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Artículo correspondiente al número 272 (26 de marzo al 8 de abril de 2010)
Cada década tiene su excéntrico en el pop. Antes de Lady Gaga, actual soberana del delirio, blueseros, rockeros y cantantes de discoteque, otros anularon sus personalidades en favor de personajes artísticos en permanente estado de emergencia. Por Marisol García
Habiendo tanto rebelde sin causa, se requiere de talento para que la escenificación de la locura no caiga en la comedia. La excentricidad no sólo es medida de buen criterio pop, sino sacudida fundamental para mantener saludable al género.
Desde el interior de un ataúd emergía en los años cincuenta el bluesero Screamin’ Jay Hawkins para interpretar frente al público I put a spell on you, el tema que marcó su éxito y su identidad escénica. La palabra “embrujo” le abrió al cantante y pianista un campo de posibilidades visuales sobre el escenario que al poco tiempo incluyeron códigos del vudú y una calavera fumadora de nombre Henry. Hawkins se hizo conocido como “el Vincent Price negro”, y su influencia sobre el rock teatral y cavernoso, de Alice Cooper a Tom Waits, es tan innegable como vibrantes siguen sonando sus grabaciones.
Menos conocido, aunque no más convencional, fue uno de sus discípulos, Screaming Lord Sutch, un cantante británico que hace medio siglo llegó a trabajar con los guitarristas Jimmy Page, Jeff Beck y Ritchie Blackmore (antes de su fama, claro), intentando imponer una torcida marca de blues-rock que fascinó a ciertos críticos pero que espantó a una audiencia sin estómago para la que solía aparecer disfrazado de Jack el Destripador.

Desde fines de los años 60, vestirse de otro ha sido fundamental para la conceptualización artística de gente como David Bowie, The New York Dolls, Boy George o los integrantes de Kraftwerk -cada uno, a cargo de interesantes manifiestos en torno a los roles de género o las fronteras de tecnificación de la música-, y hay músicos aún más radicales, a quienes jamás hemos visto a cara deslavada: Marilyn Manson, Daft Punk, Slipknot.
La más vistosa nueva invitada a la fiesta de disfraces es Lady Gaga, cantautora y pianista estadounidense a la que le han bastado dos discos para concentrar la carga de delirio que el pop necesitaba desde que la brillante Grace Jones abandonó su trono de lentejuelas, cuero y cocaína en la discoteca Studio54.
La rapidez del éxito de la intérprete de Poker face era algo que la industria debió haber previsto: superada la “autenticidad” impuesta por el grunge y abarrotada la oferta de cantautores frágiles con carita de pena, era lógico que el péndulo exigiría pronto un recambio radical y arriesgado. Gaga estuvo dispuesta a asumir el relevo, con toda el hambre de fama necesaria para hacer convincente una exposición así de impúdica. Corpiños que explotan, vestidos de vidrio, un abrigo con decenas de ranas René de peluche, un sombrero de teléfonos y unos anteojos de cigarrillos. Quienes ven en la cantante a la sucesora natural de Madonna, olvidan el terror que siempre ha sentido la Ciccone por ese ridículo que Lady Gaga abraza con entusiasmo: “fui una adolescente extraña, y cada uno de mis trajes es una forma de decirles a mis fans, que también son extraños, que no están solos”.
Por rebelde que quiera parecer, la estrella convencional utiliza la ropa como un modo de enfatizar sus dotes y afi rmar su identidad. La estrella excéntrica, en cambio, pone la moda a favor de una causa y manifi esto. Para Beyoncé un vestido es un tema personal; para Lady Gaga, un símbolo que le da sentido a un colectivo. Esa separación entre imagen y ego, entre autoría y vanidad, es fundamental para mantener a la música como una fuerza cultural que diga cosas trascendendentes y con un impacto auténticamente masivo. No es sólo que los Sex Pistols, Björk, Yoko Ono o Frank Zappa hayan querido ir un rato de raritos por la cinta transportadora del pop, sino que el efecto de su subversión fue siempre más importante para ellos que su gloria autoral personal. Cuando va acompañada de talento, la excentricidad musical es, en el fondo, generosidad. Existen hoy decenas de fi guras tecnopop más profundas e interesantes (Goldfrapp, Little Boots, M.I.A.), pero se entiende mejor a Lady Gaga cuando elige vérsela más como una bendita misionera de la agitación que como una veinteañera en búsqueda del pudor perdido.