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La vida salvaje de Julio Donoso

Produce uno de los mejores pinot noir de Chile y tiene muchas historias para contar. Tras el golpe sufrió un fusilamiento simulado, fue fotógrafo de las grandes revistas del mundo y al regresar a Chile creó un proyecto inédito en el vino nacional. Pero hay más.

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Por Marcelo Soto
Fotos: Verónica Ortíz

Aprendí de las top models que si yo las trataba con delicadeza, ellas iban a dar mucho más que si trataba de imponerme. Porque yo no era Helmut Newton. Tenía que entrar por la simpatía, por la seducción, para que poco a poco ellas llegaran a la imagen que yo estaba soñando con captar. Es lo mismo con el pinot noir. Es sumamente caprichosa, como una top model”.

Quien habla es Julio Donoso, cuyo Montsecano ha sido elegido varias veces el mejor pinot noir de Chile. Un vino que ha marcado un camino en la vitivinicultura chilena, pese a que apenas se lanzaron 387 botellas en su primera cosecha, de 2008. Una década después la viña de Casablanca (que también tiene un segundo pinot, llamado Refugio, y una mezcla de malbec, llamada Migrante) produce dos mil cajas, y recién hace dos años vio números azules.

Donoso, claro, es mucho más –y tal vez nada menos– que Montsecano. Luego de estudiar una maestría en Economía en París, se dedicó a la fotografía profesional. Y llegó alto: trabajó en Figaro, New York Times Magazine, The Sunday Times, la revista Life y la agencia Sygma, entre otros medios; hizo reportajes de guerra en Afganistán y Nicaragua; retrató a estrellas como Elizabeth Taylor, Sting y Mastroianni; a modelos como Claudia Schiffer y Naomi Campbell, y a artistas como David Hockney, Basquiat y Botero.

A este último lo fotografió varias veces en París y en su taller de Italia. Y tenían cierta amistad. “Una vez le pregunté: ‘¿No estás aburrido de pintar gordas? Qué lata, que todo sea gordas’. Él me dijo que esa era su única fortaleza: ‘Cuando uno encuentra algo, tiene que seguirlo’... En el vino, nosotros nos especializamos en el pinot negro, nuestra identidad pasa por encontrarle una gama melódica lo más amplia posible a esta cepa”.

Los años peligrosos

La familia materna de Donoso llegó el año 43 a Casablanca y fue una de las fundadoras del valle. Los Viollier eran lecheros –y lo siguen siendo–, pero en los 80 hicieron las primeras plantaciones de chardonnay, en un campo llamado Refugio. “Yo iba siempre, me preguntaba por qué se llamaba así, y terminé siendo refugiado y haciendo un vino que se llama Refugio. Eso prueba que uno puede tejer historias, y al tejerlas las haces artísticamente coherentes. En realidad, del vino lo que me interesaba y me interesa es el lado artístico”.

“Hacemos un pinot que viene del frío... Ir trabajando en la fineza, es lo mismo que ir trabajando un retrato”.

Cuando niño era inquieto, desordenado, tenía déficit atencional; estudiaba en la Alianza Francesa, “en los años de caos en Chile”, como describe esa época. Se vivía un ambiente político exaltado. Su padre era un empresario allendista; y luego de separarse, su madre se casó con Carlos Altamirano, el conocido dirigente socialista, el año 72. “En la mera, mera”, dice.

-¿Eras de izquierda?

-Mira, esa pregunta me la hizo un general de la Fuerza Aérea cuando me detuvieron a fines de septiembre de 1973. Después del golpe me llevaron a la Academia de Guerra. Mi madre estaba presa en otra parte, le mostraron una foto mía y le dijeron que tenía dos horas para decir dónde estaba Carlos Altamirano, si no, me mataban. Y a mí el general Lizasoaín también me preguntó dónde estaba Carlos. “Usted comprenderá”, le dije. “Carlos es una persona inteligente, jamás iba a decirme a mí dónde está su escondite, obviamente que no sé”. Tenía 18 años. Y él me dice: “Pero tú eres un hombre de izquierda”, y yo respondí: “Qué joven no tiene ideales”... Estaba todo el país polarizado, y yo era parte de esa corriente. Como todos los cuicos, estaba en el MAPU.

-¿Pero eras radical?

-No lo sé. Hoy es muy difícil juzgar, porque evidentemente uno no está de acuerdo con lo que pensaba en el pasado. Yo era joven y para mí era entretenido ser parte de toda esa ebullición; pasaba de los caballos a la política, tenía una visión más bien frívola. Hasta que vino el golpe de Estado y nos cayó todo el rigor de la ley. Y ya no era ni frívolo ni entretenido.

-¿Nunca fuiste hippie?

-No. Lamentablemente, porque si en Chile hubiesen primado los hippies, sería un mejor país. Imagínate que toda la gente de San Francisco, los ex hippies, son actuales magnates de Silicon Valley y grandes innovadores. California se ha hecho un gran estado gracias al legado de los hippies. En Chile, los hippies no se la pudieron con Ernesto Guevara.

-¿Cómo fue que te detuvieron?

-Estaba en casa de un tío, y tuve la intuición de que tenía que irme esa noche, pero no lo hice: me vinieron a buscar a las 3 o 4 de la mañana. Estuve unas 40 horas detenido. No me torturaron; solamente me fusilaron. En el caso mío, no me alcanzaron las balas. No sé si en el caso de los que me acompañaban. Pero efectivamente dispararon.

-No te gusta hablar del tema...

-No es agradable. Pero te explico: primero me llevaron al Ministerio de Defensa, frente a La Moneda. Y afortunadamente caí en manos de los aviadores, y no de los militares. Entonces me dijeron que en la noche siguiente me iban a trasladar, que la cosa se pondría fea, pero que no me iba “a pasar nada”.

Y es loco, porque yo estaba en la oficina del fiscal, sentado en un sofá. Y trajeron encadenado a Roberto Thieme, de Patria y Libertad, que estaba todavía preso. Me impresionó mucho. El fiscal le dijo que lo iban a soltar inmediatamente, empezaron a hablar del golpe, y Thieme le dijo que habían hecho un maravilloso trabajo. Me gustaría decirle a Roberto: “Acuérdate, yo estaba ahí, tú estabas muy contento con el golpe, aunque hoy lo niegues”.

Luego nos subieron en una patrulla en la noche, nos llevaron a San Damián, en esa época eran puros potreros, y nos bajaron en un momento; tuvimos que pasar amarrados y vendados, por debajo de unos alambrados, y dijeron “apunten fuego” y dispararon. Yo tenía 18 años, y pensé: “Puta la huevá. Qué cosa más absurda”. Estaba asustado, pero encontraba sobre todo que era extremadamente injusto morir tan joven. No me llegó ningún balazo.

-¿Todavía tienes fracturas... ?

-Tengo una memoria recurrente... Por ejemplo, me es muy difícil pasear por Santiago antiguo, sin imaginar lugares donde podría haberse escondido la gente que murió. Raro. Pero la rabia es: ¿por qué no se hizo una estrategia? Miles padecimos la incompetencia de un grupo de dirigentes de izquierda. Ese es el gran error, que es imperdonable. Por eso hay una pasada de cuenta fuerte de mi generación a la de mis padres. Nosotros éramos chicos. La pasada es grande no por las ideas, no por la mística, no por las pasiones; la pasada de cuenta es por la incompetencia.

-¿Cómo era tu relación con Carlos?

-Buena. Ayer y hoy, de mucho cariño.

-¿Y con tu padre?

-No era político, pero había sido amigo de Allende, estaban todos metidos en esa vorágine, no entiendo por qué. La verdad es que no fue una buena idea que eligieran a Salvador. El candidato era Radomiro Tomic, habría sido un fantástico presidente.

-¿Mejor que Allende?

-Sí, pues. Si Allende fue un pésimo presidente. Salvador no resiste ningún análisis. Lo conocí de chico, mi papá le financió dos campañas, enteritas, lo quería mucho. El efecto de la Revolución cubana en todos estos jóvenes, y no tan jóvenes, fue devastadora. El encanto personal de Fidel, de Camilo y el Che, y en una pequeña medida de Raúl, marcó a esa generación. Mi padre fue muy cercano a Camilo Cienfuegos, hablaba de él como un dios. Allende llevó a mi papá a Cuba el 61. Él era un empresario, y perdió la chaveta por estos barbudos. Eran tipos fascinantes para una juventud latinoamericana bastante aburrida. A mí me mandaron el 71 a cortar caña... Sumando y restando, fue lamentable todo. Hay mucha gente valiosa que no se habría perdido si es que hubiese primado el movimiento hippie.

-Y después te exiliaste.

-Tuvimos que salir, si no, no estaríamos aquí hablando. Nos asilamos en la casa del embajador de Venezuela. Después me fui a Holanda. Me quedé un año y me sacaron con horror mis padres, porque pensaban: “Este niño lo vamos a perder”. Tenía demasiadas pololas... ¿Te imaginas ser chileno en Ámsterdam en el 73? Ahí me fui a París.
El upgrade desde Casablanca a Ámsterdam fue potente, como subirse a un Tesla. La verdad es que yo siempre consideré que el exilio en mi caso y en el de varios amigos, había sido una experiencia al principio dolorosa, pero que nos cambió para bien la vida. De alguna manera, esta expansión del país en los 90 se explica por una gran migración por razones políticas, y otra por razones académicas. Toda esa gente fue después un tremendo aporte.

París era una fiesta

Julio Donoso llegó el 74 a la capital francesa, donde estudió Economía. “Hice como cinco o seis años, tengo un máster. Después me fui a México a trabajar con Juan Somavía y Juan Gabriel Valdés, en el Instituto Latinoamericano de Estudios Transnacionales (ILET). Ese era el tema que yo había estudiado: la deslocalización del sistema productivo. Las empresas norteamericanas recién empezaban a producir distintos componentes en varios países. Juntaban las partes en otro país y finalmente lo vendían en Walmart”.
Fue en México cuando comenzó a dudar si había elegido el oficio correcto. “A Juan Somavía, le dije que no sabía si quería ser economista o fotógrafo. Había empezado a sacar fotos en esa época. Y Juan se mata de la risa, y me dice: ‘Trata de ser fotógrafo, porque esta huevá es una lata’. La verdad es que me salvó la vida, por lo menos me hizo la vida mucho más entretenida”.

“Este negocio de la Viña Montsecano va a terminar siendo rentable en 200 años más”.

Sin meditarlo mucho, llamó al Vogue mexicano, habló con el director Nicolás Sánchez Osorio, quien le dio el primer trabajo: una producción de moda. Regresó a Francia, y comenzó a colaborar para las grandes revistas de esa época.

-¿Era una vida como de estrella de rock?

-Era bastante más glamorosa de lo que uno pudiera imaginarse... pero da pudor contarlo. Era una época en que el acceso a las personas era mucho más fácil, y yo trabajaba para revistas donde los más famosos querían aparecer. Eso me dio acceso a personas que hoy son inaccesibles. Conocí a Elizabeth Taylor, pasé tres o cuatro días con ella en Roma. Mucha gente, pero no voy a contar infidencias. Yo hacía reportajes, me iba a Afganistán, Nicaragua, alternaba eso con lo que se llama “people”. El periodismo es la cosa más fascinante que existe en la Tierra.

-¿Tú crees?

-Por algo te lo estoy diciendo. Es el oficio más extraordinario. Yo hacía photojournalism: reportajes, historias en profundidad, andaba con los mejores escritores y siempre participaba. Hasta ahora opino, me meto en los temas. A Sting le saqué fotos en un cumpleaños. A Basquiat lo conocí cuatro meses antes de que se muriera, y le saqué una foto que he vendido varias veces. A David Hockney lo conocí en Arles, me conseguí una casa con una piscina y lo fotografié, bañándose vestido. Me tocó conocer gente sorprendente.

Los caminos del vino

Aunque parezca insólito, Julio Donoso apostó al vino porque pensaba que sería una fuente de ingresos que le permitiría dedicarse libremente a la fotografía en Chile. Pero las cosas han sido muy distintas. Recién hace dos años su viña tuvo números azules. No tiene sueldo. Y las utilidades anuales de la empresa son como un mes de sueldo de fotógrafo.
“Yo siempre pensé que iba a hacer este proyecto del vino como algo que me diese el sustento necesario para poder trabajar para los medios chilenos. Porque a los fotógrafos en Chile no les pagan, o les pagan una miseria”, cuenta.

-Es difícil creer que se gane más con la fotografía que con una viña.

-Este negocio va a terminar siendo rentable en 200 años más. Ayer me mandó un whatsapp uno de mis mentores, a quien quiero mucho, Agustín Huneeus. Él hizo una donación importante al Hogar de Cristo; van a ser como tres millones de dólares. Le envié un whastapp diciendo que estaba muy orgulloso de él. Y me respondió: “I am proud of you! Lo que has logrado en corto plazo, porque Eric Rothschild me dice que son solo los primeros doscientos años los difíciles en nuestro negocio”. Yo llevo como 12.

-¿Pensabas que iba a ser más fácil?

-Todas las cosas que valen la pena son difíciles. Cada año tengo la convicción de que el siguiente voy a ser aún más feliz. He conocido personas magníficas, viñateros extraordinarios, seres fantásticos. Un mundo de pasiones. Ha sido muy entretenido. Empezamos con tres socios y amigos: Álvaro Yáñez, Javier de la Fuente y André Ostertag.

“Miles padecimos la incompetencia de un grupo de dirigentes de izquierda. Ese es el gran error, que es imperdonable”.

-Ostertag es casi una leyenda...

-Sí, él ha hecho un trabajo enorme. A nuestro pinot le dio una elegancia y un estilo, que ha ido puliendo. Imagínate que él venía de Alsacia con una luz, una pluviometría, unos suelos y temperaturas diametralmente distintos a los de Casablanca. En años y años se fue adaptando.

-¿Sabían lo que querían desde el principio?

-De los socios, la persona que más sabía adónde teníamos que ir era Álvaro. Fue el primero de nuestros amigos que nos hablaba de los vinos de los campesinos franceses. Los vinos que no eran técnicos, que no se habían dejado parkerizar, vinos auténticos de terroir. Antes de la biodinámica, antes de la moda de los vinos naturales, antes del Ten Bells (famoso bar de vinos naturales de NYC), el primero que supo cuál debía ser la identidad de Montsecano fue Álvaro Yánez. Fue el Trotsky de este proyecto.

-¿Y cómo llegaste a Ostertag?

-Lo fui a fotografiar para el Figaro, después viajé a Alsacia a verlo. André es un tipo preciso, inteligente, incisivo, seco, un gran técnico siendo a la vez un poeta. Pertenece a una generación dorada. Fue compañero de Dominique Lafon, quien hoy es uno de los grandes de la Borgoña. Una camada mágica de viñateros, que rescató la noción de terroir, y que en última instancia le dobló la mano a Robert Parker. Qué heavy.

-La pregunta obvia es ¿por qué no hacer un blanco si esa es la especialidad de Ostertag?

-El blanco necesita una tensión permanente que se da en Alsacia, pero no en Casablanca. Además, no le interesaba hacer un riesling en Chile.

-Otra particularidad de Montsecano es el viñedo. ¿Cómo lo plantaron?

-Curiosamente, el NYT me mandó a fotografiar a Suiza a Tony Jacklin, famoso ex jugador y diseñador de clubes de golf. Y pasé una semana viendo proyectos de golf; la importancia de las luces, las pendientes. De ahí nació la idea de diseñar un viñedo en laderas con curvas de nivel, teniendo en cuenta las variables del viento y de la luminosidad. La situación ideal es que el viñedo en sus hileras apunte hacia el norte, para que por entremedio corra el viento. Que no te pegue el sol de la tarde.

-¿Es como un diseño fotográfico?

-Exacto. Ha sido un trabajo con la luz. Ostertag llegó a una conclusión: si el terroir de Francia es el suelo, el de Chile en Casablanca es lo que está sobre el suelo. Lo que capta la luz. El factor lux, como hablamos los fotógrafos. Todo lo hago en función de la luz.

La base de nuestra vinificación está dada por el frío. Hacemos un pinot que viene del frío. Cada ocho o siete años tenemos heladas polares... Ir trabajando en la fineza es lo mismo que ir trabajando un retrato. Cuando trabajaba en Figaro, entendí que hay que tener el ego más bajo que las personas que fotografiaba. Para el vino igual: me ha hecho verlo con un perfil bajo, sin expectativas de dinero inmediatas. Es un proyecto de vida.

-Aparte de las distancias obvias de fama y tradición, ¿qué diferencia a tu pinot de los de Francia?

-Hacemos vinos mucho más salvajes que en Europa. Nuestros suelos son montes, los de Francia llevan siglos como monocultivos. La única cosa en que nos ganan los franceses es que el agua les llega del cielo... Tenemos una potencialidad extraordinaria.

 

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