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La elección que vivimos en peligro

Artículo correspondiente al número 282 (13 al 26 de agosto de 2010)

 

El 4 de septiembre de 1970, el candidato socialista ganaba una reñida carrera presidencial, en la que resonaban los violentos ecos de la Guerra Fría. Transcurridos cuarenta años, conviene revisar lo que sucedió en esa fecha clave para Chile. Por Alejandro San Francisco.

 

Un ambiente radicalizado inundó a América latina en la década de 1960. Al compás de la revolución cubana y bajo el liderazgo de los barbudos Fidel Castro y Ernesto Che Guevara, la izquierda había demostrado que era posible construir el comunismo en el continente. Antes había ocurrido en Rusia con Lenin en 1917; luego, en muchos países de Europa Oriental tras la Segunda Guerra Mundial; en China con Mao en 1949 y también en Cuba diez años después. En 1970, la Unidad Popular había decidido que el próximo país sería Chile... con algunos matices.

1. La campaña de 1970

Si Marx había dicho en el Manifi esto comunista que su objetivo consistía en la subversión violenta de todo el orden social existente y Lenin había precisado en El Estado y la revolución que la violencia era un requisito esencial para el cambio de régimen, la Unidad Popular chilena decidió una alternativa diferente: bajo el liderazgo de Salvador Allende –“mi porfi adísimo compañero”, como le llamaba Neruda luego de las tres derrotas precedentes–, el Partido Comunista, el Socialista, el Radical y otras fuerzas apostaron por la llamada “vía chilena al socialismo”. El objetivo era ganar las elecciones de 1970, en la que competían también Jorge Alessandri por la derecha y Radomiro Tomic por la Democracia Cristiana.

El programa de gobierno de la UP implicaba un cambio radical, pues denunciaba un fracaso integral del sistema vigente en Chile: “país capitalista, dependiente del imperialismo, dominado por sectores de la burguesía, estructuralmente ligados al capital extranjero”. Destacaba el fracaso de las propuestas desarrollistas y reformistas promovidas por Frei y la DC. Frente a una situación de “estancamiento económico y social” y la “pobreza generalizada” existente en el país, la única solución era “iniciar la construcción del socialismo”. Para ello habría nacionalización de la banca, de la gran minería y de industrias estratégicas; el Estado se haría dueño de los colegios particulares, para promover una educación “única, nacional y democrática”, además de otras medidas de cambio revolucionario.

En medio de una participación popular sin precedentes, con música, marchas y concentraciones varias, los candidatos apostaban a superar a sus rivales en el contexto de una elección que se presentaba reñida, no sólo a tres bandas, sino que aparentemente dividida en tres tercios. Producto de la polarización electoral y de los respectivos pesos personales y partidistas, Allende y Alessandri llegaron al 4 de septiembre con ventajas sobre el tercer candidato, pero sabiendo que entre ellos podía pasar cualquier cosa. La Constitución establecía que sería elegido presidente de la República quien tuviera la mayoría absoluta de los votos; y si ninguno lo lograba, debería elegir el Congreso Pleno entre las dos primeras mayorías relativas.

El resultado fue estrecho: Allende obtuvo el 36,2% y Alessandri un 34,9%, mientras Tomic quedaba con un 27,8%, fuera de competencia. Era el comienzo de sesenta días frenéticos y dramáticos.

2. La hora de las definiciones

Todos los actores se pusieron en movimiento. La UP, para que se reconociera a Allende su mejor derecho a gobernar el país; la derecha, para evitar que se instalara el “comunismo” en Chile; la Democracia Cristiana, en su papel de partido bisagra llamado a definir la elección. La tarea no era fácil ni obvia.

Como señala Cristián Gazmuri, el presidente Eduardo Frei se encontraba conmovido. La izquierda daba a Allende por elegido, mientras en algunos medios internacionales la noticia era recibida con espanto, porque se había dado el primer paso para instaurar el “comunismo” en un país de sólida tradición democrática. Por esos días, Alan Angell publicó en Inglaterra una interesante reflexión: “ni Allende era Castro ni Chile era Cuba”. Pero lo cierto es que la noticia del 4 de septiembre fue bien recibida en La Habana, al este de la Cortina de Hierro y en la URSS, en tanto que en Estados Unidos el presidente Nixon y su brazo derecho, Henry Kissinger, estaban en estado de alerta. Era la versión chilena de la guerra fría.

Se barajaron algunas alternativas curiosas para impedir que Allende llegara a La Moneda. Por ejemplo, que el Congreso pleno eligiera a Jorge Alessandri como presidente de la República; éste renunciaría y se convocaría así a una nueva elección en la que la derecha no participaría, sino que apoyaría al candidato DC, presumiblemente Eduardo Frei, quien resultaría finalmente triunfador. El resquicio –que burlaba la prohibición de reelección para el periodo inmediatamente siguiente– no prosperó.

La Democracia Cristiana exigió a la Unidad Popular, para poder apoyar a su candidato, la firma de un estatuto de garantías democráticas que limitara las posibilidades del proyecto socialista, que contemplaba un camino muy distante al de las democracias occidentales tradicionales. En palabras de Patricio Aylwin, el documento tenía como objetivo “precaver las más flagrantes violaciones a las normas de convivencia democrática en que suelen incurrir los regímenes políticos dominados por ciertos sectores totalitarios de inspiración marxista”. Allende aceptó la condición, aunque recordaría tiempo después que no negoció su programa, y que dicho acuerdo fue una mera “necesidad táctica” para llegar al gobierno.



3. El asesinato de Schneider

Una de las novedades de la elección de 1970 fue la irrupción del factor militar. En mayo, el general René Schneider, comandante en jefe del Ejército, declaró a El Mercurio que la política estaba fuera de las doctrinas institucionales, que las Fuerzas Armadas velarían por el correcto desarrollo del proceso electoral y que apoyarían al candidato que obtuviera la mayoría absoluta o, en su defecto, al que el Congreso Pleno eligiera entre las dos primeras mayorías relativas. Las palabras del general recibieron críticas y respaldos, como si la reiteración de los principios constitucionales de los militares representara una declaración de carácter político, insinuación que el uniformado rechazó sin ambigüedades.

En una junta de generales se precisó la posición ofi cial, agregando que esta postura “eminentemente legalista” tenía una excepción: que el poder que se estaba “sustentando y respaldando” se alejara de su propia posición legal. En tal caso, el Ejército se debía a la nación, que era permanente, y no al gobierno, que era temporal.

Después del 4 de septiembre, Schneider reiteró su lacónica explicación, precisando que su institución respaldaría “hasta las últimas consecuencias” a cualquiera que resultara electo por el Congreso Pleno de entre los candidatos que habían obtenido las dos primeras mayorías relativas, los señores Allende y Alessandri. Pocas semanas después, y en medio de las negociaciones entre la DC y la UP, un comando extremista asesinó al general Schneider, en una acción que buscaba secuestrarlo para generar una situación caótica que precipitara la intervención militar que impidiera un gobierno de Allende.

El suceso, lejos de provocar lo planifi cado, hizo estallar la indignación pública. El asesinato de Schneider, quien había defendido sistemáticamente la doctrina institucional de las Fuerzas Armadas, enalteció su fi gura para la Historia y no logró cambiar el curso que ya había tomado la elección de 1970.

4. “Sí, prometo”.

Finalmente, el Congreso Pleno se pronunció a favor de Salvador Allende por una amplísima mayoría, de 153 votos contra 35 que respaldaron a Alessandri. Un escueto “Sí, prometo”, fue la respuesta de Salvador Allende en la ceremonia de cambio de mando del 3 de noviembre. “Viva Chile, mierda”, gritó eufórico el diputado Mario Palestro tras la ceremonia ofi cial que llevó al médico socialista al gobierno del país, mientras el periódico del PC El Siglo proclamaba victorioso: “el pueblo ya está en La Moneda”.

Salvador Allende se había convertido en presidente de Chile, el primer marxista elegido constitucionalmente en el mundo. Sin embargo, comenzaba una tarea mucho más difícil que ganar una elección: se trataba de gobernar y encabezar un camino difícil que llevaría a convertir a Chile en una sociedad socialista. Como sabemos, la historia corrió por un camino radicalmente diferente.

Que quedó de la UP
Cuarenta años después de la elección de Salvador Allende, ya sin guerra fría ni muro de Berlín, el país ha cambiado notoriamente. Quizá el poeta Pablo Neruda diría “nosotros los de entonces ya no somos los mismos”, considerando la conversión experimentada por parte importante de la izquierda en las últimas décadas, que ya no abraza al socialismo como destino histórico. Poco queda de la UP, en términos de ideas y propuestas concretas.

No cabe duda de que el legado más permanente del gobierno de Allende fue la nacionalización del cobre, tanto en la propiedad de la gran minería del metal rojo como en cierto imaginario político nacional. “Nuestro cobre, ahora, estás en casa”, cantó Quilapayún con entusiasmo. Se le llamó, en el lenguaje de la época, “la segunda independencia” de Chile. Hubo juicios internacionales y problemas varios, pago de indemnización durante el gobierno militar, pero se mantuvo el criterio de la nacionalización. En las últimas cuatro décadas, si bien ya no constituye lo que se llamó “el sueldo de Chile”, el cobre continúa siendo la principal riqueza del país y la empresa estatal Codelco representa una de las mayores entradas del fisco.

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Comentarios

3 Comentarios

Cristian Muñoz :

Publicado Viernes 20 de Agosto, 2010 - 10:53 hrs

Don José, muy bueno su comentario..nada mas que decir

Christian Bustos :

Publicado Lunes 16 de Agosto, 2010 - 09:20 hrs

Al parecer si se puede hacer historia de manera objetiva. Debo confesar que da mucho que pensar...definitivamente la izquierda del dia de hoy esta mucho más cercana a la idea de progreso material que emana del liberalismo. Por tal motivo las corrientes políticas con una doctrina severa ya no son del agrado de una juventud inserta en un mundo posmoderno donde, además de idearios políticos relativos, los cimientos morales de la sociedad...son también relativos.

José Lagos :

Publicado Viernes 13 de Agosto, 2010 - 17:33 hrs

Yo acompañé a mi padre a votar esa tarde ,mi padre siempre ha sido un derechista ,un viejo romantico del Partido Nacional de calle Compañía.Esa tarde, fue una fiesta democrática ,sí ,una fiesta ,esa vez patrones y obreros pensaban distinto ,alguna vez que le toque al pueblo decían ,pero al pueblo nunca le toca nada ,esta vez, tampoco le va tocar ,al contrario ,los van a sacar a la fuerza mil días después.Pero esos viejos románticos derechistas, como mi padre ,no cambiaron ,los que cambiaron fueron esos románticos izquierdistas de ayer,les gustó el dinero ,el capitalismo era bueno ,¿quién dijo que era malo ?,preguntan hoy señores como Flores ,Estévez,Escalona,o muchos que salieron al exilio con una mano atrás y otra adelante ,pero volvieron con mucho Capital y se instalaron con una consultora .Eso da dinero,dijeron todos ,pero se tenían que vestir como derechistas ,entonces se compraron ternos y zapatos caros un maletín de cuero legitimo y muy caro ,eso da cierta imagen de intelectualidad ,lo importante es el dinero no la intelectualidad .Con el paso de los meses y años , comenzaron a usar una palabra cliché ,epistemología ,eso vende decía Flores y claro compren computadores ,eso será grito y plata ,claro para él ,el resto que se joda y se jodió no más .¿Qué pasó con esos romanticos ?,ahora son derechistas .Pobre salvador Allende como los debe estar esperando con empanadas y vino tinto . 
Esa elección ha sido la única que guardo con afecto ,las otras han sido sólo cambios de nombres ,incluido el señor Piñera ,no hay ideas ,por lo menos guardo buenos recuerdos de don Jorge Alessandri ,incluso sus familiares salieron malos políticos.En esa elección se terminaron las ideas ,todas las ideas ,ahí se dió el primer golpe al muro de berlín ,a la Unión Soviética ,se terminó todo .Ningún político de hoy le hace el peso a Frei padre,a un Tomic,a un Alessandri,a un Allende ,los políticos de hoy caminan con el marketing político en el bolsillo .Lamentable fin para la política , los políticos chilenos están muy lejos de ese 4 de Septiembre .

 
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