En comparación con las trifulcas en literatura, el debate en torno al Premio Nacional de Música apenas se escucha. La academia y el ambiente docto se han apropiado del galardón. El mundo popular se resigna ante la histórica estrechez de criterios del jurado. Por Marisol García.
Incluso las peleas enconadas pueden ser un lujo. Las tienen cada dos años los escritores y críticos literarios chilenos, y la cobertura de prensa que ganan sus diatribas, elogios y autobombos producen la comprensible envidia de las demás artes en carrera. En un país con bajos índices de lectura, el Premio Nacional de Literatura se convierte bienalmente en un tema de relevancia acaparadora, lo cual sólo ayuda a que su símil en Música extienda con impunidad sus sesgos.
La distancia insalvable entre alta y baja cultura es una falacia que los estudiosos e investigadores musicales han sido especialmente lentos en reparar, en comparación con la dinámica integradora que en los últimos años ha caracterizado a la crítica en cine, artes visuales o teatro, por ejemplo.
“La visión que mantenemos es decimonónica: se asume que la música es docta y que a las creaciones de otro tipo es necesario ponerles apellido. Falta una mirada más multicultural, más del siglo XXI, más realista”, explicaba hace unos días el musicólogo Juan Pablo González, coautor de los fundamentales dos tomos de Historia social de la música popular en Chile.

En efecto, el Premio Nacional de Artes Musicales de Chile se ha asumido, desde 1945, como un reconocimiento tácitamente orientado a lo docto, académico y/o sinfónico, acaso con la investigadora Margot Loyola (1994) como única excepción en el cruce de la partitura a la canción.
El filtro no sólo está obsoleto sino, también, resulta muy poco inteligente para la promoción de nuestros compositores más destacados en el extranjero. El paso cómodo entre lo docto y lo popular caracterizó a parte de lo mejor de la Nueva Canción Chilena, en los años sesenta, pero Luis Advis (el autor de las cantatas Santa María de Iquique y Canto para una semilla) y Sergio Ortega (El pueblo unido jamás será vencido) son ilustres ausentes de la lista de veintitrés galardonados.
Nada hubo tampoco para Violeta Parra, la mujer que más hizo por la promoción de la música campesina chilena en Europa. Eran otros tiempos y las rigideces académicas mostraban aun más tirantez que ahora, pero el mundo de la música popular chilena parece no estar a salvo si alguien como Miguel Letelier (Premio Nacional de Música 2008) se permite decir despectivamente que “diversificar [el galardón] y crear otras categorías sería desparramar un poco la cosa. Por eso la música popular tiene otros reconocimientos como el Festival de Viña, el Festival de Olmué o el Altazor”. Por cierto, Letelier es hijo del Premio Nacional de Música 1968, Alfonso Letelier, y hermano de una de las postulantes de este año, la contralto y profesora Carmen Luisa.
La música popular chilena ha enfrentado a lo largo de las décadas la afrenta doble de la mediocridad del periodismo de espectáculos y del desinterés de la academia. Su estudio queda, por lo tanto, en una suerte de terreno baldío que entrampa el debido análisis a la obra de prestigio internacional de autores como Horacio Salinas (Inti-Illimani), Patricio Manns, Víctor Jara o la propia Violeta Parra.
Vicente Bianchi, el más destacado orquestador de la historia de nuestras grabaciones, postula este año por decimoquinta vez al premio, y ni sus 90 años de edad ni el apabullante peso de sus colaboraciones (partiendo por Pablo Neruda y las famosas Tonadas a Manuel Rodríguez, pasando por Lucho Gatica y llegando a la innovadora Misa a la chilena, entre decenas de cumbres) son tampoco ahora señal para el optimismo. La postergación ha sonado fuerte y claramente en la música chilena oficial. Sería una auténtica y grata sorpresa que a fin de mes un giro hacia lo masivo afinara la melodía.