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Los acordes del desasosiego

Artículo correspondiente al número 274 (23 de abril a 7 de mayo de 2010)

 

La isla siniestra ha dividido a los críticos locales. Pero pocos reparos se pueden hacer a su inquietante banda sonora, que vuelve a confirmar la importancia que Scorsese asigna a la música en sus cintas. Por Joel Poblete

 

 

Ya está claro que La isla siniestra, el más reciente estreno de Martin Scorsese, no ha entusiasmado por igual a los críticos y espectadores. Sin embargo, conviene destacar uno de sus logros: la banda sonora, no sólo por su calidad musical sino además por la habilidad e inteligencia con la que sirve de comentario auditivo a lo que vemos en pantalla.

Claro, estamos hablando del mismo cineasta que impulsó el genial “canto del cisne” del compositor Bernard Herrmann en Taxi driver; inspiró a Peter Gabriel una de sus mejores creaciones en La última tentación de Cristo; estimuló al veterano Elmer Bernstein para componer una obra maestra en La edad de la inocencia y ha desarrollado una interesante colaboración con Howard Shore, en títulos como Después de hora y Los infiltrados. Para qué hablar de su memorable y subvalorado musical New York, New York o los magníficos logros sonoros de documentales como El último vals y No direction home.

En La isla siniestra es fácil sorprenderse, y no sólo con los giros -previsibles o no- del guión. Si el espectador está desprevenido, de seguro quedará remecido y percibirá ecos de Michael Nyman o incluso de Philip Glass, quien en Kundun ya compuso para Scorsese. No obstante, la banda sonora está integrada por obras de diversos autores, seleccionadas en conjunto con Robbie Robertson, ex integrante de The Band y amigo del cineasta.

Habría que remontarse a Toro salvaje para encontrar otro ejemplo en el que Scorsese utilizara tan bien la música sin recurrir a obras originales o canciones (en esto último ha dado cátedra, basta recordar Buenos muchachos). Así como la historia del boxeador Jake La Motta estará eternamente asociada a los extremadamente líricos acordes de Mascagni, buena parte del desasosiego, la tensión y el clima enfermizo de La isla siniestra se debe a su soundtrack, que además de un sugestivo uso de un cuarteto de Mahler recurre a algunos de los compositores más interesantes de la segunda mitad del siglo pasado, desde Cage, Ligeti, Schnittke y Adams hasta otros menos difundidos como Giacinto Scelsi, Lou Harrison, Ingram Marshall y Max Richter.

Se trata, en suma, de un gran acierto de Scorsese y Robertson, quienes demuestran un saludable conocimiento del panorama de la música contemporánea de las últimas décadas, incluyendo sus vertientes electroacústicas y más experimentales. El resultado es perturbador y desconcertante, y por sus alcances sonoros podría compararse con la fascinante partitura que Jonny Greenwood, de Radiohead, compuso en 2007 para Petróleo sangriento. En este desfile de cuerdas crispadas y sonoridades amenazantes, la Passacaglia, de la Tercera Sinfonía de Penderecki, parece sacada de una película de terror; el Lontano, de Ligeti (que ya usó Kubrick en El resplandor), vuelve a poner los pelos de punta, y On the nature of daylight, de Richter, alcanza una belleza que conmueve. A Scorsese los que quieran podrán seguir criticándolo por no filmar un nuevo Taxi driver, o porque se trivializó y se hizo comercial, o porque está filmando con piloto automático, pero ¡vaya que sabe cómo usar la música y el sonido en el cine! Este inesperado soundtrack estremece y genera una atmósfera enrarecida en la pantalla grande que pocas partituras pueden alcanzar.

Cien años de leyenda
Una de las mejores sopranos del siglo XX, especializada en el repertorio verista que pulió directamente con autores como Cilea, Magda Olivero cumplió 100 años en marzo, manteniéndose lúcida e incluso sorprendiendo en un video de 2009 que puede verse en Youtube, con esa voz única y la inconfundible forma de decir las frases líricas. ¡Lástima que grabó tan poco! Pero de todos modos ahí están como testimonios registros en vivo de algunos de sus papeles de referencia, con Adriana Lecouvreur a la cabeza. No es la única diva en cumplir un siglo de vida este 2010: en estos días será el turno de la gran mezzosoprano italiana Giulietta Simionato, quien se retiró en 1966 en el esplendor de su voz; una de las últimas sobrevivientes de la era dorada de la postguerra (podríamos agregar a Bergonzi, Gedda, Fischer Dieskau, Vickers y Freni, entre otros). Para el recuerdo, su Carmen y su Santuzza y, por supuesto, sus roles verdianos.

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