Negocios

Las inventoras

Desde computadores con emociones hasta ropa que nos permita sobrevivir en otros planetas. Es lo que un grupo de académicas del MIT Media Lab está desarrollando para revolucionar la forma como nos relacionamos con la tecnología. Estas son sus historias.

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Por: María José Gutiérrez
Ilustración: Ignacio Schiefelbein

En la ceremonia de inauguración del MIT Media Lab, Steve Jobs fue el orador principal y Martha Stewart la encargada de la comida. Era 1985 y la computación todavía no llegaba a los hogares corrientes; sin embargo, la apuesta del arquitecto Nicholas Negroponte y el ingeniero Jerome B. Wiesner era grande. Sabían que las nuevas ideas vendrían desde las aplicaciones y no desde la ciencia básica. Y por eso, más que computines, necesitaban integrar usuarios creativos de todas las áreas bajo un mismo techo.

La historia les dio razón. Tecnologías como el GPS, las pantallas touch o la tinta de los libros electrónicos nacieron allí. Y hoy, son 27 los grupos de investigación que cruzan la ingeniería con la psicología, la robótica con la medicina, la física con la música y el diseño con la biología en pro del desarrollo del futuro. Es el Media Lab que, a pesar de ser parte de la Escuela de Arquitectura y Planificación del MIT, interconecta todas las ciencias.

Entre salas con legos y papeles de colores; pantallas y pizarras; prótesis; robots; maniquíes e impresoras 3D, un grupo de inventoras de distintas nacionalidades lidera cinco áreas de investigación de alto impacto. La ingeniera Rosalind Picard trabaja en el desarrollo de computadores con emociones; la belga Pattie Maes quiere interconectar el mundo real con el digital; Cynthia Breazeal creó Jibo, el primer robot personal; la arquitecta Neri Oxman está elaborando nuevos materiales –tanto para la construcción como para la supervivencia– a partir de la biología; y la turca Canan Dagdeviren, la más joven y última en sumarse al laboratorio, es experta en la creación de aparatos implantables. Su invento más reciente: un chip que convierte los latidos del corazón en energía eléctrica.

Estas son cinco mujeres que pueden cambiar el mundo.

Rosalind Picard: algoritmos sensibles

La muestra más patente de que algo estaba mal en la computación fue Clippy. El asistente para Microsoft Office con forma de clip, a fines de los 90 irrumpía en la pantalla cada vez que el usuario necesitaba ayuda. Y salía de ésta bailando. “La gente lo odiaba”, dice Rosalind Picard, directora del grupo de investigación de Computación Afectiva del MIT Media Lab. “Clippy tenía excelentes herramientas de inteligencia cuando se trataba de dar solución a algunas tareas, pero no ponía atención a cómo te estabas sintiendo: si contenta, frustrada, irritada o enojada. Aparecía cuando el usuario probablemente no estaba muy feliz. Eso no es inteligente”, asegura.

En su oficina –con pantallas que analizan las caras, los gestos y las sonrisas; libros de psicología y una gran pizarra blanca rayada con gráficos y fórmulas– la ingeniera dice: “La mayoría de los psicólogos estaban enfocados en que las emociones son algo que sientes, pero a veces los sentimientos son más complejos que el lenguaje que hay para describirlos. Para mí es matemática, hardware, software, signos, cosas objetivas. Pensé: quizás podemos medirlos de forma objetiva”, recuerda.

Entonces, en plenos 90 fundó el grupo de investigación dedicado a medir las emociones de las personas. Comenzaron poniéndose ellos mismos sensores en el cuerpo para monitorear los cambios físicos que producía el estrés (sudor, tensión muscular, cambio en los latidos y respiración), al mismo tiempo que creaban algoritmos y sistemas de inteligencia artificial sofisticada que les permitieran interpretar los datos. Si es que eso era posible.

El sistema funcionó y evolucionó hasta la creación de Empatica: un aparato similar a un reloj que puede usarse para monitorear cosas más básicas como el sueño o la tensión, así como también la epilepsia. En Europa –al estar certificado como un aparato médico– determina en segundos el inicio de un ataque convulsivo y a través de una app, alertar a las personas (que el usuario asignó previamente) para que vayan a socorrerla. “Con más de un ataque convulsivo al año, hay probabilidades de tener un SUDIP (muerte inesperada por epilepsia, por sus siglas en inglés). Y eso mucha gente no lo sabe”, explica Picard.

La otra innovación que desarrolló se llama Afectiva, un software que junto a la aplicación Affdexme, permite reconocer lo que hay detrás de la expresión facial de las personas (que así lo autoricen): si están atentas, sorprendidas, enojadas, escépticas. “Lo aplican, por ejemplo, las empresas para medir sus campañas publicitarias o para testear productos, o también aquellos que tienen que dar discursos o clases”, señala. Más de un tercio de las empresas del Fortune Global 100 está utilizando este software.

Canan Dagdeviren: cuerpos eléctricos

Por fuera es una pequeña cinta que se adosa a la mano o cualquier cosa que esté en contacto con la piel. Sin embargo, por adentro tiene un complejo sistema que permite captar la energía mecánica de los órganos internos –como los latidos del corazón o la respiración– y transformarlos en electricidad. “Es mágico, permite electrizar cualquier cosa que necesites. Por ejemplo, un marcapasos: en vez de tener que someterte a una cirugía cada 7 años para cambiar la batería, este aparato te da pila para siempre”. Lo dice Canan Dagdeviren (32), la “ingeniera de aparatos” –como se autodefine– que lo diseñó y que dirige el grupo de investigación de Decodificadores Compatibles del Media Lab.

Dagdeviren es turca. Llegó a Estados Unidos en 2009 a hacer un doctorado en la Universidad de Illinois. En 2014 se incorporó al instituto de Cáncer de MIT para su investigación de postgrado; de ahí se fue a Harvard a hacer un junior fellowship hasta enero de este año que llegó al Media Lab, con sólo 32 años.

Lo que caracteriza a sus aparatos es que son flexibles, suaves, cómodos y ajustables, dice. Un claro ejemplo es el sostén electrónico, que mediante un chip monitorea los tejidos a largo plazo, y permite detectar la generación de tumores, además de controlar otros factores como la hidratación y la presión arterial.

La última investigación de Dagdeviren –y que pretende revolucionar el tratamiento de enfermedades como el Parkinson– es sobre el desarrollo de aparatos implantables para aplicaciones cerebrales, que permitiría la inyección de múltiples drogas, sin necesidad de pasar por todo el cuerpo. Esto implicaría no sólo menos efectos secundarios, sino también mayor rapidez en los tratamientos. Cómo funciona: en el cerebro se inserta una aguja del ancho de un pelo, y abajo del brazo una especie de bomba por donde se inyecta la droga, que es dirigida hasta el cerebro donde está la aguja.

El proyecto está en etapa de investigación y debiera estar en el mercado en los próximos cinco años. “Yo diseño y construyo los aparatos, y luego busco socios que los puedan poner en el mercado para ayudar a la gente”, dice, desde su oficina en el Media Lab, ubicada muy cerca de la del físico chileno César Hidalgo...

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