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Artículo correspondiente al número 276 (20 de mayo al 4 de junio de 2010
Mas allá de los estereotipos, conviene revisar la figura del capitán de la Esmeralda y el origen de su imagen heróica. Un proceso que incluyó una suerte de “pratmanía” inicial y luego un tiempo de declive que culminó con su instalación como símbolo nacional. Por Alejandro San Francisco
Mayo es un mes muy chileno, y su relación con Arturo Prat y la gesta de la Esmeralda del 21 de mayo de 1879 es evidente. Hoy corresponde a un feriado y se conmemora el día de las glorias navales. La fecha, con el tiempo, ha adquirido una clara connotación política: bajo la Constitución de 1925 hasta 1973 y desde 1990 al presente, la efeméride sirve para que el presidente de la República pronuncie su mensaje anual ante el Congreso Pleno: un texto plagado de revisiones de lo hecho y anuncios sobre el futuro. Todo comenzó con Arturo Prat, lo que exige repasar los inicios y el desarrollo de su figura hasta convertirse en un icono patrio.
Formación y familia
Arturo Prat nació el 3 de abril de 1848, en la hacienda de San Agustín del Puñual, en Ninhue. Desarrolló una vida muy normal –que puede ser seguida en la excelente biografía de Gonzalo Vial–, pero fue escalando por diversas circunstancias personales y profesionales.
Asistió a una escuela por un par de años, y obtuvo un “inmejorable” en carácter. A los diez años ingresó a la Escuela Naval, junto a Luis Uribe. Prat fue el más destacado de su generación, la primera antigüedad. También integraban esa destacada promoción figuras como Carlos Condell, Juan José Latorre y Jorge Montt. En esos años Prat se encontró con la corbeta Esmeralda, que lo acompañaría, literalmente, hasta el fin de su vida. En 1864 le correspondió asistir al Congreso Americano de Lima, junto a Manuel Montt, José Manuel Balmaceda y Juan Williams Rebolledo. Un año más tarde tuvo la experiencia bélica en la guerra contra España. En paralelo a su carrera naval, Prat inició sus estudios de Derecho y juró en 1876: como señaló El Mercurio, era el primer abogado proveniente de las filas de la Armada.
En su vida privada, Arturo Prat se casó con Carmela Carvajal, con quien tuvo dos hijos que le darían una larga descendencia que se extiende hasta hoy. Las cartas que se escribían son una buena forma de conocer sus pensamientos y sentimientos, desde el noviazgo hasta los últimos días del marino. Su base de profunda unión, asegura Gonzalo Vial, es la religión.
Conviene destacar un encargo especial que Prat recibió del gobierno de Chile: en 1878 fue “agente confidencial” en el río de la Plata, tema estudiado recientemente por Piero Castagneto y Diego M. Lascano. El objetivo: informar sobre aparentes movimientos hostiles contra Chile en el contexto de una posible guerra –que parecía inminente– con el país vecino. El conflicto, finalmente, estallaría contra Perú y Bolivia, y sería el momento decisivo para Prat.
El momento heroico
Cuando la Esmeralda y la Covadonga se enfrentaron al Huáscar y la Independencia, era evidente la desproporción de fuerzas, cualquiera sea el punto de análisis que se ocupe, a favor de Perú. Era el 21 de mayo de 1879 y la guerra del Pacífico estaba en su fase inicial. Para los chilenos el combate carecía de sentido, ante las nulas posibilidades de éxito. Sin embargo, el enfrentamiento se produjo y fue mucho más trascendente de lo presupuestado. En esa ocasión Arturo Prat presentó la famosa arenga que trascendió en la historia:
“¡Muchachos: la contienda es desigual! Nunca nuestra bandera se ha arriado ante el enemigo, espero pues que no sea esta la ocasión de hacerlo. Mientras yo esté vivo, esa bandera flameará en su lugar, y os aseguro que si muero, mis oficiales sabrán cumplir con su deber. ¡Viva Chile!”.
Luego correspondía que cada uno acudiera a cumplir con sus deberes, entre los cuales se adivinaba la posibilidad de encontrar la muerte en plena batalla. Se acercaba la hora definitiva para Prat y, por extensión, para Chile, aunque poco antes le dijo al guardiamarina Vicente Zegers que le dejara sus últimos recuerdos a su Carmela.
Entonces sobrevino el momento heroico, tras el grito “al abordaje, muchachos”, que indicaba la decisión final del comandante de la Esmeralda, que saltó al Huáscar junto al sargento Aldea. Arturo Prat, valiente, decidido, encontró entonces la muerte, comenzando su vida para la historia. Poco después, se hundió su débil embarcación.
Símbolo nacional
Miguel Grau, el noble marino peruano, se refirió en diversas ocasiones al arrojo “temerario” del chileno, quien murió “en defensa y gloria de la bandera de su patria”. Era un caballero, y pronto devolvió todos los objetos personales de Prat a la viuda, Carmela Carvajal.
Rápidamente comenzó un culto popular hacia Prat y su gesta, que el sector dirigente no comprendió de inmediato. Tres meses después del momento heroico ya habían sido bautizados treinta niños con el nombre de Arturo y a unas veinticinco se las llamó Esmeralda. También cantaron los poetas, como Luis Rodríguez Velasco: “¿Qué amor de patria crea las fuerzas colosales/ que hacen que un hombre mártir se vuelva semidiós?” El marino había muerto, había nacido el héroe; si la patria perdía un hijo, la historia ganaba un mártir para siempre.
Rápidamente desde Perú se habló, incluso irónicamente, de la “pratmanía”, y sin duda había algo de cierto en esa descripción. Pero también el acto de Prat tuvo un impacto verdadero, pues el 21 de mayo había cambiado la historia.
De hecho es difícil comprender el desarrollo posterior de la guerra sin considerar el efecto “21 de mayo”. La fecha sirvió para ensalzar el patriotismo, despertó las energías dormidas, los héroes de Iquique se transformaron en símbolos nacionales y la muerte heroica de Prat se convirtió, en alguna medida, en un anticipo de la victoria futura.
Las dimensiones del culto al héroe son difíciles de cuantificar, pero la prensa de la época, las reflexiones gubernamentales y los símbolos apuntaban claramente en la misma dirección. Así quedó de manifiesto, sin ambigüedades, en la apoteosis de Arturo Prat, que se produjo años más tarde. Los funerales republicanos, como ha enfatizado Carmen Mc Evoy, son un momento culminante para sintetizar, en un acontecimiento, el significado más profundo de una época y para incorporar al panteón republicano a los héroes, guerreros y sabios de una sociedad.
Una re-visión histórica
William Sater, uno de los principales sabios extranjeros sobre la historia chilena, ha escrito un libro titulado de manera elocuente: La imagen heroica en Chile. Arturo Prat, santo secular. El trabajo tiene por objeto “estudiar la formación de la imagen heroica” de Prat. La fórmula tiene algo de polémica, porque puede parecer que relativiza la historia del héroe, que interesa menos que la sociedad que da vida a su figura. Pero por otro lado es refrescante y útil como modelo para revisar otras figuras que ilustran ideas y épocas de la historia chilena.
Prat murió por Chile, y fue su inmolación lo que lo convirtió en un héroe. Sin embargo, acabada la guerra se produjo lo que se podría denominar una decadencia relativa en la apreciación de la figura de Prat, pero se revirtió rápidamente en los años del parlamentarismo, cuando se produjo la “metamorfosis”: se le valoró como símbolo de la raza chilena y los comentaristas destacaban sus virtudes personales (padre, hijo y esposo), lo que habla de una necesidad de guía moral para el país. El héroe había resucitado.
Después de 1920 el culto a Prat continuó: algunos medios tradicionales lo destacaban a Prat como símbolo de unidad nacional y de sacrificio por la patria. La figura del marino también sirvió al desarrollo de un “nacionalismo cultural” (especialmente en la educación) y de materia prima para la prensa de todos los colores, especialmente cada 21 de mayo.
La misma idea se repite, con más fuerza todavía, dentro de las instituciones militares. El Ejército tuvo gestos hacia el héroe naval, pero con altibajos, al contrario de lo que ocurrió, por razones obvias, en el caso de la Armada, institución para la cual Arturo Prat seguiría siendo, con el paso del tiempo, la encarnación más perfecta del heroísmo
Entre las conclusiones interesantes, Sater plantea una reflexión final llena de valor: “El héroe puede encarnar la quintaesencia de las aspiraciones y deseos de una nación y convertirse así no en un símbolo de una época, sino en la eterna búsqueda de la perfección a que tiende el hombre”.
Quizá el valor de Prat radique en la adecuada combinación entre la vida y una muerte heroica, unida a la percepción y valoración de ese heroísmo en las generaciones posteriores.