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El día de la libertad

Artículo correspondiente al número 265 (15 al 26 de noviembre de 2009)

 

Hace 20 años cayo el Muro de Berlín y nada volvería a ser igual. Lo que comenzó de manera insospechada, casi absurda, tendría consecuencias devastadoras para el comunismo soviético y los países tras la Cortina de Hierro, cambiando el signo de los tiempos. Por Alejandro San Francisco.


En una de sus frases más famosas, Ronald Reagan le señaló al líder soviético Michail Gorbachov: “tear down this wall” (“derribe este muro”), refiriéndose al que separaba a “las dos Alemanias”. El líder norteamericano anotó en su diario de ese día que su discurso, seguido por decenas de miles de personas, fue interrumpido 28 veces por aplausos (The Reagan diaries, p. 506).

Las escogidas y célebres palabras del actor que se había convertido en presidente de los Estados Unidos querían animar a su par comunista a continuar con la liberalización que había iniciado en la URSS y, de paso, abrir también el proceso europeo en el mismo sentido. El discurso de Reagan en la Puerta de Brandenburgo (el 12 de junio de 1987), ilustraba también un cambio cultural que había operado en la lucha ideológica de la Guerra Fría: si en la década de 1960 todo parecía anunciar el triunfo histórico del socialismo, en la de 1980 Thatcher en Inglaterra y Reagan en los Estados Unidos habían encabezado el resurgimiento de los ideales del liberalismo económico y político, mientras el comunismo vivía una época de crisis manifestado, entre otras cosas, en las reformas iniciadas por el nuevo líder del Kremlin en 1985: la Perestroika y la Glasnost.

 

 

 


El muro de la vergüenza

 

En 1961 la Guerra Fría vio nacer otro de sus hijos: el muro de Berlín. En los hechos, se trataba de una inmensa muralla destinada a separar Alemania Oriental de Alemania Federal.

Después del drama que significaron el gobierno de Hitler, el totalitarismo y el genocidio para los alemanes, la derrota en la Segunda Guerra Mundial tuvo consecuencias divisorias, por cuanto la zona occidental recibió el apoyo norteamericano para su reconstrucción a través del Plan Marshall, mientras la zona oriental había sido conquistada por la URSS, que se inauguró un régimen comunista similar al que empezó a imperar en toda la zona centro oriental de Europa, en lo que Churchill llamó la cortina de hierro.

En 1961, bajo la supervisión de Erich Hoenecker, se construyó esa pared, que sus autores llamaron “muro de protección antifascista”, y que impediría el paso de alemanes “orientales” a occidente, así como el ingreso al territorio dominado por el comunismo. Hubo distintos momentos en que el muro experimentó reconstrucciones y mejoras técnicas, pero sin cambiar su esencia. No por nada se le llamó “muro de la vergüenza”: cientos de personas perecieron mientras intentaban cruzarlo, pues existía orden de disparar contra quien quisiera escapar a la parte occidental. El muro, construido con mano de obra prácticamente “esclava”, se convertía en un lugar donde iban a morir quienes se atrevían a apostar por una vida con libertades sociales y políticas.
Detrás del muro la vida era muy similar a la desarrollada en otros países bajo los socialismos reales: un partido único en el gobierno, la adhesión sin condiciones a la Unión Soviética, la Stasi como policía secreta que – de acuerdo a algunas cifras – habría contado con informantes cercanos al 15% de la población adulta. Un país cuya obsesión principal parecía ser evitar la fuga de personas a su par de occidente, quizá la mayor humillación que podía sufrir el régimen, por cuanto demostraba la predilección hacia la forma de vida democrática. Estas historias cotidianas que afectaban la vida privada de los alemanes, así como la corrupción en la esferas de gobierno, aparecen muy bien graficadas en un libro como Stasiland, de Anna Funder, y en la película La vida de los otros, dirigida por Florian Henckel von Donnersmarck y que recibió el Oscar a la mejor película extranjera en 2006.

 

 


El año decisivo

 

El 19 de enero de 1989 fue un día normal para la democracia norteamericana, cuando Reagan dejó el gobierno a su sucesor George Bush. En Alemania Oriental, Erich Hoenecker estaba contento, y llegó a presumir que “el muro de Berlín todavía existirá en 50 e incluso en 100 años”, en clara referencia al llamado pronunciado por Reagan en la Puerta de Brandenburgo.
La historia, esta vez, correría en contra de las predicciones del dictador germano.

Efectivamente, si años atrás él se había constituido en un gobernante poderoso y capaz de disponer sobre la libertad y vida de sus conciudadanos, en 1989 la situación cambiaría radicalmente. El propio jerarca dejó su puesto el 18 de octubre de ese año, tras masivas manifestaciones contra su régimen.

El 9 de noviembre, fecha que pasaría a ser histórica, Günter Shabowski, miembro del Politburó del partido gobernante, realizó una conferencia de prensa para anunciar las nuevas medidas relativas a los viajes al exterior. De esa forma, que puede parecer absurda, comenzó la caída del muro:

“Los viajes privados al extranjero se pueden autorizar sin la presentación de un justificante — motivo de viaje o lugar de residencia. Las autorizaciones serán emitidas sin demora. Se ha difundido una circular a este respecto. Los departamentos de la Policía Popular responsables de los visados y del registro del domicilio han sido instruidos para autorizar sin retraso los permisos permanentes de viaje, sin que las condiciones actualmente en vigor deban cumplirse. Los viajes de duración permanente pueden hacerse en todo puesto fronterizo con la RFA”.

La forma era curiosa y cambiaba el ambiente desconfiado y policial que había caracterizado al socialismo en Alemania Oriental. De ahí que un periodista preguntara cuándo entraría en vigor esa medida, seguramente sin sospechar la trascendencia de su inquietud. “En cuanto lo diga — inmediatamente”, fue la escueta respuesta ministerial.

Rápidamente comenzaron los ciudadanos a presentarse en los puestos fronterizos ese mismo día, para pasar a la zona occidental, en medio de la confusión de los desinformados guardias. A la mañana siguiente eran miles los que procuraban pasar en medio de una calurosa recepción al otro lado del muro y en un contexto de efervescencia y algarabía pocas veces vista.

Para algunos comenzaba a terminar la Guerra Fría, que tanto había hecho sufrir al mundo durante casi medio siglo. Eric Hobsbawn, el gran historiador marxista británico, fijaba el comienzo del término del “corto siglo XX”, mientras Francis Fukuyama parecía confirmar su hipótesis del fin de la historia presentada poco antes en la revista The National Interest.

El muro, felizmente, no duraría ni 50 ni 100 años, como había predicho el dictador comunista, que poco después fue acusado de alta traición y de la muerte de decenas de personas que habían intentado cruzar aquella construcción “de la vergüenza”. Después del 9 de noviembre, había llegado la hora de la libertad.

 

 

Para ver y leer

La vida de los otros, dirigida por Florian Henckel von Donnersmarck. Esta película extraordinaria narra la vida de dos artistas, Christa-Maria Sieland y George Dreyman, quienes son espiados – por medio de la Operación Lazlo – en su departamento privado, con el fin de satisfacer los intereses de un ministro de Estado enamorado de la actriz. La tarea, es cumplida con celo por Gerd Wiesler, funcionario de la Stasi que comienza a experimentar una profunda transformación personal y profesional cuando atisba tanto la corrupción del régimen como su arbitrariedad. De esta manera transcurre una historia en la cual Dreyman denuncia en Alemania Occidental uno de los silencios del régimen comunista: los suicidios repetidos dentro del sistema, a propósito de un amigo director de teatro y perseguido político que se quitó la vida por desesperación.

Centessimus Annus, de Juan Pablo II.
Esta encíclica papal fue publicada en 1991 para conmemorar los 100 años de la aparición de la Rerum Novarum, importante texto del pontífice León XIII que marca un punto de inflexión en la doctrina social de la Iglesia, y que se refiere a la cuestión social en la sociedad industrial y a las relaciones entre los obreros y los patrones. Juan Pablo II retoma esos temas, pero también aborda la situación producida específicamente por la caída del muro de Berlín y la derrota del comunismo. Es un documento que puede leerse en paralelo a la interesante reflexión del mismo papa polaco en Memoria e Identidad, una reflexión de más largo alcance sobre el siglo XX, la persona, la libertad y las ideologías del mal, el comunismo y el nazismo.

Stasiland, de Anna Funder.
La escritora australiana publicó este libro en inglés el 2003 y ha sido recientemente traducido al español en 2009. Narra historias de vida detrás del Muro de Berlín y la obra recibió el premio literario Samuel Johnson, en Inglaterra, para libros basados en historias reales. El jurado valoró “la originalidad y frescura de un relato que cuenta lo que le sucede a la gente cuando vive en la atmósfera corrosiva de un estado totalitario” (El Mercurio, 15 de junio de 2004). En la obra aparecen narraciones de los espías de la Stasi, la difícil vida familiar en el régimen comunista y el siempre omnipresente tema del muro de Berlín como línea de división y de muerte. Stasiland está basado en numerosas entrevistas hechas por Funder tanto a quienes habían servido a la policía secreta como a personas que habían sufrido viviendo bajo el totalitarismo.

 

 

 

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Comentarios

1 Comentarios

Diego Riveaux :

Publicado Sabado 14 de Noviembre, 2009 - 13:24 hrs

Recuerdo que hace algunos meses,en Cuba,en una reunión de una de las autoridades del gobierno castrista (si no me equivoco el ministro de relaciones exteriores) con un grupo de jóvenes uno de ellos le preguntó al ministro: ¿Por qué los cubanos no podemos viajar como lo hacen los extranjeros?. Su respuesta fue "Por que si viajaramos todos los cubanos la trabazón que habría en los aires del mundo seria enorme".  
 
Cual ubiese sido la respuesta si a una autoridad de la alemania comunsita le hubiesen preguntado: ¿por que los alemanes no podemos cruzar el muro?

 
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