Opinión

Mal comienzo

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Por Héctor Soto

Debuta un plan híbrido cuyos alcances modernizadores del transporte público todavía están en duda.

Si lográramos aprender algunas de las feroces lecciones que impartió el desastre de la puesta en marcha del Transantiago, a lo mejor la experiencia no sería del todo inútil. Pero hay razones para temer que como sociedad ni siquiera las tendremos en cuenta. Mucho menos, que las vayamos a exigir.

Con sus aglomeraciones gigantescas, con su olímpico desdén a las necesidades efectivas de las personas, con su descomunal inoperancia y caos urbano, el 10, 11 y 12 de febrero, días del debut del Transantiago, serán recordados como un gran festín de la planificación central. Tras múltiples retrasos, titubeos, temeridades e improvisaciones, terminó el viejo sistema de transporte público, que era un horror –sí, un horror– para reemplazarlo por otro que en el papel era eficiente, moderno y teóricamente perfecto, pero que en la práctica ha estado presentando problemas. No tan pequeños, si se tiene en cuenta que el sistema rompió las redes de conexión de barrios enteros de la periferia con el núcleo urbano central, que multiplicó hasta la desesperación los tiempos de espera, que alargó hasta lo impensado la duración de los viajes y que al menos hasta ahora ha rebajado los ya infames estándares de servicio del antiguo sistema.

Es lícito preguntar cuánto de arrogancia academicista, cuánto de mala información pura y dura, cuánto de improvisación inexcusable y cuánto de ingeniería social mesiánica hay en todo esto. ¿Hubo al menos alguien que reconociera que en la basura del anterior sistema de transporte –con sus duplicidades absurdas, con sus misteriosos vasos comunicantes, con su estética tercermundista, con sus capilaridades arrabaleras– podían circular datos fundamentales que no cabían en la planilla Excel de los nuevos planificadores? ¿Tuvo alguien la humildad de aceptar que a veces hasta en el más picante de los mercados hay más sintonía fina que en el power point de los planificadores? ¿No fue una imprudencia lanzar el nuevo plan sin calles segregadas, sin estaciones de transferencia y con paraderos claramente subdimensionados para las líneas troncales? ¿No es una irresponsabilidad diseñar recorridos a lápiz sobre la base de encuestas dudosas y con supuestos iluministas que nunca se encontraron con la calle, el barrio y la población? ¿No hubo una asimetría incomprensible en la obstinación del presidente Lagos por extender el Metro en su mandato a un costo del orden de los 2 mil millones de dólares, sin apoyar ni siquiera con el 10% de esa fortuna al sistema público de transporte terrestre, que atiende a una población cinco o seis veces superior? ¿No es un parche ridículo seguir adelantando –por instrucciones de la presidenta, como dijo el ministro de Interior– el horario de operación del metro? ¿Cuál es la idea, que la gente se levante a las 4 de la mañana para alcanzar a llegar a su trabajo? ¿Qué es lo que busca el plan? ¿Sacar micros de la calle, bajar la contaminación atmosférica y acústica, formalizar una industria muy atomizada o anacrónica y meterla en un sistema racional de inventivos? Okey, todo eso está muy bien, pero –perdón– la primera función de un plan de transportes es trasladar gente de un punto a otro. Hacerlo en forma económica, optimizando los tiempos de viaje, con niveles razonables de seguridad y estándares atendibles de servicio. Y si esto no lo consigue el Transantiago, el sistema va a ser tan miserable como el anterior, por mucho que ahora la Alameda se vea más bonita sin tanta micro desfilando.

De todas las explicaciones, eufemismos y bravatas de las autoridades en los últimos días, hay una cosa que es cierta: aquí no hay vuelta atrás. Si a pesar de la masa crítica ofrecida por reformas exitosas del transporte público en América latina se optó por un híbrido que hace muy discutible su alcance modernizador, bueno, habrá que corregir hasta donde se pueda el modelo. Habrá que ajustar tuercas, poner muchos papers y doctorados en remojo y renunciar a las obstinaciones que asumían que con 4.500 mil buses coordinados por computador en Santiago estaba todo resuelto. Se requerirá paciencia, humildad, altura de miras y buena disposición para corregir los despropósitos que se cometieron antes, en el gobierno de Lagos, y las desprolijidades que cometieron ahora, en el de Bachelet. La primera semana de funcionamiento del plan entrega información que sus autores jamás consideraron y que debe ser incorporada a sus simulaciones. Varios años atrás a alguien se le ocurrió que los buses debían llevar cobradores automáticos y a los pocos meses el sistema fue un fiasco. De ese monumental fraude ciudadano, que a estas alturas es puramente anecdótico, nadie se hizo cargo ni económica ni políticamente. No están los tiempos para seguir jugando a la gallinita ciega con las políticas públicas. Tampoco, con la paciencia y dignidad de las personas.

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