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Una vida por Miles

Artículo correspondiente al número 260 (4 al 16 de septiembre de 2009)

 


Se publica la autobiografía de Miles Davis, un libro esencial para comprender el desarrollo del jazz durante la segunda mitad del siglo XX y un valioso recorrido por las luces y sombras de la creación artística. Por Marcelo Soto.


Durante el siglo pasado, el género literario de las vidas de artistas tuvo cimas de especial belleza como el Juan Cristóbal, de Romain Rolland, o Ariel, de André Maurois. Si la primera era un ficción que se adentraba en los misterios y glorias de la composición musical europea a partir de la historia de un héroe atormentado, la segunda era la biografía del poeta inglés Percy Shelley que se leía como la mejor novela de iniciación.

Algo de ese romanticismo inevitable se cuela por las páginas de Miles: la autobiografía, las intensas memorias del trompetista norteamericano, que cambió la historia del jazz –y de la música popular– no una, sino tres o cuatro veces.

Escrito en colaboración con Quincy Troupe, el libro se arma como un largo y chispeante monólogo al estilo beat, cuyo inicio haría palidecer de envidia al propio Jack Kerouac: “Mira, la sensación más fuerte que he experimentado en mi vida (con la ropa puesta) fue cuando oí por primera vez a Diz y a Bird juntos en St. Louis, Missouri, allá por 1944”.

Davis se refiere, claro, a Dizzy Gilliespie y Charlie Parker, y a partir de entonces, el embrujo está garantizado. Aunque es probable que la disfruten más los lectores habituados al jazz, la prosa es tan sincera y tiene un ritmo tan poderoso –a veces suave y evocador; otras, delirante y rabioso, igual que los solos del trompetista– que es difícil no dejarse conquistar. Colmada de revelaciones, tanto dramáticas como graciosas, la obra pinta un cuadro de indudable valor para conocer el desarrollo de la música norteamericana en el siglo XX, así como la vida de un artista enfrentado al racismo, las drogas y la fama.

Las memorias suelen ser un género engañoso, en que el autor aprovecha de endilgar culpas o adornar el mito. Pero en este caso tal peligro se esquiva la mayor parte del tiempo. Davis es de una honestidad casi brutal y su libro no sólo descansa en unas cuantas afirmaciones escandalosas –con quién se acostó, cómo robó a sus amigos para conseguir droga o sus peleas con managers o con otros músicos–, sino que también posee una cualidad nada desdeñable como pieza literaria. Sin ser exhaustivos, en el último tiempo sólo músicos como Chet Baker (Como si tuviera alas) o Bod Dylan (Crónicas 1) consiguieron contar por escrito sus vidas y salir medianamente airosos de tal desafío.

El autor de Kind of blue nunca fue un tipo sumiso ni dado a la falsa modestia, sino todo los contrario, y en estas memorias derriba un montón de prejuicios e ideas políticamente correctas. De partida, quien espere encontrar aquí la vida sufrida de un artista negro luchando contra el sistema, se equivoca. Aunque Davis es casi radical en sus posturas contra el racismo de los blancos (a quienes derechamente detesta, muchas veces con razón), también lo es con la propia autoindulgencia de los afroamericanos.
El músico, lejos de cualquier estereotipo, provino de una familia acomodada y culta, que entendía el valor del esfuerzo y el estudio como puntales del desarrollo personal (y cuya ausencia, según Davis, es la clave para entender la pobreza generalizada de los negros en EEUU). Su padre, que era dentista y llegó a ser bastante rico para los estándares de su raza, le inculcó un respeto bastante mercantil, casi codicioso, por los dólares: quizá la principal enseñanza paterna fue que siempre contara el dinero y que no se fiara de nadie, ni de su propia familia, cuando de billetes verdes se tratara. Aquí, sin duda, está el origen del éxito de Davis como uno de los primeros músicos negros en hacer valer sus derechos y ganar al menos tanto dinero como sus colegas blancos, y también el de las grandes disputas con los sellos discográficos; sobre todo, en los primeros años 60, cuando el jazz parecía ir en declive mientras el rock ascendía y hasta la banda rockera más mediocre multiplicaba sus ventas por encima de los jazzistas.

 

 

 


Lucha de gigantes

 

El primer tercio del libro describe principalmente la fascinación que produjo en él escuchar al saxofonista alto Charlie Parker, a quien siguió a Nueva York en 1944. Se había matriculado en la prestigiosa Juilliard –la Harvard de las escuelas de música– y recibía una conveniente mesada de papá, pero en realidad sólo anhelaba dejarse llevar por la ruta de los clubes nocturnos para escuchar –y quizá tocar– junto a su ídolo. La búsqueda resultó infructuosa, pues ya en ese tiempo Parker era un pájaro extraviado difícil de pescar.

Hasta que uno noche, a la salida de un bar, escuchó a alguien que le dijo: “¡Hey, Miles! Me han contado que andas buscándome”. A continuación, Davis cuenta: “giré en redondo y allí estaba Bird, con peor aspecto que un h... Vestía un traje arrugado y lleno de bultos, con el cual parecía haber dormido muchas noches. Tenía la cara hinchada y los ojos, hundidos y enrojecidos. Pero estaba sereno, con aquella sofisticación de que sabía envolverse incluso cuando estaba bebido o flipado. Además tenía aquel aplomo que tienen todas la personas cuando saben que su arte o su oficio son buenos”.

Se puede decir que aquel encuentro fue uno de los acontecimiento claves de la historia de la música estadounidense del siglo XX. Parker y Davis de cierta forma representan las dos caras de la moneda, y ninguno puede ser comprendido (aunque si alguien merece el calificativo de genio probablemente sea Bird) sin el otro, sin su contraparte, del mismo modo que no puede leerse a Fitzgerald sin pensar en Hemingway o en la sombra o la envidia que el talento del primero (más brillante, pero más trágico) produjo sobre el segundo.

Miles, en unas páginas emocionantes, explica la impresión que causaba escuchar en vivo a Bird, algo que lamentablemente ya no podemos experimentar. “Le conté lo duro que había sido encontrarlo y él se limitó a sonreír y a decir que andaba mucho de un lado a otro. Entró conmigo en el Heatwave, donde todos lo saludaron como si fuera un rey, cosa que era. Y como yo estaba con él y me pasaba un brazo por encima, me trataron también con el mayor respeto. Aquella primera noche no toqué. Sólo escuché. Y me dejó maravillado, tío, la forma en que Bird cambiaba en el momento en que se llevaba el instrumento a la boca… pasaba de estar como hundido y ausente a que todo el poder y la belleza que llevaba dentro irradiasen en él. Fue asombrosa las transformación que tuvo lugar cuando empezó a tocar… Bird era un ser aparte”.

Al mismo tiempo, con una crudeza que le es natural, el autor no duda en abordar los aspectos más oscuros en la existencia de Parker, muerto prematuramente en 1955. “Estar cerca de Bird podía ser muy divertido, porque era un auténtico genio de la música… pero también era difícil tenerlo cerca porque constantemente intentaba sablearte, cuando no estafarte, para conseguir el dinero que necesitaba por culpa de su afición a las drogas. A mí me se sacaba continuamente unos dólares, que enseguida se gastaba en heroína o whisky o lo que buscara en aquel momento”.

 

 


El lado salvaje

 

El propio Davis, pese a que al llegar a Nueva York no fumaba ni bebía, conocería más tarde los infiernos de la adicción a las drogas, llegando a estar a punto de tirar por la borda su carrera y, con ella, a su familia. Desafiando precisamente aquella máxima de Fitzgerald según la cual las vidas americanas no tienen segundo acto, Miles tuvo otra oportunidad. Y la aprovechó.

A fines de los 60, por ejemplo, cuando el jazz era un muerto vivo caminando, Davis dio un giro que muchos vieron como traición, cuando se acercó al rock. Así lo recuerda el trompetista: “aquel año 1968, el rock y el funk se vendían como rosquillas… Y la música de jazz parecía marchitar la parra, por lo que respecta a la venta de discos y actuaciones en vivo. Fue la primera vez en mucho tiempo que, dondequiera que yo tocase, no se quedaba gente en la calle sin poder entrar en el local… Ese era, pues, el clima que existía entre Columbia y yo justo antes de que entrara en el estudio a grabar Bitches brew. Lo que ellos no entendían era que yo no estaba todavía preparado para convertirme en un recuerdo, no estaba preparado para figurar únicamente en la lista de Columbia calificada de “clásica”. Había vislumbrado la senda del futuro con mi música e iba a seguirla hasta la meta como había hecho siempre”.

En efecto, Miles Davis se reinventó varias veces y de esa manera abrió nuevas direcciones, consolidando unas de las aventuras creativas más fascinantes de la pasada centuria. Su música, igual que estas memorias, permanece como un ejemplo de vitalidad y compromiso, un legado imborrable.

 

 

Cada década, una revolución

Tres discos claves de Miles Davis en sus propias palabras.

Birth of the cool (1949). “Se coanvirtió en una pieza de coleccionista, según creo, como reacción ante la música de Diz y Bird… ellos eran grandes, fantásticos, provocativos, pero no eran dulces. Este disco fue diferente porque podías oírlo todo y tararearlo”.

Kind of blue (1959). “No escribí la música, sino que aporté esquemas de lo que cada cual se suponía que tocaría, porque quería mucha espontaneidad en la interpretación… Todo se hizo a la primera toma, lo cual indica el nivel que la gente alcanzó. Una belleza”.

In a silent way (1969). “Aquel disco liberó de mi mente un caudal de música… Toda la música era diferente, y eso causaba a muchos críticos un montón de problemas. Los críticos buscan siempre encasillarte, situarte en un determinado lugar donde te encuentren con facilidad… No entendieron lo que hacía”.

 

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