Puente esencial entre la música africana y el blues estadounidense, el guitarrista de Mali alcanzó a grabar un último disco cuando ya el cáncer le comía los huesos. Publicado de modo póstumo, Ali and Toumani es uno de los álbumes más hermosos de este año. Por Marisol García.
No es necesaria la coincidencia de un Mundial de fútbol en Sudáfrica para reparar en la distancia cultural que mantenemos con ese país y continente. Si la música africana es presencia regular y creciente en países como Inglaterra y Francia, si las jóvenes bandas estadounidenses han comenzado a integrarla con entusiasmo —dando pie a lo que ya se identifica como la moda del “afrorock”—, y si los músicos de Cuba o Brasil no concebirían negar su deuda con los ritmos extendidos en sus comunidades por los primeros esclavos, Chile se mantiene alejado de ese entusiasmo y respeto. La oportunidad inmejorable de empaparnos aunque sea brevemente de la rica tradición musical africana terminó siendo distraída por un hit-pop de Shakira, una colombiana teñida de rubio. Así nos vamos.
Para un auditor ignorante hasta ahora de la escena musical contemporánea del continente es probable que la mejor introducción se encuentre en la cantera musical de Mali, un país de quince millones de habitantes en el noroeste africano. Muchos de los nombres negros más famosos en Europa provienen de allí, incluyendo a Salif Keita y al dúo Amadou and Mariam. Se trata de un país abierto al mundo y sus influencias, y en donde géneros como el tango o la rumba no son desconocidos. Hasta su muerte, hace cuatro años, Ali Farka Touré resultaba un ejemplo vivo de esa integración, por cómo el cantante y guitarrista elaboraba un sonido de puente evidente entre su tradición local y el blues estadounidense. A ningún auditor familiarizado con la música en torno al delta del Mississipi le cuesta disfrutar de su sonido, levantado a lo largo de cuatro décadas y una veintena de alabados álbumes. Estados Unidos fue un país siempre entusiasta con su trabajo, incluyendo los gestos de Martin Scorsese al incluirlo en su documental Feel like going home (“el suyo es el ADN del blues”, describió el cineasta sobre el maliense), el acomodo de la prensa en el apodo de “el John Lee Hooker africano” y la reverencia de la revista Rolling Stone cuando lo agregó a alguna vieja lista sobre “Los cien mejores guitarristas de todos los tiempos”. Y estuvo también, por supuesto, el certero impulso del ubicuo Ry Cooder, quien grabó con él Talking Timbuktu (2006) y asegura que su viveza le devolvió su propio entusiasmo por la guitarra.
Volvemos a hablar hoy de Touré como advertencia a un disco que muy probablemente figurará en las listas de lo mejor del 2010 y premiaciones varias en torno a la mal llamada “world-music”. Ali and Toumani es una edición reciente y póstuma, en la que las últimas grabaciones del maliense aparecen interpretadas a dúo junto a su compatriota Toumani Diabaté, músico joven, virtuoso del kora (una mezcla de arpa y laúd), y cercano a gente como Ketama y Björk. La pareja había colaborado antes en The heart of the moon (2005), un trabajo similar en espíritu a esta nueva edición: en ambos discos se privilegian los tracks instrumentales sobre los vocales; en ambos la grabación fue en vivo y con mucha improvisación; y en ambos ronda otro portentoso espíritu, el del ya fallecido contrabajista Orlando Cachaíto López (famoso por su colaboración en el proyecto Buena Vista social club). La presencia del cubano anima ahora la magistral Sabu Yerkoy, la primera salsa-africana que hayamos escuchado alguna vez. El corto disponible en YouTube sobre la producción del disco durante tres tardes en Londres es el testamento emocionante de un músico que parecía feliz tan sólo por la posibilidad de tocar, agradecido de avivar un rato más la esplendorosa tradición musical de su país. Apenas es posible distinguir en esas imágenes que el cáncer ya le comía los huesos. Su funeral, en marzo de 2006, fue materia de honores de Estado, con la presencia del Presidente de Mali y todos sus ministros.
Si Ali Farka Touré murió como un embajador de excelencia para la música africana fue porque nunca quiso cortar del todo con su raíz de origen. El éxito no lo tentó, como a tantos, para una mudanza a Europa. Incluso con dos Grammies encima, pasaba más tiempo en Mali que en giras. En su nativo pueblo de Niafounké mantuvo hasta su muerte 350 hectáreas de tierra cultivable, principalmente arrozales, que no dejó de trabajar. Sus discos son fabulosos compendios de melodías tradicionales y centenarias de su cultura, y también de idiomas y dialectos por completo desconocidos entre nosotros: algunos de sus álbumes están cantados en once lenguas diferentes. Ali Farka Touré no dudó jamás en poner en su merecida altura la música de su continente. Sobre el blues norteamericano, dijo alguna vez que «aquí tenemos la raíz y el tronco; ellos (Estados Unidos) se quedaron con las ramas y las hojas». Nadie podía discutirle.