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Artículo correspondiente al número 275 (07 al 21 de mayo de 2010)
La tradición del mensaje presidencial del 21 de mayo no es nueva. Aunque se ha hecho en otras fechas, su origen se remonta a los principios de la república. Y siempre ha sido una oportunidad para mirar al futuro. Por Alejandro San Francisco
Es curioso lo que ocurre con los mensajes presidenciales: están destinados a ser una cuenta anual del mandatario, pero en la práctica se convierten en la exposición de un verdadero programa de gobierno, con análisis históricos más profundos de lo habitual y en un marco escénico especial y lleno de significado.
El 21 de mayo de 2010, el año del Bicentenario, el presidente Sebastián Piñera dará su primer mensaje ante el Congreso Pleno, en una etapa marcada por el terremoto –que sacudió a Chile el 27 de febrero– y por dos meses intensos de reconstrucción y aprendizaje político de la nueva coalición gobernante en sus tareas públicas. Como sabemos, han pasado veinte años desde el restablecimiento de la democracia, dos décadas con cuatro gobiernos, decenas de ministros y miles de funcionarios de la misma coalición. Una era en que hubo consolidación democrática y progreso económico (aunque con altibajos). Fue la era de la Concertación, terminada el 11 de marzo.
El primer siglo
Durante el siglo XIX y el primer cuarto del XX, las sesiones del Congreso se iniciaban el 1 de junio y en ella el presidente de la República rendía cuenta del estado de la nación. Así había ocurrido sin interrupción –salvo excepciones– por casi una centuria.
A veces sucedieron situaciones curiosas y mal pronosticadas por los gobernantes. Por ejemplo, cuando el 1 de junio de 1890 Balmaceda señalaba que en Chile se vivía “una hora de quietud pública” a pocos meses de comenzar la guerra civil más sangrienta de la historia nacional. Algo parecido había sucedido en 1829, cuando el vicepresidente Francisco Ramón Vicuña proclamó jactancioso: “nuestra patria goza de un reposo perfecto”. En menos de cien días el país enfrentaba los dolores de una guerra civil que llevaría al gobierno, posteriormente, al general Joaquín Prieto (1831-1841).
Desde entonces en adelante, se produjo la continuidad gubernativa y también de los mensajes; éstos, durante décadas, fueron redactados por don Andrés Bello, con un estilo austero y elegante, habitualmente comenzando con la situación internacional del país para luego abordar otros temas.
A la interrupción de 1891 siguió una nueva etapa de continuidad, que se extendería hasta los “golpes militares” de 1924 y 1925. Es interesante leer, por ejemplo, los mensajes de Arturo Alessandri entre 1920 y 1924, reflejo de una época. Cada año el León de Tarapacá insistía en los mismos temas: necesidad de leyes laborales, creación de un Banco Central, reforma del régimen político, etc. La reiteración del mensaje es prueba suficiente de su falta de aplicación: la demanda de proyectos idénticos sólo refleja que no se habían aprobado, como el gobernante enfatizaría después en sus Recuerdos de Gobierno.
El régimen parlamentario colapsó a comienzos de septiembre – un mes tan chileno – con “el ruido de sables” y la posterior aprobación de ocho proyectos en un solo día, el 8 de septiembre de 1924, a instancias del nuevo ministro del Interior, el general Altamirano. Debe haber sido la más corta de las sesiones parlamentarias que se recuerden de ese tiempo. Días después, la junta militar anunció que asumía para “abolir la política gangrenada”, mientras disolvía el Congreso Nacional y Alessandri se ausentaba del país.
Sin embargo, el León regresó al año siguiente, para cumplir el resto de su mandato, pero no hubo reapertura del Congreso. El mensaje del presidente fue distinto: Alessandri explicó por qué no se convocaba a sesiones del Congreso, aunque señaló que “no se procede por capricho ni por hostilidad contra nadie, sino que se trata de una medida impuesta por los acontecimientos, por las circunstancias y por los hechos y que responde al sentimiento unánime de la opinión”.

El 21 republicano
La Constitución de 1925 establecía en su artículo 56 que “el Congreso abrirá sus sesiones ordinarias el día 21 de mayo de cada año... Al inaugurar cada legislatura ordinaria, el Presidente de la República dará cuenta al Congreso Pleno del estado administrativo y político de la Nación”. La fecha tenía un significado simbólico, datado en 1879: el día de la muerte heroica de Arturo Prat, destinado a perdurar como el feriado del día de las glorias navales y con la connotación política de los mensajes.
En uno de los discursos más importantes de todo el siglo XX, en 1927, el ministro del Interior, Carlos Ibáñez dio cuenta al país de la situación nacional. Eso no tenía importancia: lo relevante es que al día siguiente habría elecciones presidenciales para suceder a Emiliano Figueroa Larraín, quien había renunciado al poder –si es que alguna vez lo tuvo. Ibáñez era candidato contra el comunista Elías Lafferte, aunque en realidad corría solo. Anunció que asumiría el gobierno y si era necesario violaría la Constitución y las leyes, pero “salvaría" a la República. Obtuvo una contundente mayoría.
En 1932 la anarquía impidió una cuenta regular al país, pero el ambiente volvió a la normalidad al regresar Arturo Alessandri al gobierno. No todo fue de seda en el futuro: durante el período de González Videla hubo nuevos problemas, cuando la proscripción del Partido Comunista alteró la composición del Congreso Nacional, en 1948. Sin embargo, a juicio de muchos –en Chile y en el extranjero– el país tenía una democracia ejemplar, que cada 21 de mayo recibía su cuenta anual, por un presidente elegido constitucionalmente.
Allende y Pinochet
Los mensajes del presidente Salvador Allende son piezas claves no tanto para entender el estado de la nación, sino para comprender la llamada “vía chilena al socialismo”. Nos imaginamos que el escenario no era el ideal para el gobierno: la Unidad Popular proponía sustituir la democracia burguesa por una popular y el Congreso bicameral, por la Cámara Unica del Pueblo. De hecho, la primera parte de uno de sus mensajes trata de la superación del capitalismo en Chile. “Las circunstancias de Rusia en el año 17 y de Chile en el presente son muy distintas. Sin embargo, el desafío histórico es semejante”. El final era elocuente: “La construcción del nuevo régimen social encuentra en la base, en el pueblo, su actor y su juez. Al Estado corresponde orientar, organizar y dirigir, pero de ninguna manera reemplazar la voluntad de los trabajadores. Tanto en lo económico como en lo político los propios trabajadores deben detentar el poder de decidir. Conseguirlo será el triunfo de la revolución. Por esta meta combate el pueblo… Con la pasión del revolucionario. Venceremos”.
“Venceremos”. Así terminaba también el mensaje de 1973, en el cual el presidente hizo un llamado dramático: “No a la guerra civil” (que algunos de los partidarios de la revolución socialista tradujeron en los muros de Santiago con un contundente “a ganar la guerra civil”). Sin embargo, vino el 11 de septiembre; y con ese día, el fin del sueño allendista.
El general Pinochet, a su vez, trasladó el discurso (que no se hacía frente al Congreso, clausurado hasta nuevo aviso): el mensaje se daría en la fecha simbólica del nuevo régimen, precisamente el 11 de septiembre. El primer texto se llamó Un año de construcción, documento que “reemplaza la cuenta política que se rendía tradicionalmente con fecha 21 de mayo”.
La nueva efeméride, durante muchos años, fue objeto de las más ácidas contradicciones, ya que algunos protestaban contra la fecha en que se acabó la democracia chilena por un golpe de estado militar, mientras otros celebraban la “gesta heroica” que había impedido en Chile la instauración de una dictadura comunista. Cada “11”, hasta 1989 inclusive, se reunían los partidarios de Pinochet a aplaudir la cuenta del general y a celebrar sus nuevos anuncios.
Democracia y bicentenario
En 1990 el presidente Patricio Aylwin ingresó con solemnidad al Congreso, y con la emotividad que le imprimía a este tipo de circunstancias. Era el primer 21 de mayo en diecisiete años; el Senado y la Cámara de Diputados se habían reinstalado con muchas esperanzas de algunos sectores. Valparaíso era, por primera vez, la ciudad de la fiesta.
Aylwin comenzó diciendo que si bien “el texto constitucional vigente no prescribe ante quién ha de rendirse esta cuenta, ni la oportunidad de hacerlo, pienso que lo más adecuado es restablecer la vieja tradición histórica, que expresamente consagraba la Constitución anterior, de rendir esta cuenta ante el H. Congreso Pleno, el organismo más representativo de la nación toda”.
Se veía contento, don Patricio: “el pueblo ha vuelto a la democracia con alegría y esperanza... la gente quiere paz”; “sería malgastar nuestro tiempo detenernos a escudriñar el pasado”; “¡Que Dios nos ayude!”, concluía. La democracia había regresado y comenzaba la era de la Concertación: Eduardo Frei Ruiz- Tagle, Ricardo Lagos y Michelle Bachelet también tendrían momentos estelares cada 21 de mayo. Esta última enfrentó una de sus horas más difíciles en 2006. Recién asumida, su mensaje –al hacer caso omiso de la crisis educacional –fue, en parte, la mecha que animó la llamada “revolución de los pingüinos”.
El presidente Sebastián Piñera tiene una oportunidad este 21 de mayo. Quizá una mirada estrecha de los últimos acontecimientos puede hacernos pensar que el pasado 11 de marzo se produjo un mero cambio de gobierno, cuando en realidad podemos estar frente a una nueva etapa histórica. La cuenta de la administración –que apenas lleva dos meses– se complementa con la promesa del camino que viene. Es posible que el mensaje presidencial sea el momento para poner las cosas en perspectiva y comenzar a dar un salto hacia el futuro. Después de todo, si en casi 200 años ha hablado la voz de la historia, lo que hoy se espera es un presente fértil en ideas y acciones, que anticipe la llegada de un futuro promisorio.