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El fundamentalismo pop de Prince

Artículo correspondiente al número 281 (29 de julio al 15 de agosto de 2010)

 

El nuevo disco del cantante de Minneapolis es el trabajo más amable con el oyente que ha editado en casi quince años. Pero eso no basta en un artista que simboliza la música bien ejecutada, sino también la manera en que una carrera puede enredarse por rigideces y excéntricas decisiones. Por Marisol García.

 

No está nada mal el nuevo disco de Prince —los temas Compassion y Act of God debiesen entrar ahora mismo a alta rotación radial—, pero la inagotable aplicación creativa de su talento está lejos de ser el tipo de cosas que más importan cuando se habla del de Minneapolis. El mundo alude hace un rato a Prince para referirse, primero, a su incurable aversión a la industria disquera; y no sólo a la de los abollados sellos multinacionales, sino también a casi todas las vías alternativas de edición y distribución que han florecido en los últimos años. A los sitios de descarga, legal e ilegal; a las etiquetas independientes; a los músicos que distribuyen sus grabaciones a cambio de una donación voluntaria; a los clubes de fans en posesión de rarezas... Prince los desprecia a todos.

El hombre que alguna vez se declaró “esclavizado” por Warner Music tampoco ha encontrado en Internet alivio a la opresión corporativa. Hablamos de un sujeto extremo: no hay videos suyos en YouTube ni fotos oficiales con las que hacerles la vida más fácil a los editores de medios. Prince ya ni siquiera tiene sitio web. Según él, «Internet ya fue. Es como MTV: alguna vez tuvo onda y luego pasó de moda».

Así, este 20Ten, su trigésimo tercer disco, se ha distribuido gratuitamente entre los lectores de algunos diarios y revistas de Europa. «Es mejor así: sin rankings, sin piratería, sin estrés», cree él sobre ese método, tan suigeneris y tan a contracorriente. Prince habla y actúa desde el planeta paralelo que habitan los escasos músicos megamillonarios que no dependen de la venta de su trabajo ni parecen interesados en mantenerse al día con las prácticas cotidianas de su audiencia. Su odio a la tecnología se entronca con la estricta disciplina religiosa que desde hace más de una década aplica a su vida: es un testigo de Jehová que ve pecado en el tabaco, las transfusiones de sangre y también en los nuevos gadgets «que te llenan la cabeza de números y no te hacen bien [...]. El problema es que hoy la gente, sobre todo la gente joven, no ha incorporado suficientemente a Dios en su vida».

Su excentricidad fue primero la del divismo pero es hoy la de un peculiar fundamentalismo. No hay prédica en sus canciones ni puritanismo en su vida privada (van ya dos divorcios, novias incontables y una relación más o menos estable con una mediocre cantante pop, Bria Valente, a la que dobla en edad), pero todo alrededor suyo sugiere el resguardo de la contaminante moral-ambiente. Prince no interactúa con sus fans, no colabora con músicos fuera de su banda y no incorpora a sus discos ni a sus iniciativas promocionales las tendencias en circulación. Es una estrella pop, sí —muchos, a la luz del brillo encandilante de sus singles de los años ochenta, hablan de «un genio»—, pero su introversión es la antítesis de una actitud popular. Desde Emancipation (1996), el disco que lo divorció de Warner, pareciera estar haciendo todo lo posible por dejar de ser masivo.

En tal sentido, este 20Ten es una sorpresa: se concentra aquí mayor amabilidad radial que en sus dieciséis publicaciones de los últimos catorce años (una sucesión de discos de estudio, inasibles publicaciones digitales y extraños álbumes instrumentales). Prince nos aburrió sólo porque podía hacerlo, porque la crítica aplaude casi cualquier cosa que edite y porque su sistema de trabajo independiente no lo obliga al, a veces, recomendable criterio de la medida y la síntesis. Debe haber alguna extraña motivación que lo devuelva ahora al pop más convencional, y que sostiene estas nuevas canciones en arreglos sobrios, en un canto ajustado a la estrutura de estribillos y estrofas, en baladas nada empalagosas (Walk in sand, Future soul song), y en invitaciones al baile efectivamente adherentes. Un tema como Everybody loves me es casi caricaturesco en su simpatía: se luce aquí un Prince ansioso por agradar, llevándonos a bailar bajo la dudosa afirmación de que «esta noche, amo a todos / y todos me aman». Ni Hanna Montana se permite ser tan ingenua.
Década prodigiosa

En los 80, Prince dio vida a una seguidilla de álbumes plagados de éxitos.
Dirty mind (1980). Incluye When you were mine, que sería versionada por Cindy Lauper. 1999 (1983). El tema homónimo encabeza un álbum de sonido robótico que lo lanzó a la fama. Purple rain (1984). Prince se convierte en estrella planetaria con este cóctel de funk, pop y rock. Sign “o” the times (1987). Disco doble que resume y expande los horizontes del cantante.
 

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