Invitados por el nuevo hotel Remota, visitamos Puerto Natales y sus alrededores, montañas y glaciares. Y de fondo el Paine, por supuesto. Un mundo aparte. Por Paola Doberti

"El verdadero viaje de descubrimiento no consiste tanto en ver lugares nuevos, sino en mirar con nuevos ojos”, decía Marcel Proust. Y así sucede cuando recorremos el parque nacional Torres del Paine: verlo y sentirlo por primera vez; único. Volver a vivirlo con otra perspectiva, con ojos nuevos; siempre distinto.
Aterrizar en la Patagonia, en Punta Arenas específicamente, es aterrizar en un mundo con 360º grados de amplitud y un 100% de luminosidad. Es diferente, conmovedor. Angustiante, también. En el confín del planeta es habitual que los lugares tengan nombres tremendos: Puerto de Hambre, Laguna Amarga. Dicen que fue aquí donde Gabriela Mistral escribió Desolación: “El viento hace a mi casa su ronda de sollozos/ y de alarido, y quiebra, como un cristal, mi grito./ Y en la llanura blanca, de horizonte infinito,/ miro morir intensos ocasos dolorosos.” Para qué explicar más.
Tuvimos la oportunidad de mirar con nuevos ojos esta austral y mítica zona de Chile. Estuvimos en la hermosa Puerto Natales y sus alrededores. El original y sinuoso en sus formas hotel Remota organizó un paseo “científico” para presenciar el eclipse solar, el que, según los expertos, se vería con meridiana claridad en la zona. El astrónomo José Gallardo presidió la observación del fenómeno estelar. Las espléndidas nubes de la zona eclipsaron un tanto la experiencia, pero el colorido y la fisonomía de ese cielo crepuscular que emergió del eclipse fueron suficientes. Paisaje singular para esos nuevos ojos que miran.

Quien conoció el sistema montañoso Torres del Paine en verano se encuentra con otro parque. Nevado y despejado es formidable. Ahora es invierno y la característica de la estación es que no hay viento y los días son cortos. Y está todo blanco. Y la montaña se ve más cerca. Demasiado. El atardecer es largo. La luz se va desvaneciendo muy de a poco, las nubes cambian de color. De noche el cielo, si no hay nubes, es estrellado de verdad. Pese al frío, los brotes de los árboles insinúan fruto o flor. El calentamiento global hace retroceder aproximadamente 15 mm por año los glaciares. A lo lejos, los Campos de Hielo Sur se ven imponentes y blancos, macizos y majestuosos.
Es cierto que los picos montañosos son el gran atractivo turístico de la región. Pero hay tanto que ver. Hay montañas y glaciares, lagunas, ríos y bosques. Están las estancias ganaderas y las extensas praderas. Hay pesca, avistamiento de aves.
El que esté angustiado, que no se acerque a este paisaje. Todo apoya la sensación de contemplación, de silencio. Nos dicen en el Remota que en el hotel no hay música. Tampoco televisores en las piezas. Ante tanta estepa e inmensidad, sin embargo, una pantalla puede convertirse en el mejor amigo. En el segundo piso, en la sala de conferencias, un gran plasma dispuesto para los videos de cultura y naturaleza nos conecta con la final del Mundial.
La arquitectura del hotel es una volada. El edificio lo constituyen varios cuerpos unidos como por brazos que emergen del terreno, con pasto y todo. El oscuro revestimiento remite al color que toman las montañas cercanas. La idea es ser parte del paisaje y de la cultura del lugar. La inspiración viene de los galpones de las estancias inglesas de siglos pasados. El interior es muy puro, mucho vidrio deja entrar toda la luminosidad. Hay distintos niveles, hay fogones, hay objetos de artesanía local. Hay paz. El frío del exterior de alguna manera se siente.
Las sensaciones sobrecogen. Y si no eres Coloane, Chatwin o la Mistral, mejor callar. Y dejar que los ojos miren. Y volver a mirar.