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Artículo correspondiente al número 275 (07 al 21 de mayo de 2010)
La electrónica es un campo autoral que exige cabeza fría, imaginación desbordada y sincero amor por las perillas. Es ahí, y no en el rock, donde hoy debemos buscar a las mentes que piensan la cultura sonora contemporánea. Por Marisol García
Abundan los chistes para exponer lo que, según el credo rockero, es la bobería intrínseca del fan tecno promedio. Los esnobs del indie son crueles, prejuiciosos y tienen las revistas especializadas a su cargo. Veneran a Bob Dylan y pueden burlarse —con razón— de encuentros tan vacuos como las fiestas Sensation White. Quizás por eso la escala de credibilidad musical la ascenderá siempre más rápidamente un cantautor con guitarra que un estudiante hábil en las perillas, no importa si el primero no ha leído nada publicado después de 1967 y el segundo es consultor de tendencias para megaempresas.
La música electrónica no habría avanzado del modo veloz, poderoso y transversal en que lo ha hecho los últimos treinta años de no contar con suficientes genios de su lado. Es necesario cerrar un rato las páginas de esa prensa rockera blanca, masculina y anglocéntrica para dar vuelta el espejo e introducirse al mundo de los hombres-máquina, como los llamó Kraftwerk: mentes sincronizadas con secuencias, perillas y enchufes, que piensan la música desde lo que esos artefactos les permiten, y no, como es más habitual, desde lo que su propia expresión vocal o literaria les dicta. No puede uno interesarse en la cultura popular y no pasar una temporada larga en ese fascinante feudo maquinal levantado hace décadas por gente como Giorgio Moroder, Brian Eno, Nile Rodgers o Florian Schneider.
También en esta década la conceptualización del pop desde la electrónica ha sido campo fértil y vivo. This is happening, el disco más esperado este mes, recuerda la importancia que para el discurso de la electrónica-pop ha tenido LCD Soundsystem. Tres álbumes en cinco años han bastado para destacar a James Murphy como alumno aventajado. Desde el interior de géneros de apariencia simple (punk, disco, house), el neoyorquino revisa el efecto social de la música que nos rodea: el esnobismo de sus eruditos, la admiración irreflexiva hacia sus protagonistas, nuestra dificultad en detectar los clichés de la expresión amorosa, por ejemplo.
LCD Soundsystem es una máquina musical pensante que prefiere exponer las contradicciones y absurdos de nuestra cultura antes que pararse frente a ella desde la denuncia y el sermón. El sentido del humor lo aplican, primero, sobre ellos mismos, como cuando en uno de sus nuevos temas preguntan: “¿Querías un hit? / Nosotros no hacemos hits / Quieres que seamos listos / pero en verdad no somos listos / No, en serio: fingimos, fingimos todo el tiempo”.
No es un grupo para instrucciones radiales. La duración promedio de sus temas es de siete minutos, y el único single más convencional, Drunk girls, avanza como un machaqueo eléctrico y sin estribillo en torno a las prácticas de la gente borracha (o algo así). A James Murphy se le dan el flujo extendido, el crescendo sin apuro, las infinitas variaciones de pulsos. La etiqueta de “dance music” es justa sólo en parte para piezas que también pueden disfrutarse muy lejos de la pista de baile.
El músico electrónico como autor y arreglador pop domina también el trabajo reciente de Jamie Lidell (para este mes se espera su disco Compass), Massive Attack y la encantadora Alison Goldfrapp. Mientras esta última levanta en el nuevo Head first un tributo al sonido disco más elaborado y ambicioso de los años setenta —encontrando un vínculo inesperado entre Giorgio Moroder y Olivia Newton-John—, Massive Attack ha grabado, luego de siete años de silencio, el trabajo más sombrío de su discografía. Heligoland es electrónica urbana guíada por el pulso profundo del dub y la melancolía de voces invitadas conocidas por su misterio: Martina Topley-Bird, Hope Sandoval (Mazzy Star), los cantantes de Elbow y TV On The Radio. Su cadencia es más lenta que sensual, sus voces son vistosas sin permitirse ser brillantes, y sus atmósferas por primera vez suenan opresivas. Es electrónica densa, de lenta absorción e impredecibles efectos. Tecno que, en definitiva, entra por la cabeza y llega luego de mucho rato a los pies.
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