Dedicados a mascotas, gurúes espirituales o espacios urbanos existen discos que exceden por completo las normas de composición y que hacen parecer convencional incluso a la música experimental. Por Marisol García
Canciones para aeropuertos, para bebés, para carreteras, para caballos. Músicos del todo respetables se han distraído alguna vez en fuentes de inspiración que a los ojos de sus fanáticos han puesto en duda su sanidad mental. ¿Qué pretenden, por ejemplo, Lou Reed y Laurie Anderson cuando anuncian una sinfonía para perros? La idea tuvo ya un montaje, cuando a principios de este mes la pareja llevó a las escalinatas del Sidney Opera House un concierto en alta frecuencia concebido para el rango auditivo de los canes, y audible sólo en parte por sus dueños. Un diario local describió la jornada como “un encuentro surreal de silbidos, sintetizadores, cuerdas y saxofón que no pudo extenderse más allá de los veinte minutos debido al breve lapso de atención de la audiencia”. Al menos, los perros no pagaban entrada.
La idea se le había ocurrido a Laurie Anderson mirando a su querida terrier, Lollabelle. Otro perro, la pastora inglesa de Paul McCartney, le dio el nombre al famoso tema de los Beatles Martha, my dear (más tarde, el labrador del mismo autor habría inspirado Jet, de The Wings). Y similar amor por sus mascotas demostraron los Red Hot Chili Peppers al escribir Death of a martian (para el perro de Flea); Pink Floyd, con Lucifer Sam (para el gato de Syd Barrett) y Queen, con Delilah (nombre del gato de Freddy Mercury).
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| Sufjan Stevens compuso un álbum inspirado en la autopista que une a Queens y Brooklyn. |
Pero hay una gran diferencia entre dedicarles canciones a animales (sin ir más lejos, ahí está Callejero, de Alberto Cortez), y componer música para ellos, como hicieron Anderson y Reed. El experimento del matrimonio neoyorquino se ubica automáticamente dentro de la pequeña pero asombrosa lista de la música más extraña jamás interpretada, engrosada en el último año por discos tan inclasificables como el que el cantautor estadounidense Sufjan Stevens le dedicó a la autopista que une Queens y Brooklyn (The BQE, 2009) o el reciente homenaje de David Byrne y Fatboy Slim a Imelda Marcos (Here lies love, 2010), un álbum conceptual con las voces invitadas de Cindy Lauper, Tori Amos y Natalie Merchant, cuyas canciones van narrando la relación entre la famosa esposa del dictador filipino y su criada Estrella Cumpas, compañera suya en el lujo y la caída política. Jamás sabremos qué fue lo que atrajo de ambas mujeres a estos dos británicos para ocupar meses de su tiempo en un disco descrito por un diario estadounidense como “apto, con suerte, para la música de fondo de un gimnasio”.
Sobran los sujetos poco ortodoxos que han inspirado el concepto de un disco. Pete Townshend, el líder de los Who, dedicó varias canciones y su primer álbum solista a su gurú espiritual Meher Baba, un místico hindú que en los años sesenta se autoproclamó como una encarnación divina. El equivalente para Carlos Santana fue Oneness (1979), un regalo del guitarrista a Sri Chinmoy, otro indio de fiel seguimiento entre los hippies estadounidenses. Canciones de inspiración mística las tienen de Madonna a U2, pero los discos de concepto en torno a la fe o la espiritualidad suelen ser paradas más discutibles de cuyos tropiezos artísticos no se salvó ni Bob Dylan cuando en Slow train coming (1979) quiso cantarle al mundo su renacimiento cristiano. Destaca en el subgénero el legado que al respecto aporta Ya Ho Wha 13, el grupo musical asociado a la secta Source Family que en los años setenta trabajó un tipo de psicodelia religiosa —un sonido eléctrico denso, siempre improvisado, y con arengas comunitarias aprendidas de un tal Father Yod— que ha venido a ser apreciada décadas más tarde por exigentes coleccionistas. Los miembros sobrevivientes del grupo han vuelto a los escenarios y fueron parte de la más reciente versión del prestigioso festival South by Southwest, en Texas.
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| Pete Townshend dedicó su primer álbum solista a su gurú espiritual Meher Baba |
La música extraña que merece revisarse es la que perdura en el tiempo como una osadía de vanguardia. Pensamos, de inmediato, en las aventuras que al respecto emprendieron Renaldo and The Loaf y Perry and Kingsley, dos dúos de académicos que legaron discos por completo ajenos a sus oficios. Los primeros, un médico y un arquitecto, experimentaron con sintetizadores desafinados y cintas vocales en breves piezas de concepto en torno a esqueletos, larvas u otras presencias de laboratorios. Perry and Kingsley, en tanto, son los ingenieros de sonido probablemente más aplaudidos por el mundo electrónico: dos europeos que, durante los años sesenta, se embarcaron en la experimentación con sintetizadores y en una trabajosa edición de cintas hasta conseguir melodías encantadoras, que hoy se nos aparecen en sampleos de los Beastie Boys o en capítulos de Plaza Sésamo. Su aspecto formal (traje, panza, calva) no es el esperable en vanguardistas de la electrónica, pero así sucede con la música extraña: aparece en fuentes inesperadas y termina en lugares asombrosos.