpo.

En el ámbito educacional también dejaron su marca. Proudhon abogó por la educación politécnica para formar una juventud dotada con destrezas laborales heterogéneas y, por lo tanto, apta para sortear los escollos de un sistema industrial cuyos requerimientos de especialización siempre caducaban tarde o temprano, condenando a la cesantía, entonces, a los trabajadores menos versátiles. Otra contribución vigente del anarquismo se advierte en el movimiento verde, en virtud de su precursora promoción de un tipo de producción a escala reducida y de forma descentralizada, y de una aproximación al cultivo de alimentos basada en la horticultura. Kropotkin propició una reconsideración global de la economía y de sus fuentes de energía, a la luz del incremento de las necesidades humanas, y, por otra parte, de la escasez de esos recursos naturales.

Chile tuvo su apogeo anarquista durante las dos primeras décadas del siglo XX. Los anarquistas fueron actores claves en la formación de organizaciones obreras, en la confrontación con el capital en una época de abusos sin cortapisas, en el desarrollo de la identidad de clase de los sectores populares, y en el despliegue de las huelgas y las manifestaciones que empujaron a las élites políticas a prestar mayor atención a la desigualdad y la miseria. Más allá del militantismo obrero, el anarquismo como una sensibilidad y una forma de vida cautivó al mundo artístico y literario de la época. Y además avanzó con fuerza las causas del pacifismo y el antimilitarismo, agriándole el ánimo a los patrioteros. Entre sus partidarios, el anarquismo contó con escritores de la talla de Manuel Rojas y González Vera.

González Vera frecuentó sus círculos en la década del Centenario, y dejó una buena galería de retratos. Ninguno de sus compañeros anarquistas se ajustaba al fantasma del fanático incendiario. Uno de ellos, por ejemplo, trabajaba de noche en una empresa de pompas fúnebres. Leía sin parar: Nietzsche, Omar Khayyam, Laotse. Nunca hablaba de sí mismo aunque una vez le hizo esta confidencia: “He logrado ser como el adobe. No siento frío ni calor”. •••

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