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Artículo correspondiente al número 263 (16 al 29 de octubre de 2009)
La formación más célebre de Los Angeles Negros vuelve a presentarse en Santiago 36 años después de su separación. El tiempo habrá opacado su brillo de antaño, la voz de Germaín de la Fuente será apenas un eco y su guitarrista original no estará sobre el escenario. Aun así creemos que vale la pena ir a verlos. Por Marisol Garcia.
“Pensamos que eran unos torrejas, cebolleros. Ahora los escucho y no entiendo cómo pude ser tan tonto”.
Arrepentimiento puro y duro transmite el ex programador radial Agustín Cucho Fernández en el documental Angeles Negros. Su revisión es, de algún modo, la de una generación completa, que vino a valorar a Los Angeles Negros sólo después de su triunfo en el extranjero. La acumulación excepcional de títulos reconocibles les fue casi inútil en términos de prestigio. La banda viajó a México por primera vez en 1971, buscando un reconocimiento artístico que la fama nunca le regaló en su tierra. En su conflictivo trato con Chile, la de Los Ángeles Negros es una historia de felicidad tardía. Desde esa dilación cronológica, su próxima reunión es un paso creativamente innecesario, pero sí de justa aclaración de cuentas.
No esperemos, por supuesto, un reencuentro en la cumbre del vigor. 36 años separan el concierto del 25 de octubre en el Teatro Caupolicán de la última presentación con su formación más célebre. Cuatro de esos cinco músicos volverán al escenario: el quinto, Mario Gutiérrez, anima en México un grupo homónimo amparado por la ley de registro de marcas. Tanto así, que la venidera presentación en Santiago se anuncia sólo como el show Y volveré, sin identificar a la banda por su nombre. No hay canciones nuevas que mostrar, y el vibrato brillante de Germaín de la Fuente es hoy el referente irrecuperable de una de las voces más emocionantes que haya conocido nuestra música.
Pese a ello, no debiese haber sobre ese escenario solamente otro grupo ensimismado en nostalgia. La música chilena -fácilmente impresionable, como toda nuestra cultura, por lo extranjero- ha sido un área artística más cómoda con la adaptación que con el invento. Los Angeles Negros, en cambio, son creadores de un subgénero que nadie más había intentado antes, y del que hoy existen cientos de imitadores. A ese sonido se le ha llamado “bolero sicodélico”, “cebolla electrónica”, “balada funky”: canciones de amor, con toda la destemplanza de la expresión romántica latina, pero interpretadas con instrumentos de rock. Una combinación inesperada pero ganadora, sólo explicable por la extraña asociación que hacia 1968 surgió entre un cantante fanático del bolero y una banda de apoyo que a la vez pensaba en James Brown, los Beatles y Procol Harum.
Otra viñeta elocuente del documental Angeles Negros: Álvaro Henríquez, líder del grupo Los Tres y con fama de mal genio, se convierte en un adolescente nervioso cuando tiene por primera vez al frente a Germaín de la Fuente. “De repente pienso que ustedes no saben lo importante que es para nosotros su música”, le comenta en un camarín el hombre de Déjate caer a la voz de Murió la flor. A los directores Jorge Leiva y Pachi Bustos no les costó mucho reunir también en esa cinta entusiastas testimonios de gente como Los Bunkers y Jorge González. Este último explica: “Si tuviera que hacer un cover de Los Ángeles Negros, copiaría todo”.
Además de ese incontestable legado, existe una excusa poderosa para el show de reunión a fin de mes: en octubre de 1969, hace exactos 40 años, Los Angeles Negros terminaron de grabar Y volveré, su mejor disco (y uno de los pocos que hoy se encuentran en CD). Daba el título a ese álbum un single de brillo instantáneo y estribillo inmortal (“No sufras más / quizás mañana nuestro llanto quede atrás”), acompañado en ambos lados por una seguidilla de temas que parece el de una antología de grandes éxitos: Cómo quisiera decirte, Mi niña, El rey y yo, Murió la flor. La cultura popular chilena ha sido en extremo descuidada con el resguardo de sus cumbres musicales. También en 1969 aparecieron discos como Abbey Road, Elvis in Memphis y Let it bleed, inscritos en cualquier enciclopedia de estudio de la música popular en inglés. A escala local, Y volveré no es menos que todos ellos; por mucho, claro, que en su momento sólo haya parecido “cebolla” bien cantada.