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333 patriotas

Artículo correspondiente al número 273 (9 al 23 de abril de 2010)

 

Una experiencia única: participar de la Regata Bicentenario, a bordo del Buque Escuela Esmeralda, como un integrante más de su destacada tripulación. Por Luis Grez Jordan, Subteniente RNY.

 

Pocas personas tienen la suerte de disfrutar una navegación a vela. Algunos aventureros conocen la experiencia de correr una regata, pero sólo 333 chilenos tuvieron el orgullo de vivir la Regata Bicentenario Velas Sudamérica 2010, ni más ni menos que a bordo del buque escuela Esmeralda.

Yo tuve esa oportunidad: como oficial de la Reserva Naval Yates, participé en el primer track de la Regata –desde Río de Janeiro a Mar del Plata– evento impecablemente organizado por las armadas de Argentina y Chile, con motivo de la conmemoración de los doscientos años de independencia. Este tramo, junto al de Talcahuano a Valparaíso, comprenden los espacios de competencia entre los veleros representantes de Argentina, Brasil, España, Uruguay y Chile, entre muchos otros.

Sin ánimo de caer en falso orgullo, debo reconocer que aún antes de la largada –tal como comentó a su dotación el comandante del Esmeralda, capitán de navío Ignacio Mardones Costa– nuestra querida Dama Blanca, ya había ganado en actitud, presentación y –sobre todo– espíritu marinero. Lo mismo demostraría luego, ya en alta mar, tras ese ¡Viva Chile! con que espontáneamente guardiamarinas y grumetes celebraron el cruce de la línea de largada.

No todo fue fácil. Recuerdo aquella feroz tormenta que golpeó sin piedad a la Esmeralda con rachas de viento de 50 nudos, pero que el buque superó sin problemas gracias a la experiencia y la capacidad de su tripulación. Son los marinos, verdaderos embajadores de Chile, construyendo sólidos lazos de integración, confianza y camaradería entre las distintas escuadras de los países en competencia, pero sin dejar de lado a la población civil, la que en cada puerto aprovecha la oportunidad de acercarse y visitar la Esmeralda.

Durante mi embarco aprendí una gran lección de vocación, amor por el cumplimiento del deber y sentido de patriotismo. Cumpliendo mi guardia bajo las estrellas, comprobé cómo las partidas de maniobras, que tienen la tarea de sacar el máximo rendimiento a cada una de las 28 velas, dormían varias noches, por iniciativa propia, en la cubierta del buque, con el único objeto de reaccionar con la mayor rapidez posible ante cualquier maniobra requerida, y así dejar muy en alto el nombre de Chile y nuestro pabellón nacional.

La Armada es de todos los chilenos y –al igual que las otras ramas de las fuerzas armadas– cumple una función de extraordinaria importancia en tiempos de paz, como quedó demostrado en el último terremoto y, aunque pueda sonar a eslogan, constituye una reserva moral de nuestro país, que merecen nuestro más profundo respeto, admiración y cuidado.

Como dicen los marinos, sólo me resta desearles a esos viejos lobos de mar, para lo que resta de esta travesía: “buena mar y viento a un largo”.

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