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Los claroscuros de Portales

Artículo correspondiente al número 274 (23 de abril a 7 de mayo de 2010)

Hace exactamente 180 años, en abril de 1830, asumio como ministro de Estado una de las figuras mas importantes de la politica chilena en sus dos siglos de vida republicana: era Diego Portales. Desde entonces ha estado presente en la vida nacional: primero, como parte de la elite de la administracion publica del pais y luego, como un factor de alabanzas y execraciones por parte de los estudiosos. Por Alejandro San Francisco.

 

Uno de los personajes cruciales en la historia y en la historiografía chilenas es Diego Portales (1893-1837). Hombre de acción, de gobierno en tiempos fundacionales, de grandes afectos y desafectos, subió al poder en medio de un levantamiento militar triunfante y murió asesinado fruto de otra rebelión militar que se dirigió contra él mismo en junio de 1837.

Después de años dedicado a los negocios con escaso éxito, Portales ingresó de lleno a la vida política, como ministro de Estado. Desde entonces hasta su muerte, sería una figura gravitante en la política del país.

Portales y el gobierno

El 6 de abril de 1830, el recién nombrado presidente José Tomás Ovalle dictó uno de sus decretos más relevantes, cuando nombró a Diego Portales como ministro de Relaciones Exteriores, del Interior y de Guerra y Marina. De inmediato se convirtió en la figura fundamental del régimen, al punto que – irónicamente – José Joaquín de Mora dijo “el uno cubiletea, el otro firma no más, el uno se llama Diego, el otro José Tomás”. Ya a mediados de año, el cónsul británico White se declaró convencido de que todas las medidas del gobierno se tomaban generalmente bajo las sugerencias de Portales, y que seguiría siendo un personaje influyente mientras existiera el nuevo gobierno, aunque no continuara como ministro.

Portales, líder del grupo estanquero, autoritario y decidido, contribuyó al cambio en el sentido de la administración: licenció a los militares vencidos en la guerra civil, fortaleció el Poder Ejecutivo, limitó la libertad de prensa y reprimió con decisión los intentos de rebelión contra el gobierno. A pesar de su relevancia, Portales no estuvo disponible para ser presidente de la República, aunque el mismo General Prieto, el vencedor de Lircay, señalara que el ministro era la “columna más firme de este grande edificio que vamos a levantar”. Pronto Portales decidió volver a la vida civil y rechazó con vehemencia –en carta a Antonio Garfias, de diciembre de 1831– la idea de que sólo con él podían haber gobierno y orden en Chile.

Sin embargo, la situación política de mediados de la década, con la irrupción de los “philopolitas” y las críticas al gobierno, determinaron el regreso de Portales al Poder Ejecutivo en aquella época; nuevamente, como ministro. Su tarea principal en esta nueva etapa se daría en el ámbito internacional, especialmente en la definición de la guerra contra la Confederación Perú-Boliviana, muy resistida en un principio y que Portales estimaba una necesidad para lograr “la segunda independencia” de Chile.

En parte por esa situación, y por el autoritarismo gubernamental, se produjo el alzamiento encabezado por el coronel Vidaurre,que culminó con el ajusticiamiento del ministro el 6 de junio de 1837, en circunstancias muy dramáticas. El magnicidio era un hecho inédito y lleno de significado; más todavía cuando la rebelión fue reprimida y la figura de Portales creció a niveles insospechados.

La “canonización civil” de Portales comenzó prácticamente con su muerte, como se aprecia en el discurso del ministro Joaquín Tocornal y en la oración fúnebre de Rafael Valentín Valdivieso. Era el fin del Portales de la política y se abría paso al Portales de la historia.

Portales en la historiografía

Simon Collier en 1977, y Enrique Brahm en 1989, hicieron importantes revisiones sobre la historiografía de Diego Portales y su época. Recientemente, Manuel Vicuña (2007) ha vuelto sobre el tema, centrado especialmente en la documentación del siglo XIX. Uno de los aspectos más interesantes que se constatan es la permanente vitalidad del tema “Diego Portales”, así como la existencia de una especie de necesidad historiográfica de tratar el asunto por parte de diferentes investigadores.

Para leer
Epistolario Diego Portales (Santiago, Universidad Diego Portales, 2007).

Con edición a cargo de Carmen Fariña, se presentan dos tomos de cartas del ministro (Tomo I, 1821-1832, y Tomo II , 1833-1837). Cuenta con interesantes trabajos introductorios de la propia editora, de Manuel Vicuña, Iván Jaksic y Jorge Guzmán. Se trata, sin duda, de una de las mejores maneras de conocer al Portales del poder y al Portales más íntimo.

Una falsificacion historica. Sergio Villalobos. (Santiago, Editorial Universitaria, 1989).

El historiador y Premio Nacional de la disciplina ingresa al tema de Portales con un importante sentido crítico, ya que sostiene la necesidad de repensar al ministro no desde la perspectiva del patriotismo, “que no es un método de investigación”, sino desde la historia, con una mirada que enfatiza lo negativo del hombre y del político. Portales. El hombre y su obra.

La consolidacion del gobierno civil. Bernardino Bravo Lira (editor), (Santiago, Editorial Juridica- Editorial Andres Bello, 1989).

Completo trabajo de más de diez autores sobre diferentes aspectos de la vida y obra de Diego Portales, tales como su vida, su calidad de comerciante, su trabajo en la política, su relación con el Derecho o el Ejército y su labor en el plano internacional. Un trabajo iconográfico e historiográfico, además de su obra a favor de la consolidación del gobierno civil.
Una de las principales fuentes para conocer el pensamiento del ministro se encuentra en sus propias cartas, editadas originalmente por Ernesto de la Cruz y Guillermo Feliú Cruz, labor que ha sido retomada con éxito por Carmen Fariña en la última edición del Epistolario, en dos tomos.

Los autores presentan visiones muy disímiles sobre Portales y su obra.

Si bien resulta difícil aceptar la tesis de Carlyle en el sentido de que la humanidad ha avanzado al impulso de unos pocos hombres superiores, Diego Portales – sostiene Alberto Edwards – sería uno de esos casos que confirmarían la tesis del filósofo británico. “¿Qué habría ocurrido [en Chile] sin la imprevista aparición de Portales?”, se pregunta entusiasmado Encina en su Historia de Chile. Habría habido, mera conjetura, “un período más o menos largo de anarquía sangrienta, seguida de dictaduras inestables”. Ambos autores fijan, de manera bastante clara, la visión más positiva de Portales, que también aparece en el completo estudio colectivo de Bernardino Bravo Lira, de indicador título: Portales. El hombre y su obra. La consolidación del gobierno civil.

En las últimas décadas, las posturas más críticas han aparecido en los trabajos de Sergio Villalobos y de Gabriel Salazar. El primero, en Portales, una falsificación histórica, se propone precisamente romper con la corriente pro-Portales, a través de la denuncia de sus vicios privados, obsesiones y abusos en el poder. Para el segundo, Portales es el símbolo del Estado autoritario que se impuso por la fuerza sobre la “democracia de los pueblos”, lo que le costó su propia muerte, que Salazar califica de “tiranicidio”. Portales ha sido parte de la existencia de un panteón oficial de figuras republicanas establecido por el Estado y la historiografía conservadora, lo que termina alterando la comprensión histórica del país, a juicio de Salazar.

Queda todavía espacio para la investigación biográfica y política del período, como ocurre habitualmente cuando se mira un tema con nuevas fuentes, se revisan los documentos con otros ojos o abriéndose a las posibilidades crecientes de los estudios históricos. Alfredo Jocelyn- Holt ha planteado tesis interesantes en El peso de la noche, que recurre a la frase de Portales para analizar lo que el autor denomina “nuestra frágil fortaleza histórica”. Iván Jaksic se ha detenido, por ejemplo, en la “personalidad y autopercepción” del ministro, presente en sus cartas. Cristóbal Zepeda, en un trabajo todavía inédito, ha retornado sobre Portales desde una perspectiva histórico-jurídica, llegando al alzamiento de 1837 en el contexto del principio de obediencia y no deliberación militar. Santiago Lorenzo ha vuelto al aspecto biográfico de Portales, con un interesante trabajo de difusión, mientras Juan Luis Ossa se aproxima al tema del amor, los negocios, la amistad y la política a través del epistolario del personaje.

En mis propias tareas he podido observar la necesidad de comprender el problema sin obsesiones personalistas, ampliando la mirada hacia el general Joaquín Prieto, el gobernante que entre 1831 y 1841 sentó las bases de la continuidad chilena del siglo XIX, así como he podido apreciar comentarios interesantes de los cónsules británicos, contenidos en el archivo del Foreign Office en Kew, Londres.

Me parece que podría ser muy útil volver a revisar la historiografía de Portales y su obra, incorporando textos tanto de historiadores del siglo XIX como de los investigadores del XX y comienzos del siglo XXI. También sería oportuno contar con un trabajo de recopilación de textos portalianos que no sólo incluya sus famosas y siempre útiles cartas, sino también algunos documentos de gobierno, de prensa y de los representantes extranjeros en Chile. En fin, no estaría de más una nueva y completa biografía sobre un personaje siempre fascinante, polifacético y polémico.

Después de todo, no cabe duda de que el hombre que asumió como ministro hace 180 años logró marcar su momento histórico, así como la trayectoria de Chile.

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