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Descorchando a mi generación

Rondan los 40, llegaron al vino por casualidad y ahora lo están renovando desde viñas establecidas: Rafael Urrejola (Undurraga), Sebastián Labbé (Santa Rita) y Andrea León (Lapostolle). son parte del recambio de la enología chilena, que apuesta por la diversidad.

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Por: Marcelo Soto
Fotos: Verónica Ortíz

Cuando Andrea León estaba en segundo de Agronomía de la UC, un amigo de su madre le enviaba cajas de vinos desde Europa: “Era un mexicano multimillonario, y me mandaba puras joyas cada tres meses. Yo con suerte tomaba vino de luca. Gracias a la generosidad de este magnate, pude conocer grandes etiquetas como Petrus, Château Margaux y Latour, que valen centenares o miles de dólares la botella y son legendarias. Muchas las tomamos con Torombolo en algún carrete, cocinando”, recuerda León, entre risas, refiriéndose a su compañero Rafael Urrejola, que iba un año más abajo en la carrera.

Por esos tiempos, Sebastián Labbé andaba surfeando en Nueva Zelandia y para ganar algo de dinero se puso a trabajar en una bodega de Martinborough. “Hice de todo. Las pegas más básicas, acarrear cosas, etc., pero me gustó lo que vi. Al mismo tiempo trabajaba part time en Wellington en un restaurante que era como un wine bar, y con el sommelier nos hicimos amigos y degustábamos juntos, cosas raras, botellas caras, y dije: ‘Esto es lo mío’”.

Los tres llegaron al vino casi por casualidad. Sin viñateros en la familia, ni apellidos vinosos, hoy son parte de una generación de recambio de la enología nacional que le está cambiando la cara a la industria. Apuestan por la diversidad, por vinos más frescos. Rescatan cepas olvidadas y evitan el exceso de barrica. Desde viñas tradicionales están despeinando la escena chilena, por mucho tiempo considerada aburrida y que hoy –según muchos expertos– vive un momento excitante.

Lo dice el crítico inglés Tim Atkin en su último reporte: “Nunca antes había estado tan entusiasmado con el vino chileno”. Sí, el mismo crítico que en 2002 generó revuelo porque tildó a los vinos nacionales de parecer un Volvo: autos que no decepcionan, pero que tampoco sorprenden. Ardió Troya en Chile, pues lo consideraron un insulto (aunque ya quisiera cualquier industria ostentar el prestigio y los números de la marca sueca).

La frase de Atkin se leyó como una alusión a la falta de diversidad de los vinos chilenos, que desde los 90, cuando saltaron al mundo, se ganaron la fama de buenos, bonitos y baratos. Vinos súper convenientes, de los mejores values del planeta, si no querías gastar más de 3 o 5 dólares por una botella. Eso fue muy bueno para la expansión de la industria, pero en cierto momento, y con el alza de los costos de producción, se transformó en un problema.

Fueron empresarios como Aurelio Montes y Eduardo Chadwick los que comenzaron una gesta por lograr que el vino chileno se vendiera más caro. Costó un mundo –valga la metáfora– convencer a los críticos internacionales de que se podía pagar más de 20 dólares por una etiqueta nacional. Al mismo tiempo, las viñas más antiguas como Santa Rita y Concha y Toro lograban, luego de años de esfuerzo e inversión, llevar a vinos como Casa Real y Don Melchor a las grandes ligas.

Fue un camino largo y complejo, que aún no termina, al que se sumó una explosión de creatividad de parte de pequeños viñateros que comenzaron a lanzar vinos distintos, extremos, radicales. Se rescataron las cepas ancestrales, las que llegaron con los conquistadores españoles, y se volvió la mirada a valles como Itata o Maule, cuyos viñedos centenarios son un patrimonio mundial. Las grandes compañías, lideradas por enólogos curiosos, también se atrevieron a innovar y refrescar el panorama.

“Chile ha cambiado mucho desde mi última visita”, reafirma Atkin en su reporte de 2017. Llevaba seis años sin visitarnos. “Siguiendo la metáfora del automovilismo, hay un poco más de velocidad, estilo y peligro... Chile ha empezado a tomar algunos riesgos, tanto en términos de los lugares donde ha optado por plantar sus viñedos como en términos de variedades, mezclas y estilos de vino”.

Una tarde soleada de abril nos juntamos con Andrea León (Lapostolle), Sebastián Labbé (Santa Rita) y Rafael Urrejola (Undurraga) para conversar sobre los cambios en el vino chileno y la impronta que está dejando su generación.

Discutiendo con Rolland

Andrea León reconoce que es algo dispersa y que cuando chica no tenía idea de qué iba a estudiar. “Mi familia es santiaguina, son todos artistas y algún economista. Pero en general puros hippies. Tuve muchos intereses diversos, lo que ha sido bueno y malo a lo largo de mi vida. Entré a agronomía porque me encantaba el campo. Me gustaba cocinar y tomar vino, y así me fui metiendo en ese mundo, sin cachar mucho a qué me iba a dedicar, era un poco inmadura. Por la parte hedonística del vino y la comida, me fue gustando cada vez más y opté por enología”, recuerda.

“Quería demostrarle al establishment del vino que Chile sí tenía terroir”. Andrea León

Hizo varias vendimias en EE.UU. y en Francia, donde trabajó con Stéphane Derenoncourt, famoso consultor hecho a sí mismo, sin formación enológica, músico y bohemio. “Mi primer contacto con la biodinámica (rama que postula una agricultura en equilibrio natural con el cosmos) fue en la viña Fetzer, EE.UU., y luego con Stéphane. Yo era como su operaria móvil, asesoraba a un montón de viñas chicas, como 10. Me pasó una camioneta y recorría Saint-Émilion, Fronsac y Côtes de Castillon”.

Se quedó un buen rato allá y volvió a Chile en 2003, donde trabajó en Santa Helena y San Pedro, antes de ser contratada por Lapostolle, en Santa Cruz, donde lleva 10 años. En todo ese tiempo ha sido parte del equipo enológico que hace Clos Apalta, uno de los vinos chilenos más premiados, elegido el mejor del mundo en 2008 por la revista Wine Spectator, específicamente por la cosecha 2005. Pero además ha destacado por lanzar la línea Collection, con gran acogida de la crítica, donde explora terruños y variedades con un enfoque innovador.

“En Clos soy parte del equipo enológico, pero es Michel Rolland (el poderoso asesor de vinos francés, uno de los winemakers más influyentes del mundo) el que decide el estilo, junto a Jacques Begarie, gerente técnico. Estuve cinco años full en Clos y le propuse a Alexandra Marnier, la dueña, hacer un proyecto en paralelo, de vinos diferentes. Tenía hartas ideas, y me dijo que probara si valía la pena. El desafío era vender vinos de terroir, pero afuera no te creían. Chile hace cabernet de cinco lucas, nada más. ¿Por qué no mostramos que sí hay terroir en Chile?, le propuse a Alexandra”, cuenta León.

El proyecto no comenzó de la mejor forma: fue justo para el terremoto de 2010. “Hice algunos ensayos con carmenere de Colchagua y syrah de Elqui. Quería demostrarle al establishment del vino que Chile sí tenía terroir. Para mostrar esa diferencia tenía que ir a un estilo menos extraído, que muestra más la fruta. Yo creo que Alexandra nunca se imaginó lo que se iba a encontrar. Probó los vinos y dijo: “¡Oye, están harto ricos estos vinos!”. Se quedó plop. ¿Los quieres hacer el próximo año?, me propuso. Con el tiempo fui agregando otras variedades, de viñas viejas en Apalta, un moscatel de Itata y carignan del Maule, cosas choras, nadie las pescaba”.

-¿Cómo es trabajar con Rolland?

-Eso es para otra entrevista (risas). Interesante. Es Rolland, el gallo sabe ene. Es un personaje que respeto, porque es vigneron en Pomerol, viene de la viña, no es de fuera. Hay cosas que puedo estar de acuerdo con él y cosas que no. Él tiene su estilo y no pesca mucho a nadie.

-¿Su estilo, que ha sido criticado por estandarizar los vinos, te identifica?

-A mí lo que me gusta es que yo pruebo un vino suyo y sé que lo hizo él. Entiendo su visión. No es alguien que vaya a estar agarrando la última moda. Me gusta eso. Y es un tipo que goza y vive el vino. Tiene un estilo de vino que quizá no es lo que yo buscaría. Y a veces estamos en desacuerdo y me encuentra súper porfiada (se ríe). Es francés.

-¿Por qué te encuentra porfiada?

-Porque le discuto.

Pionero en Leyda

Rafael Urrejola es alto y desgarbado y tiene pinta de músico de una banda indie. De hecho, le gustaba la música, pero no tenía dedos para el piano. “Tengo la misma historia de Andrea, entré a Agronomía por descarte, casi me cambié a Periodismo en la mitad de la carrera. Tenía amigos que estudiaban Periodismo y lo pasaban súper bien. Pero me gustaba el campo. Cuando era chico, mi viejo trabajaba en los frutales que en ese tiempo tenía Santa Rita, y trabajaba los sábados. Entonces para estar con él, lo acompañaba los sábados, andábamos a caballo, me metía a las bodegas, al parque. Por eso estudié Agronomía, pero sin pensar en el vino”.

Lo curioso es que en la revista del Saint George, donde estudió, en su biografía sus compañeros escribieron: “Te deseamos mucha suerte, dedicado a las viñas por supuesto”. Le achuntaron. Sus amigos eran artistas (entre ellos el cineasta Fernando Lavanderos) y músicos. “Yo era malo para eso”, reconoce hoy. “El vino no creo que sea un arte, pero sí una artesanía. Hay algo de creación, de uno, en una botella que haces. Eso me llamaba la atención”.

Lo que más le gustaba era viajar. Congeló la universidad y se fue a Europa ocho meses. Luego hizo una vendimia en Santa Inés, al sur de California, cuando ese valle no lo conocía nadie. “Yo alegué porque quería ir a Napa, me traté de cambiar pero no pude. Resulta que allí después hicieron la película Entrecopas y se hizo famosa. En esa época, ni siquiera salía en internet, al final terminé trabajando con pinot noir y chardonnay”.
Y sigue la historia: “Después, con la chiva de que quería hacer una vendimia en Francia, en realidad me fui a Inglaterra y al Sudeste Asiático. Estuve como un año hasta que me llamaron al orden. Porque tenía que dar el examen de enólogo. Volví, lo hice, y ahí entré a viña Leyda”.

“Mi idea en Santa Rita es respetar su historia, pero entregarle una nueva energía. Tratar de empujar los límites. El potencial es inmenso”. Sebastián Labbé

Las parras de Leyda estaban hace un año plantadas. Era 2001 y ni siquiera existía la apelación, por lo que debieron poner Aconcagua en la etiqueta. En el valle costero estaban las mismas cepas que había trabajado en EE.UU. Estuvo en la viña hasta el 2007, logrando poner a Leyda en el mapa con sus frescos chardonnay y pinot noir, y se fue a Undurraga, donde se hizo cargo del proyecto Terroir Hunter. “La idea de TH fue compartida. Ellos querían desarrollar un proyecto terroir, pero era una cosa distinta, querían tres o cuatro vinos de distintos valles y cada año elegir dónde salía mejor una variedad. El nombre TH a mí me parecía muy evidente, quería un nombre más místico. Son nombres que ponen las áreas comerciales”, se queja.

“Tuve la idea de incorporar más regiones y varias cepas de distintos lugares e ir haciéndoles seguimiento, no solamente una vez, sino que interpretar los viñedos, trabajar con los mismos bloques. Aprendiendo del terroir y llegar a vinos más interesantes. Partimos con dos vinos y ahora son 14. Por eso se enojan los comerciales”, cuenta Urrejola.

De Oceanía al Maipo

Como buen surfista, Sebastián Labbé es atlético y relajado. Y dice que llegó por descarte a la enología. “Estudié construcción un año en la UC, pero en 1999  mi familia se fue a vivir a Nueva Zelandia. Mi papá tuvo esa loca idea y fue una experiencia muy buena. Nos fuimos a vivir inicialmente un año, y nos quedamos siete. Allá recién llegado, me conseguí una pega por el verano para ganar plata y aprender inglés, en Martinborough, donde trabajé en una bodega chiquitita, que producía cinco mil cajas, que se llamaba Margrain Vineyards. Estuve en el viñedo, moviendo alambres, y también en la bodega, y me pareció entretenido. Al año siguiente, me fui a vivir a Christchurch, en la isla del sur, y entré a la Universidad de Lincoln, donde hice el programa de viticultura y enología”.

Al salir de la universidad, se fue Australia a hacer una vendimia a Hunter, y después volvió a Wellington, donde conoció a su mujer, que por esa época estaba en un programa para aprender inglés y trabajar en Nueva Zelandia. “Volvimos a Chile y llegué a Viña Carmen, el 2005. Trabajé con Pilar González hasta el 2008, cuando llegó Stefano Gandolini, que estuvo hasta el 2010. Ese año me hice cargo yo de la viña”.

-¿Cómo asumiste el desafío siendo tan joven?

-Carmen tenía cierta historia de innovación, porque antes estuvo Álvaro Espinoza, fue la primera en lanzar el carmenere, siempre haciendo cosas nuevas, pero no alcancé a trabajar con él. Cuando llegué, la viña estaba en una etapa más tradicional, Pilar era más de la escuela antigua, con delantal blanco. ¡Para mí era heavy! (risas). Creo que la viña pasó de ser una bodega bien taquillera a pasar un poco desapercibida. La idea fue darle una vuelta de tuerca, no inventar la rueda, sino que mirar un poco más allá de lo típico. Así empezamos a experimentar con semillón, moscatel. La idea era cambiar, buscar diferentes lugares, hacer cosas diferentes. Fue harto experimento y error, muchos de esos vinos salían mal unos años y otros salieron buenos. Era cosa de atreverse. Había un susto de hacer cosas nuevas”.

“Nunca antes había estado tan entusiasmado con
el vino chileno”, escribió el crítico inglés Tim Atkin en su último reporte de 2017.

-Ahora eres enólogo de Santa Rita, un buque mucho más grande. ¿Cuál es tu propuesta?

-Más que despeinarla, la idea es revitalizarla. Es una bodega con mucha historia. Una historia grande, principalmente por el cabernet sauvignon del Maipo, que es súper importante. Quiero entregarle una nueva energía. Tratar de empujar los límites. El potencial es inmenso.

-¿Vas a hacer cambios en algunos vinos?

-En Medalla Real pienso que se pueden hacer vinos que sean un poquito más jugados, más frescos, evitar la sobremadurez. Trabajar con barricas más antiguas. Estoy vinificando chenin blanc, malbec, pinot noir de Leyda y otro de Traiguén. La idea es que esos ensayos que estamos haciendo vayan en Medalla Real en la línea Hand Crafted. Uno de los vinos de alta gama que quiero revitalizar es Pehuén. Ahora lo cosechamos más temprano, el 15 de febrero, lo que te da un carmenere más lineal y sin verdor.

-¿Y Casa Real, la insignia de la viña?

-Ah, no. Ese vino no hay que tocarlo.

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