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Artículo correspondiente al número 286 (8 al 21 de octubre de 2010)
Reunir a Led Zeppelin sería más rentable, popular y fácil que lo que Robert Plant ha elegido hacer hoy: discos de investigación folk muy diferentes a los de su pasado, junto a músicos exigentes y en los que su voz destaca como un instrumento de ductilidad, no como el puro soporte para el alarde blues-rock que siguen exigiéndole muchos de sus fans. Por Marisol García
Reunir a Led Zeppelin sería más rentable, popular y fácil que lo que Robert Plant ha elegido hacer hoy: discos de investigación folk muy diferentes a los de su pasado, junto a músicos exigentes y en los que su voz destaca como un instrumento de ductilidad, no como el puro soporte para el alarde blues-rock que siguen exigiéndole muchos de sus fans. Por Marisol García
Pocos rockeros más atípicos para envejecer que Robert Plant. Sus actuales 62 años avanzan sobre una doble actitud de búsqueda y porfía, como uno esperaría en un músico no sólo cuarenta años menor, sino libre de las ataduras y privilegios que entraña cargar con un currículo de leyenda. No es que a Plant no le importe Led Zeppelin, pero es probable que el grueso de sus energías del último lustro los haya invertido en no dejar que esa consideración nuble sus proyectos actuales. Contra los fans, la prensa y sus amigos —contra el propio Jimmy Page, de hecho—, el cantante se ha empeñado en que el mundo le preste tanta atención a su presente como a su pasado. Cosa increíble: le está resultando.
Band of joy, su nuevo disco, es un trabajo diáfano y con fuerza, diferente en arreglos, pero tanto o más cuidado que el precioso Raising sand que hace tres años lo ocupó junto a Alison Krauss. Aunque esta vez casi todo el canto es suyo, se mantiene de ese alabado álbum una misma línea de sugerencia y misterio; acaso intencional, acaso como inevitable resultado del choque que siempre produce poner un disco de Robert Plant esperando un rock-blues de macho y encontrar, a cambio, canción de raíz campesina y carácter de autor.
Cuando, hace casi cinco décadas, este mismo Robert Plant buscaba un nombre para un proyecto de banda psicodélica, Band of joy surgió como la primera opción: el grupo duró tres años (1965 a 1968), puso en contacto al cantante con el baterista John Bonham y alcanzó a grabar sólo algunos demos antes de disolverse. Hoy, cuando el músico recupera ese nombre juvenil para bautizar su nuevo disco solista, realiza un gesto doble: retoma el impulso de una idea parcialmente frustrada y les recuerda a sus fans que siempre hubo, hay y habrá vida más allá de Led Zeppelin. Puede volver a subirse a un escenario junto a Jimmy Page, sí —lo hizo para citas puntuales en 1985, 1988, 1995 y 2007—, pero luego dirá que eso se siente como “dormir con tu ex esposa y no hacer el amor”. Por no querer repetir ese sueño sin sexo, Plant ha declinado ofertas monetarias absurdas, como los supuestos 200 millones de dólares que rechazó hace un par de años para una gira mundial con Page. “No quiero ser parte de un grupo de viejos aburridos siguiéndole la huella a los Rolling Stones. Sería tan cursi”, diría luego, en medio de las labores de promoción de Raising sand (2007), un disco tan bien recibido que lo devolvió por derecho propio a escenarios, recepciones oficiales y podios de gala sin que nadie le pidiese Stairway to heaven.
La principal sorpresa de las últimas publicaciones de Plant es que cautivan incluso al auditor reacio a los alardes rockeros de su antigua banda. El cantante se ha sumido en una investigación personal sobre música folk, no limitándola sólo a las vetas convencionales de la canción estadounidense de raíz sino, también, buscando sonidos equivalentes en la tradición británica y en propuestas independientes contemporáneas. Band of joy integra, por ejemplo, dos composiciones originales de Low, sombría banda joven de Minesota (pionera en el llamado slowcore), así como versiones suyas para temas de Los Lobos, Townes Van Zandt y Richard Thompson. Es la más pura raíz del canto popular anglo y con guitarra lo que sostiene este disco bien cantado, cómo no, pero aún mejor arreglado: enérgico, imaginativo y poderoso dentro de una cierta medida. Los fans de Jimmy Page detestan a Robert Plant por obtuso y desleal con su pasado. Los nuevos fans conversos a su presente solista tienen derecho a adorarlo precisamente por eso.