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Artículo correspondiente al número 284 (10 al 23 de septiembre de 2010)
Diez discos chilenos para aprender sobre nosotros, nuestra historia reciente y el hermoso sonido que la ha sostenido. Por Marisol García
En parte por desorden, en parte por el drama del descatálogo —poco tiempo duran los discos chilenos en tiendas, y son miles los títulos valiosos que nunca se reeditaron en CD—, en parte porque nos gusta más recordar temas sueltos que obras completas, la música chilena no se ha prestado hasta ahora a la elaboración de un canón discográfico formal, como el que sí existe en otros géneros.
Son pocos los especialistas interesados en la tarea, y son aún menos las radios o sellos dispuestos a bucear entre viejos vinilos para ayudar a difundir nuestros “clásicos”. Es fácil dar con los discos nacionales más vendidos de la historia: el Vuelvo de Illapu, el primero de María José Quintanilla, el Unplugged, de Los Tres, compilados de Los Prisioneros y de Los Jaivas.
Pero, ¿cuáles son o han sido los títulos realmente orientadores para nuestra música? ¿Es lo importante, como la Cantata Santa María de Iquique, también lo mejor? ¿Tenemos algo así como un Sgt. Pepper’s... local?
Sería más fácil hablar de las figuras eternas de nuestra canción que de sus elusivas grabaciones, pero hacemos el intento en sintonía con el ánimo revisionista imperante, la necesidad de un buen soundtrack para septiembre y la convicción de que, como dicen los vendedores ambulantes, hay ciertas cosas “que no pueden faltar en el hogar”.
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VIOLETA PARRA, LAS ULTIMAS COMPOSICIONES (1966) Parece una recopilación de grandes éxitos, pero así era el talento incomensurable de una mujer que en un par de meses metió Gracias a la vida, Volver a los 17, Run run se fue pa’l norte y Maldigo del alto cielo en una misma grabación. El suicidio de la cantautora, dos meses después de esta edición, le dio al disco categoría de testamento, pero es mejor entenderlo como la cumbre de una trayectoria creativa larga que al fin pudo aquí sintetizar lo aprendido en el camino: la fuerza del canto campesino, el atrevimiento de la vanguardia europea, la elegancia de la poesía popular chilena y la urgencia del manifi esto político social. Disco señero para el venidero movimiento de la Nueva Canción, su importancia fue creciendo en la emoción íntima de sus auditores, casi sin atención radial ni de ningún tipo de institucionalidad. Tanto mejor así. |
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LUCHO GATICA, LUCHO Y LARA (1960) El repertorio del mexicano Agustín Lara tuvo en este disco la altura merecida gracias a la voz de uno de los mejores boleristas del continente. El éxito internacional de Lucho Gatica fue también señero para los asombrosos logros que casi al mismo tiempo conseguían otras voces locales notables, como las de Sonia y Myriam o de Antonio Prieto. El gusto chileno por el amor sufrido y el estribillo cebolla es un rasgo distintivo de nuestra canción, pero también lo es el rigor con el que alguna vez éste quedó plasmado en nuestros discos. Las grabaciones antiguas de Lucho Gatica son las de una voz clásica, pero también las de orquestaciones, arreglos y producción (mérito de gente como Vicente Bianchi o Roberto Inglez) hacia los que se hace inevitable la nostalgia. |
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LOS PRISIONEROS, CORAZONES (1990) Si La voz de los 80 es su disco más famoso e importante, el tiempo ha ido ubicando a Corazones como el más infl uyente de todos. La nueva generación de cantautores chilenos menciona como clave el envalentonamiento que les produjo este álbum para confi ar en la posibilidad de una canción electrónica hecha en Chile. Jorge González pasará a la historia como el mejor articulador de la rabia generacional bajo dictadura, pero tuvo también en su disco más sentimental un gesto pionero: hacer bailable la tradición romántica latina, combinando a Camilo Sesto y Depeche Mode como nadie más se hubiese atrevido a hacerlo. |
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CECILIA, CECILIA (1960) La muerte de Sandro volvió a recordarnos que en la música popular nada rinde como la identidad. Cecilia excede con creces los límites de la Nueva Ola pues su canto, actitud y disposición escénica fueron los de una fi gura con vocación de trascendencia, no de ajuste a la moda. Sus mejores canciones, como varias de este disco (Baño de mar a medianoche, Dilo calladito, Puré de papás), son extrañas melodías de baile que adquieren categoría autoral por ligero que sea su ritmo o livianos que nos parezcan sus versos. En un país donde “pop” sigue siendo una mala palabra, la profundidad de Cecilia como símbolo popular es una excepción saludable. |
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LOS JAIVAS, CANCION DEL SUR (1977) Su inclusión en esta lista es antojadiza, porque la discografía de Los Jaivas da para varios destacados. Pero nos gusta Canción del sur como primer registro de la disposición del grupo a una música más global (fue grabado en Argentina, una semana antes de su partida a Francia; y son múltiples las referencias a la música brasileña, rioplatense y rockera), sin perder por ello el ancla en una melancolía reconociblemente chilena. |
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INTI-ILLIMANI, AUTORES CHILENOS (1971) No es este el mejor disco de Inti-Illimani, un grupo tan hábil en la interpretación como en la composición, pero su gesto de investigación y rescate explica mucho sobre la historia del conjunto y sobre los vínculos profundos que sostuvieron la música chilena de su época. La Nueva Canción fue, entre muchas cosas, un movimiento de integración y colaboraciones, y los puentes son múltiples en este disco planteado de modo simultáneo desde el homenaje y la reformulación creativa para canciones de Violeta Parra o Víctor Jara. Un canon en sí mismo. |
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LOS ANGELES NEGROS, Y VOLVERE (1969) La mezcla de bolero, funk y rock no se le había ocurrido a nadie hasta que los de San Carlos decidieron poner sus divergentes gustos internos a su favor. James Brown, los Beatles y Adamo unidos para una inaudita sicodelia romántica coronada por la voz atronadora de Germaín de la Fuente. Al menos cuatro temas de este disco son reconocibles por casi todos, partiendo por la promesa de renacimiento que le da título hasta el proto hip-hop de El rey y yo (se incluyen también Cómo quisiera decirte y Murió la flor). Zalo Reyes, Los Tres y los Beastie Boys son fans, porque el aporte de Los Angeles Negros nace y se proyecta desde el desdén por las etiquetas. |
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LOS BLOPS, LOS BLOPS (1970) La mezcla de rock, sicodelia y folclor caracterizaba a la música chilena de mayor vuelo a principios de los años setenta. Por ahí avanzaban entonces los esfuerzos de grupos como Congreso, Los Jaivas, Congregación y Amerindios; y entre ellos Los Blops como luz de máxima sutileza. El golpe militar cortó de raíz el movimiento musical probablemente más interesante desde la Nueva Canción Chilena, y al que la canción Los momentos no alcanza a rendir sufi ciente justicia. Es necesario escuchar completos estos discos repletos de una savia rockera chilena en pleno proceso de expansión, lista para elevarse quizás hacia qué alturas que nunca llegaremos a conocer. |
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VICTOR JARA, LA POBLACION (1972) Un disco de concepto, trabajado a la manera de un guión teatral (en parte, junto a la ayuda de su amigo Alejandro Sieveking), buscando narrar la historia de una población santiaguina en toma (Herminda de La Victoria) desde la voz de sus protagonistas. La pobladora desesperanzada (Lo único que tengo), el niño moquillento (Luchín), el colectivo mancomunado (El hombre es un creador) y la dirigencia militante (Marcha de los pobladores) toman cuerpo en la voz de un autor que asumió su canto como una correa transmisora para inquietudes colectivas y de denuncia, tristemente vigente a casi cuarenta años de su grabación. |
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LOS TRES, FOME (1997) El rock chileno cantado desde la precisa arrogancia, fuerza, confusión y fragilidad simultánea que caracterizó a la década de los noventa. No todos los discos de Los Tres han envejecido bien, pero Fome sostiene aún una cierta rabia de inasible belleza, escondida entre los pliegues melancólicos de De hacerse se va a hacer o el hastío de Bolsa de mareo. Los Tres es más popular y La sangre en el cuerpo es más hermoso. Fome está entre ambos, con la gracia de la plataforma desde la que se salta sin red de contención. |