¿Cómo se forjó la identidad nacional que hoy nos aprontamos a celebrar en el Bicentenario? El autor- que acaba de editar junto a Gabriel Cid un valioso libro sobre el tema- explora en este artículo los orígenes y los sustentos de las ideas de patria y nación desde variadas perspectivas: los símbolos, los mitos, la institucionalidad política, las fiestas y las guerras. Por Alejandro San Francisco.
¿Cómo se forjó la identidad nacional que hoy nos aprontamos a celebrar en el Bicentenario? El autor- que acaba de editar junto a Gabriel Cid un valioso libro sobre el tema- explora en este artículo los orígenes y los sustentos de las ideas de patria y nación desde variadas perspectivas: los símbolos, los mitos, la institucionalidad política, las fiestas y las guerras. Por Alejandro San Francisco.
El siglo XIX fue una larga e importante época en la historia de Chile. Si en 1810 se produjo el comienzo del proceso que más tarde conduciría a la independencia política del país, también eso marcó el paso de la monarquía a la república.
Como se trataba de una nueva historia, el camino fue difícil, los obstáculos emergían desde distintas partes y era claro que los esfuerzos de organización republicana coexistieron con un ambiente de anarquía que inundó la patria. Pueblo joven, interesante, ávido de victorias: era Chile en una etapa fundacional, en la era de la construcción de la nación.
1. La “copia feliz del Edén”
Una de las características más visibles de la autoimagen nacional, y de la percepción de otros sobre el país, se refi ere a la belleza de la geografía de Chile. Desde antes de 1810, y con mayor razón después de esa fecha, tanto los viajeros internacionales – según ha destacado Ricardo Krebs, por ejemplo – como los propios chilenos realzaban la hermosura de su territorio, sus mares y montañas, la abundante naturaleza en las distintas zonas del país. El himno nacional fue muy claro al resumir, notablemente, una verdadera autoimagen de Chile:
Puro, Chile, es tu cielo azulado,
puras brisas te cruzan también,
y tu campo de flores bordados
es la copia feliz del Edén.
Majestuosa es la blanca montaña
que te dio por baluarte el Señor,
y ese mar que tranquilo te baña
te promete futuro esplendor.
El asunto estaba vinculado a otra manifestación importante del nacionalismo chileno del siglo XIX: la música, uno de los emblemas patrios y una de las principales afi rmaciones de la nacionalidad.
2. Los símbolos

Entre las primeras creaciones nacionales se encuentran lo que Bárbara Silva ha denominado “símbolos para el pueblo”. Se trata de banderas, escudos, himnos, que son un medio de identifi cación de los miembros de una comunidad con su país, y que el Estado promovía como un modo de generar vínculos permanentes y sentidos.
El primero de todos fue la bandera nacional, que experimentó una interesante evolución, desde el tricolor blanco, amarillo y azul hasta el actual blanco, azul y rojo, y en la que, además de cambios en colores, había modificaciones de formas y de símbolos, hasta llegar a la bandera de la estrella solitaria.
El mismo proceso experimentó el escudo nacional, que originalmente tenía una interesante frase definitoria: Post tenebras lux (“después de las tinieblas, la luz”) sobre la imagen de indígenas, y Aut consilio aut ense (“o por consejo o por espada”) debajo de ella. El escudo actual data del gobierno del general Joaquín Prieto, con el huemul y el cóndor incluidos, a lo que se agregaría la frase “Por la razón o la fuerza”.
Entre los símbolos, no cabe duda de que el himno nacional fue un gran factor socializador de la nación, como ha explicado Rafael Pedemonte en Los acordes de la patria. Considerando esa creación de 1819 (modifi cada treinta años más tarde), pero también otras canciones patrióticas como el himno de Yungay, podemos observar que Chile tuvo en la música una gran aliada, que aparecía en las fiestas públicas, pero también en las presentaciones teatrales y en otras tantas oportunidades que se dispusieron para compartir música y nación, como ilustraba la composición de Zapiola y Rengifo sobre la victoria nacional ante la Confederación Perú- Boliviana:
Cantemos la gloria del triunfo marcial, que el pueblo chileno obtuvo en Yungay.
Esta canción, repetida hasta el cansancio en los más diversos momentos y escenarios, se inscribió en el proceso marcado por la combinación entre el esfuerzo estatal y la espontaneidad popular.
3. Luchar por la patria

En 1981, el historiador Mario Góngora desarrolló un atractivo trabajo:
el Ensayo histórico sobre la noción de Estado en Chile en los siglos XIX y XX. En esa “tierra de guerra”, manifestado en parte porque cada generación del primer siglo de vida republicana debió enfrentar algún confl icto bélico. En efecto, primero fue la guerra de la independencia; luego, la guerra civil de 1829; la guerra contra la Confederación Perú-Boliviana; dos guerras civiles en la década de 1850; la guerra contra España; la guerra del Pacífi co y, fi nalmente, la guerra civil de 1891. En conclusión, sostiene Góngora, “a partir de las guerras de la independencia, y luego de las sucesivas guerras victoriosas del siglo XIX, se ha ido constituyendo un sentimiento y una conciencia propiamente de nacionales, la chilenidad”.
Además de la cantidad de guerras había un asunto cualitativo que el patriotismo chileno se encargó de difundir: Chile ganó las guerras en que participó, y esto consolidó la idea del Ejército “vencedor jamás vencido”, de la raza militar y del pueblo capaz de morir por su patria. Eusebio Lillo incorporó este aspecto del país en la modifi cación del himno nacional de mediados de siglo, al hablar de vuestros nombres valientes soldados, que habéis sido de Chile el sostén.
4. Fiestas y celebraciones
Una de las características más visibles de la “invención de la tradición” – en la fórmula utilizada por Terence Ranger y Eric Hobsbawn – se refi ere a la conmemoración de las fi estas de la independencia. Chile tuvo una interesante evolución al respecto: de la “pluralidad festiva” que ha destacado Paulina Peralta en un interesante estudio, se pasó fi nalmente al modelo que conocemos hoy. En las primeras décadas del siglo XIX las fi estas patrias correspondían a tres momentos cruciales: el 18 de septiembre, por la formación de la primera Junta de Gobierno en 1810; el 12 de febrero, por el triunfo en Chacabuco y el 5 de abril, fecha de la victoria en la batalla de Maipú, que defi nió la suerte de la emancipación. De hecho, como recuerda Vicente Pérez Rosales, parecía haber más méritos en las dos conmemoraciones militares que en el 18 de septiembre, fecha escogida en la década de 1830 como la gran fiesta de la independencia.

En esos mismos años quedó definido el modelo de la conmemoración, con sus diversas manifestaciones: una fi esta ofi cial, un Te Deum para dar gracias a Dios por los bienes recibidos y juegos de guerra el 19 de septiembre (que después se transformarían en la parada militar). A todo ello se sumaba la celebración popular, en forma de chinganas (pampillas o ramadas se las llamaba, también). Como enfatiza Sebastián Rico en su ensayo sobre el tema, las elites políticas y religiosas se opusieron en un primer momento a estas expresiones festivas del pueblo, porque se prestaban para toda suerte de abusos e inmoralidades. Sin embargo, en una expresión fáctica y pragmática del nacionalismo, terminaron por aceptar las celebraciones, porque ellas contribuían a consolidar el sentimiento patriótico en la población. Así se puede apreciar, de manera artística y ejemplar, en el famoso cuadro de Juan Mauricio Rugendas sobre la llegada del presidente Prieto a la pampilla, con banderas chilenas fl ameando entre la gente.
5. La excepcionalidad política del país
El periódico ministerial El Araucano señalaba en 1841, casi al concluir el primer decenio del general Joaquín Prieto, que Chile era “la excepción honrosa de paz y estabilidad, orden y libertad”, en medio del concierto de anarquía y arbitrariedades del poder en los países herederos de la monarquía castellana.

El discurso al respecto comenzó precisamente en la década de 1830, después de la victoria pelucona en Lircay. Bajo la influencia de Diego Portales y del liderazgo militar y luego político de Prieto, el país inició una larga era de continuidad política y de sucesión presidencial constitucional: un verdadero “test de no caudillismo”, como precisa John Lynch. Así ocurrió con los gobiernos de Manuel Bulnes, Manuel Montt, José Joaquín Pérez, Federico Errázuriz, Aníbal Pinto, Domingo Santa María y José Manuel Balmaceda, en cuya administración se interrumpió la continuidad gubernativa con una guerra civil que derrocó a un presidente de la República por primera vez en sesenta años. De hecho, como destacara el propio Balmaceda en 1890, en las tres décadas precedentes Chile había sido el único país de las Américas que había permanecido inmune a las guerras civiles, cuartelazos y cambios constitucionales.
El asunto, como es obvio, admite matices y contradicciones. La presencia militar en la política, los continuos motines que afectaron al país durante décadas (incluido el asesinato del mismo Portales), las amenazas contra el consenso en el plano religioso o las dificultades de distinta índole que enfrentó el régimen de la Constitución de 1833 ilustran sobre una realidad menos idílica de lo que a veces se presentaba. Sin embargo, para efectos de la formación de la nacionalidad, lo relevante es otra cosa: por una parte, que la continuidad política de Chile destacaba efectivamente en medio de la situación más compleja y grave que vivían otras naciones y, más importante todavía, que existió la convicción en el sector dirigente – en los políticos, en la Iglesia Católica, en la prensa – respecto a la calidad de las instituciones de gobierno del país.
Incluso en un momento tan relevante y desafiante como fue la guerra del Pacífico, una de las explicaciones más recurridas sobre la victoria chilena era precisamente la calidad y la superioridad de sus instituciones políticas.
6. El significado de 1810
El tema de fondo se refiere a los distintos factores que contribuyeron durante el siglo XIX a definir la nacionalidad. Como es obvio, Chile no comenzó en 1810, sino mucho antes. Pero fue en ese año cuando se produjo el mayor cambio político de su historia, cuyas consecuencias culturales fueron inmensas durante el mismo siglo y se extienden incluso hasta hoy. Símbolos, ideas y política, fiestas, guerras y conmemoraciones se convirtieron en modos de crear y difundir la nación. A veces, con hechos muy claros y visibles; en otras ocasiones, con imágenes y tradiciones inventadas. Pero siempre apuntando hacia la consolidación de una nación joven y, como se pensó de inmediato, con un inmenso y promisorio futuro por delante.
Para leer:
NACION Y NACIONALISMO EN CHILE. SIGLO XIX. GABRIEL CID Y ALEJANDRO SAN FRANCISCO (EDITORES). SANTIAGO, CENTRO DE ESTUDIOS BICENTENARIO, 2009. 2 TOMOS. |
 El libro presenta una síntesis colectiva y panorámica del nacionalismo chileno en el siglo XIX. Hay aportes relevantes en diversas áreas, como en el caso de la historia conceptual, lo que es una novedad en la historiografía local. La historia cultural y social tienen un marcado protagonismo, especialmente a través del estudio del impacto de las guerras en la construcción de íconos de la identidad, como el caso del roto, o el del problema del nacionalismo católico en la guerra del Pacífico; un análisis de la nación desde una perspectiva de lo popular, tanto en los proyectos políticos como en una dimensión cultural. El problema de las representaciones de la nación se plasma en artículos referentes a la autoimagen de superioridad política chilena, así como en las representaciones de la identidad desde la historiografía, los museos y las artes, o en los procesos de inclusión/exclusión de los mapuche a lo largo del siglo. Desde la perspectiva estatal de la nación también hay aportes que abordan la socialización de la identidad nacional a través la escuela, las revistas científicas, las fiestas cívicas y los símbolos nacionales como banderas, escudos e himnos patrióticos.
La obra es un trabajo colectivo de quince autores de diversas nacionalidades, instituciones y edades y se transforma en un trabajo fundamental para el estudio del nacionalismo. Figuran trabajos de Gabriel Cid (Centro de Estudios Bicentenario); Alejandro San Francisco (Pontifi cia Universidad Católica de Chile); Ricardo Krebs (Premio Nacional de Historia, 1982); Isabel Torres Dujisin (Universidad de Chile); Patience A. Schell (University of Manchester); Gertrude Yaeger (Tulane University), Carmen Mc Evoy (University of the South-Sewanee); Jacinta Vergara (Colegio Campanario); Rafael Pedemonte (Université Catholique de Louvain); Ricardo Iglesias (Pontifi cia Universidad Católica de Valparaíso); Trinidad Zaldívar (Organización de Estados Americanos), Macarena Sánchez (Universidad Finis Terrae); Zenobio Saldivia (UTEM); Luis Ortega (Universidad de Santiago); Jorge Pinto, (Universidad de la Frontera); James A. Wood (North Carolina A&T State University) y Sebastián Rico (Corporacion Chilena de Estudios Históricos). |
| Mitos e identidades |
1. El himno chileno es el segundo mas lindo del mundo, despues de la Marsellesa. Es un lugar común que sin embargo, es compartido en todo Latinoamérica respecto a sus propios himnos. En efecto, la mayoría de los países de la región afirma que sus himnos son el segundo más bonito del mundo. En lo único que parece haber consenso es que, efectivamente, el más hermoso es La Marsellesa. Se dice que hubo concurso para definir el himno más lindo… pero no hay datos al respecto.
2. La bandera chilena es la mas hermosa del mundo. De acuerdo a Bernardo Subercaseaux, el mito parte de un sustrato real pues, en un concurso realizado en un balneario belga, la bandera nacional habría sido seleccionada como la más hermosa del mundo. Esta versión dice que en 1907 el pabellón chileno habría ganado un concurso internacional sobre “la bandera patria más hermosa del mundo”. Supuestamente, dos familias chilenas (Baehcker y Casas) habrían llegado al balneario de Blankenberghe (sic), Bélgica, mientras visitaban algunas localidades de las costas del Báltico como parte de sus vacaciones. Al llegar a dicha ciudad, se encontraron con este concurso y decidieron participar, con la sorpresa de ganar entre una multitud de emblemas. Ver Bernardo Subercaseaux, Historia de las ideas y la cultura en Chile. Tomo IV, Nacionalismo y Cultura (Santiago, Editorial Universitaria, 2007).
3. El caracter guerrero del mapuche. Se parte de la base de que la única guerra que duró 300 años en todo el mundo fue la de Arauco, y que esta larga duración “demostraría” el carácter intrínsecamente guerrero de la raza mapuche. Lo importante es que este mito permeó el imaginario del siglo XIX, cuando las guerras internacionales eran factores cruciales en la formación de las identidades locales. Sergio Villalobos ha develado los soportes de este mito, afirmando que a lo largo de esos 300 años no siempre hubo guerra, sino que buena parte del tiempo las relaciones fueron amistosas y de comercio en la vida fronteriza. Por lo demás, es un mito –y un error científico- hablar de razas intrínsecamente guerreras: los mapuche combatieron mejor por cuestiones tácticas y de medio geográfico.
Ver Sergio Villalobos, Vida fronteriza en la Araucanía. El mito de la guerra de Arauco (Santiago, Andrés Bello, 1995). |