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Artículo correspondiente al número 262 (2 al 15 de octubre de 2009)
Batuta indispensable en algunos de los hitos del Teatro Municipal, Jan Latham-Koenig termina un ciclo de 20 años en el escenario capitalino y aprovecha la ocasión para repasar sus mejores momentos, la difícil crisis de 2006 –que implico un cambio radical en la formación de la Orquesta Filarmonica- y los desafíos por venir. Por Joel Poblete.
Para los asiduos al Teatro Municipal de Santiago, a estas alturas la presencia en una temporada del director británico Jan Latham-Koenig es sinónimo de calidad asegurada, y su batuta puede equilibrar la precisión extrema y la técnica más depurada con altos grados de intensidad dramática. En el repertorio sinfónico, pero especialmente en la ópera, el conductor ha brillado a lo largo de una fructífera relación con el escenario capitalino, que ya abarca 20 años; es verdad que cuando ha abordado un repertorio más “tradicional” –Carmen, El trovador, La traviata o Turandot - sus interpretaciones no han entusiasmado por igual al público y la crítica; pero sin duda sus memorables desempeños en títulos tan exigentes como Elektra y Tristán e Isolda, y particularmente en los estrenos en Chile de óperas como Jenufa, Peter Grimes y El castillo de Barba Azul, permanecen entre los grandes hitos del Municipal en las últimas décadas.
Pero no todo ha sido fácil, ya que Latham-Koenig se vio envuelto involuntariamente en la grave crisis que en 2006 afectó al Municipal, la que culminó con despidos de músicos, la disolución de la anterior formación de la Orquesta Filarmónica de Santiago y la convocatoria a músicos que dio origen a la actual agrupación, proceso en el que él fue clave, asumiendo la titularidad entre 2007 y este año, mientras se desarrollaba el período de transición. Ahora le quedan sus últimos meses en el cargo, pues el teatro designó a su sucesor, el israelí Rani Calderón. Sin embargo, el maestro inglés no se duerme en los laureles: el mes pasado dirigió Las bodas de Fígaro en la Opera Nacional Finlandesa en Helsinki y ahora, tras sus funciones santiaguinas de Turandot, tiene otros compromisos fuera de Chile. Todo eso, antes de dirigir sus últimos conciertos como titular de la Filarmónica, a fines de noviembre y principios de diciembre: el inmenso Requiem de Guerra de Britten, y El Mesías de Haendel, justo cuando se recuerdan los 250 años de la muerte de este autor.
El director conversó con Capital, haciendo gala de su agudeza e inteligencia, una amplia cultura que le permite citar películas y libros para ilustrar ciertas ideas, y esa forma tan especial y definitivamente “british” de pronunciar cada palabra, cada frase, acentuando su significado por si al interlocutor se le escapa algo. Le encanta recordar cuando vino por primera vez al Municipal, hace ya 20 años, en septiembre de 1989, para dirigir un Don Giovanni de Mozart con un elenco encabezado por los cotizados William Shimell y Alessandro Corbelli. Aunque apenas tenía 36 años, ya contaba con un prestigio indudable como director –luego de sus inicios como pianista–, con actuaciones en el Maggio Musicale Fiorentino, la Opera de Roma, La Fenice de Venecia, la Opera de Viena y la English National Opera, además de una incipiente carrera discográfica que continúa hasta hoy (ver recuadro). Desde entonces no ha dejado de asumir nuevos desafíos, dirigiendo en otros reputados escenarios como el Covent Garden de Londres y la Opera de La Bastilla, en París.
“Me veo prácticamente igual, y le diré por qué: porque me cuido muy bien”, comenta con humor al ver su foto cuando le mostramos el programa del Teatro Municipal de ese Don Giovanni de 1989. Y luego de citar la película Jules y Jim, de Truffaut, y el texto de Henry Miller Al cumplir ochenta, explica que ese viaje, que era su primera visita a Latinoamérica, estaba guiado por un aspecto clave en su vida: “una enorme curiosidad, porque creo que es una de las más importantes cualidades que puede tener el ser humano, y eso se extiende a todas las áreas”.
Esa curiosidad por visitar el continente había sido acentuada por su amigo Gastón Fournier-Facio, un costarricense al que conoció en Londres, quien hoy es el coordinador artístico de La Scala de Milán. “El me infundió un gran entusiasmo e interés por la cultura latinoamericana, y siempre me dijo que debía viajar apenas tuviera la oportunidad. En esos años, llegar a Sudamérica era una aventura, mucho más que ahora. Hoy, nuestras formas de vivir están más estandarizadas, esencialmente por las comunicaciones. Gracias a los mails, msn y skype, todos están comunicados con todos, y entonces viajar es una aventura menor. Y cada vez hay menos diferencias entre los países; a veces estoy en una calle en Santiago, y podría estar en una calle de una gran ciudad de España, Italia o Francia”.
-Pero en 1989 era muy diferente, ¿no?
-Sí, infinitamente, y por eso mi primer viaje fue una verdadera aventura. Quedé fascinado con la ciudad. Ese septiembre, además, era muy interesante, porque Pinochet ya había aceptado dejar el gobierno, pero aún estaba en el poder, y entonces vino a la gala presidencial del 18. En cuanto al teatro y sus músicos, lo que más me impresionó fueron el esfuerzo, la dedicación y la disciplina que todos demostraban ya en esos días en los más pequeños detalles: los ensayos estaban muy bien organizados, nadie en la orquesta hablaba mientras ensayábamos.
-Y así comenzó una relación de dos décadas que ha tenido indudables hitos. ¿Cuál o cuáles son los logros que más lo enorgullecen en este período?
-El mayor logro antes de 2006, fue la expansión del repertorio interpretando por primera vez piezas que eran más difíciles para la orquesta, como Jenufa y Peter Grimes. Eso no quiere decir que no tuviéramos maravillosas experiencias haciendo Don Giovanni, I Lombardi, Turandot o La traviata. Pero para la Orquesta Filarmónica, como para el coro y el público, un título como Peter Grimes representó el mayor logro de todos; Elektra y Jenufa también son muy exigentes, pero en Grimes se hacía aún más demandante por el uso del coro, que finalmente era el verdadero protagonista. Lo que lograron fue impresionante. Para probar que lo que digo no es una exageración, basta con recordar que el director general de la Britten-Pears Foundation (la organización que vela por el legado del compositor), Richard Jarman, quien vino a las funciones de estreno, dijo al director del teatro, Andrés Rodríguez, y a mí mismo, que estas representaciones merecían estar entre las mejores que había visto en los últimos años, al nivel de las producciones europeas.
Los costos de la crisis
El director de orquesta es enfático en señalar que la crisis de 2006 marca claramente un antes y un después en su trabajo en el Teatro, tanto en lo personal como en lo que significó la disolución de la anterior orquesta y la formación de una nueva agrupación, integrada en buena medida por un contingente de jóvenes músicos europeos: “Se suponía que ese año yo tenía que volver a dirigir Elektra, y a continuación El trovador, pero me encontré involuntariamente en medio de una disputa en la que yo no tenía nada que ver; pero finalmente siento que en estos casos el arte es más importante que cualquier otra cosa, y aunque era una experiencia muy ardua y compleja, la cultura debía imponerse por sobre los problemas. Por eso decidí continuar y ayudar al Teatro a superar esa terrible crisis”.
-En ese momento, en vez de escoger un título popular para atraer de regreso al público, tomaron una decisión que en un principio parecía arriesgada, al apostar nuevamente por Britten, con otro estreno en Chile: La vuelta de tuerca.
-La razón por la que la elegimos fue que era una de las pocas óperas que se podía montar sin una gran orquesta, sin coro, con pocas partes solistas y teniendo los inmensos talentos de Marcelo Lombardero y Diego Siliano (director de escena y diseñador, respectivamente) quienes, sin tener nada de tiempo, se las arreglaron para desarrollar un brillante concepto teatral y visual. Además Peter Grimes había sido un éxito tan grande previamente, por lo que el público ya sabía quién era Britten. Y afortunadamente, no nos equivocamos.
Espíritu de reconciliación
Ya que Britten ha jugado un rol tan importante en la relación de Latham-Koenig con el Teatro Municipal y la Filarmónica, para el músico no deja de ser una feliz oportunidad que uno de sus últimos conciertos como titular de la agrupación, programado para fines de noviembre próximo, sea el sublime y conmovedor Requiem de Guerra del músico británico, obra con la que guarda una ligazón muy especial: “en mi niñez participé en distintas representaciones y grabaciones de esta obra bajo la batuta del compositor, un recuerdo que nunca me abandonará. Aparte de mi conexión personal, creo que es una de las más sublimes obras maestras del siglo XX, y sin duda una de las mejores de la música británica de todos los tiempos”.