Artículo correspondiente al número 274 (23 de abril a 7 de mayo de 2010)
El equivalente a la caída del muro de Berlín es, para el credo melómano, la sola idea de una posible quiebra de la compañía que nos trajo a los Beatles, los Rolling Stones, Frank Sinatra y Pink Floyd. El sello enfrenta hoy la más grave crisis financiera de su historia, y tiene al 14 de junio como fecha límite para encontrar una salida. La que sea.. Por Marisol García.
Pase lo que pase con EMI en las semanas por venir, la compañía -alguna vez, la más importante de la industria disqueramuestra hoy heridas profundas que es muy difícil que puedan cicatrizar. Su deterioro económico no sólo ha sido público e informado al detalle durante este semestre, sino que varios de sus artistas lo han califi cado de “merecido”.
Gente como Robbie Williams, Joss Stone y Damon Albarn (Gorillaz, Blur) han dicho en entrevistas que sueñan con la liberación de sus respectivos contratos. Una empresa puede sobrevivir a un revés fi nanciero, pero no a la pérdida de su mística ni a la deslealtad de sus asociados. En el último lustro, Paul McCartney, Radiohead y los Rolling Stones han terminado sus contratos con la compañía, y artistas de fichaje aún vigente, como Pink Floyd, no han dudado en llevar a la firma a la justicia.
De todas las muchas historias de quiebras que ha traído la llamada crisis de la industria disquera en estos años, las difi cultades financieras de EMI se atestiguan con especial incredulidad: cae ante nuestros ojos no sólo una empresa enorme, sino una de las firmas que por más largo tiempo conjugó negocios y aprecio sincero por la música.
La intervención radical que, hace tres años, significó la venta de la compañía a Terra Firma Capital Partners no ha mostrado el saneamiento esperado. Terra Firma redujo un tercio de la planta de empleados (incluyendo el despido del director Tony Wadsworth, muy querido por los músicos) y comenzó con una serie de medidas de shock para detener el sangramiento fi nanciero.
Especializada en el salvataje de empresas con finanzas en caída libre, Terra Firma se jacta en su sitio web de enderezar negocios mediante “la mejora de estrategias y gestión”. Sin embargo, el toniquete les pareció poco delicado a varios músicos con contrato vigente, que hicieron públicas sus críticas contra el ejecutivo Guy Hands u optaron, derechamente, por abandonar la compañía.
Hands mantiene hoy una muy publicitada batalla legal contra Citigroup, la compañía que prestó los 6 mil millones de dólares que le costó a Terra Firma el sello disquero (un precio “fraudulentamente infl ado”, según los demandantes). Si EMI no paga parte de su deuda (120 millones de libras) el próximo 14 de junio, Citigroup podría quedarse con el control de la disquera y sus compañías asociadas. Sería, en rigor, el quiebre del sello de los Beatles y Frank Sinatra: la caída del muro de Berlín, para el credo melómano.
En este desesperado contexto es que han circulado rumores como la venta de los estudios Abbey Road, uno de los patrimonios más valiosos no sólo de la compañía sino que del legado artístico británico, o la parcial asociación con alguna de las otras tres más grandes editoras multinacionales (Sony, Warner o Universal).
Cuesta creer que una compañía de tan rico repertorio, iniciado en 1931, enfrente hoy un panorama fi nanciero así de incierto. No sólo su catálogo es una mina de extracción infinita (con todo o el parcial legado de los Beatles, Rolling Stones, Beach Boys, Pink Floyd, Frank Sinatra, Elvis Presley, Liza Minelli, Nat King Cole, David Bowie, Queen, Charles Aznavour y James Brown), sino un presente rico en popularidad gracias a nombres como Coldplay, Gorillaz y Pet Shop Boys; y una participación de mercado que alcanzó el 12,2 por ciento el primer trimestre de este año.
Una entrevista reciente de Damon Albarn (Gorillaz, Blur) explica en parte el triste diagnóstico, por fuera de las cifras: “para mí, EMI ya no existe. Debiesen rebautizarla. No es la compañía que alguna vez fue, en lo absoluto. Nunca vi que a la gente que tomó EMI le importara un comino la música o los músicos en el sello. EMI llegó alguna vez a ser una mezcla interesante -asombrosa, de hecho- de arte y comercio, pero ya no. Ni una sola persona de la firma que compró EMI ha venido alguna vez a verme o a hablarme. Oh, sí: me mandaron hace poco de regalo una botella de champaña. ¡Pero yo no quiero su maldita champaña! Quiero aparecerme en sus ofi cinas, tomar una taza de té y hablar sobre música”.
A poco más de un mes de que se decida su quiebra o su supervivencia, no hay tiempo para Albarn, su té ni sus charlas sobre música.