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Entre cuatro paredes

Artículo correspondiente al número 267 (11 al 24 de diciembre de 2009)

 

El debut de Pedropiedra es probablemente el mejor disco chileno del año. Y habla también de una generación local que desde el dormitorio sale al mundo. Por Marisol García.


El equivalente crítico a rizar el rizo –el detalle del detalle en el análisis y la asociación de datos– lo enarbola en el periodismo musical en castellano la revista española Rock de lux. Una de las capacidades más cómicas de sus puntillosos redactores es la asombrosa disposición a inventar etiquetas que definan hasta al más específico de los subgéneros. “Abuelismo”, llamaron alguna vez a la corriente de neo-son cubano inaugurada por Buena Vista Social Club. “Electricidad farmacológica”, designaron luego a cierto rock ensimismado de evidente inspiración química. Y así.

Nos gusta cuando en esa revista se habla de “cantautoría de dormitorio”. Entendemos perfectamente qué es lo que quieren decir. En contraposición al poderoso rock de banda gestado en una gran sala de ensayo (tipo Los bunkers) o a la ágil fusión bailable destinada a un festival al aire libre (Chico Trujillo, Juana Fe), la música joven chilena se está acomodando con prestancia en los espacios reducidos de los dormitorios de algunos buenos cantautores. Música íntima, mas no intimista; discreta, aunque con identidad enfática. Pensada para cantarse en una tarima precaria, pero cada vez más cómoda con la expansión masiva e internacional.

Las dos voces chilenas más perdurables y universales, Víctor Jara y Violeta Parra, son las de cantautores a los que casi siempre les bastó el sencillo engranaje de guitarra y voz. País introvertido, sin vocación de carnaval, la canción solista se ajusta como un guante a su naturaleza sonora. Está bien: hace cincuenta años tuvimos a un combo de baile tan impresionante como la orquesta Huambaly. Pero se supone que las excepciones confirman la regla.

Algunas de los lanzamientos más interesantes del año en Chile pertenecen a músicos que han compuesto, arreglado y grabado sus canciones casi sin ayuda externa. En tal sentido, no hemos escuchado perspectiva más refrescante que la que plasmó Pedro Subercaseaux (antiguo integrante de grupos como CHC, Yaia y Hermanos Brothers) en su debut como Pedropiedra, probablemente el mejor disco chileno de 2009 (Oveja Negra).

Nadie como él había sintetizado con tal gracia la mezcla de absurdo y espanto con la que se enfrenta la definición de la propia identidad. Desde el ginecólogo que le da su bienvenida al mundo augurándole retraso mental (Inteligencia dormida) al temor adulto de convertirse en una copia de su propio padre (Yo no quiero), Subercaseaux se salta la pose de ganador y adolescente eterno que ya nos aburre del rock convencional, y se permite proyectarse en sus canciones con una asumida y encantadora conciencia de la propio ridiculez. Un oído entrenado en años de producción para otros músicos le dan a su primer álbum un feeling como de banda pop de larga trayectoria, pero es él quien ha comandado los numerosos timbres que adornan la incamuflable base de guitarra eléctrica y voz.

Otro trabajo destacado es el del porteño Chinoy, quien en Que salgan los dragones (Quemasucabeza) plasma al fin (y por primera vez) lo que venía siendo una entrega en vivo alabada como el gran secreto a voces de la nueva cantautoría chilena. Una voz aguda, innegable orientación poética en sus versos y una guitarra tocada con vibrante urgencia (legado de su experiencia adolescente con una banda punk) han causado estragos entre auditores nostálgicos de la vieja canción de autor que en Chile fue norma, al menos, durante los períodos de auge de la Nueva Canción Chile y Canto Nuevo.

No es que Chinoy continúe esa senda de canto comprometido, pero sí afirma un cantar adulto y de carácter que el escenario local descuidaba hacía años. Es la voz que hoy afirman también con particulares brillos compositores como Manuel García, Fernando Milagros, Gepe, Rosario Mena, Leo Quinteros, Elizabeth Morris y Javier Barría: cancionistas de la guitarra y el teclado que pulen una voz más comprometida con su propia personalidad que con la moda. Gastada ya la antigua alianza entre estribillo y proclama política, los nuevos cantautores pueden despegarse del molde ideológico para explorar los pliegues de su visión de mundo, por excéntrica que ésta sea.

Pedropiedra no suena a pop chileno como Chinoy tampoco suena a folk, por mucho que sus reseñas de prensa insistan en decirnos lo contrario. No hay etiqueta aún para sus exploraciones pioneras en un tipo de cantautoría local a la que la define su amplitud. Volvamos, entonces, a eso de la “canción de dormitorio”. Sigamos un largo rato ahí dentro, encerrados, sin salir.

 

 

 

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