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1910: Fiesta y luto en el centenario

Artículo correspondiente al número 280 (del 15 al 29 de julio de 2010)

 

La celebración del centenario tuvo claros y oscuros. Se celebraron 100 años de historia republicana, pero aquel año estuvo marcado también por la muerte del presidente Pedro Montt y la irrupción de voces críticas sobre el país. Así se vivieron aquellos años. Por Alejandro San Francisco

 

 

En 1837 terminó la “pluralidad festiva” que había existido en Chile en las primeras décadas del siglo XIX. El gobierno - como explica Paulina Peralta en su libro Chile tiene fi esta – decretó que el 18 de septiembre sería el único día del gran festejo nacional de la Independencia, dejando detrás las patrióticas celebraciones del 12 de febrero y del 5 de abril.

De esta manera, el 18 de septiembre de 1810, fecha de la formación de la Primera Junta de Gobierno, pasaba a ser la fi esta nacional por excelencia, que se celebraba cada año con bailes ofi ciales, Te Deum para agradecer los bienes dispensados a la República, chinganas de celebración popular y juegos de guerra para reforzar el valor del Ejército.

En 1910, por lo tanto, el país estaba de regocijo: se celebraba el primer centenario del Chile republicano, un gran momento para recordar un pasado del cual las autoridades se sentían orgullosas, así como para fortalecer los rituales patrióticos, estrechar lazos con las potencias amigas y formular las correspondientes promesas de desarrollo futuro.


El año de los cuatro presidentes

El presidente de Chile en 1910 era Pedro Montt, hijo de Manuel Montt, quien también fuera gobernante, entre 1851 y 1861. Cuando Montt hijo asumió en 1906 había logrado encarnar las esperanzas del país en medio del ambiente de pesimismo que se desarrolló con los vicios del parlamentarismo, los males de la política y las divisiones de los partidos. Para el año del Centenario muchas de las ilusiones ya se habían esfumado.

Si bien Pedro Montt participó en las celebraciones de Argentina el 25 de mayo, no tuvo la misma suerte para las programadas para septiembre en Chile: en agosto partió de viaje a Alemania, enfermo como se encontraba, y encontró la muerte en el país europeo. Quizá exagera Joaquín Edwards Bello cuando en sus Crónicas del centenario recuerda la fi gura “tétrica” de Pedro Montt, “todo de negro, con anteojos negros y sombrero de paja negro. Era la estampa de la mala suerte”. Sin embargo, los sucesos de 1910 parecían darle la razón al cronista.

En reemplazo del mandatario asumió Elías Fernández Albano, y seguramente nadie imaginó cómo iba a terminar su historia: murió el 6 de septiembre, por lo que –obviamente– tampoco podría celebrar el centenario. De hecho, incluso se propuso no aplicar el programa, pero como las delegaciones internacionales estaban llegando, las autoridades prefirieron seguir adelante, bajo la presidencia provisional de Emiliano Figueroa Larraín, quien encabezaría las conmemoraciones de septiembre.

Precisamente en medio de las festividades se realizó la convención que eligió como candidato presidencial a Ramón Barros Luco, destacada figura de la política chilena, varias veces ministro y parlamentario, quien asumió la primera magistratura a fi nes de 1910. El año del centenario, previsto como normal a excepción de la gran fiesta, había pasado a ser el año de los cuatro presidentes.

Lo más notable, según advirtieron los observadores internacionales, fue que todo se había desarrollado en paz. Lo que en otro país del continente tal vez hubiera signifi cado un golpe de Estado o una ruptura institucional, en Chile se vivió en un ambiente de completa calma y normalidad constitucional, lo que contribuyó todavía más a aumentar el prestigio internacional del país. Era un escenario ideal para la fiesta.


Visitas, banderas y celebraciones


Al comenzar septiembre, el gran memorista del centenario, Carlos Morla Lynch, resumió claramente en su Diario: “se nota ya una extraordinaria animación en la ciudad”. Ese sería el tenor del mes de la patria, a pesar de las difi cultades, los problemas de organización, la muerte de un presidente y tantas cosas que se dieron en la vorágine de las fiestas.

El esquema era amplio y rápidamente el pueblo se fue sumando a las celebraciones, bien narradas en el Relato de una fiesta, de Soledad Reyes del Villar. El comienzo ofi cial del programa se estableció para el 12 de septiembre, con el embanderamiento de la capital. En los días siguientes hubo revista naval en Valparaíso, desfi le de miles de niños en la Alameda, actividades varias con los numerosos diplomáticos que visitaron el país, banquetes diversos y a veces excesivos y un gran baile para todos los visitantes.

También participó de manera destacada el principal invitado de esos días, el presidente argentino Figueroa Alcorta, cuyos soldados desfi laron con los chilenos en claro recuerdo de las gestas conjuntas durante la guerra de la independencia, cien años atrás. No faltaron los problemas en medio de tanta alegría: el momento llegó con el Te Deum, cuando no se respetó la dignidad de monseñor Sibila, a quien no dispusieron el puesto que le correspondía en la catedral. El nuncio papal decidió retirarse de la ceremonia, en uno de los momentos más tensos de 1910.

El 19 se realizó la Gran Revista Militar del Centenario, con la participación de más de 14 mil hombres y que constituyó, sin duda, uno de los momentos más importantes y populares de los festejos. Siguieron carreras de caballos en el Club Hípico y otras tantas actividades relevantes. Un instante crucial se produjo el 21 de septiembre, cuando se inauguró el Museo de Bellas Artes, una de las obras más perdurables del centenario.

En su editorial del 18 de septiembre, El Mercurio había publicado una entusiasta visión sobre el pasado y el futuro de Chile, que parecía manifestar un cierto consenso nacional:

“Somos un pueblo capaz de grandes cosas y tenemos ante el mundo y ante nosotros mismos la responsabilidad de realizarlas. Creamos fuertemente en ese destino; creamos que la colectividad chilena tiene en los designios de la providencia marcado un futuro de victorias morales y materiales; creamos que la herencia que el primer siglo nos deja, llena de glorias y de éxitos, nos obliga a luchar por el coronamiento de la obra”.

Sin embargo, no todo era así, porque en distintos ambientes comenzaba a propagarse una versión más pesimista sobre la situación del país.


Crítica social y desencanto


La otra cara del Centenario, como ha destacado Cristián Gazmuri, estuvo representada por el desarrollo de una corriente de críticos sociales que denunciaron un estado de postración nacional, decadencia y persistencia de numerosos problemas que tenían a Chile en una situación lamentable.

De esta manera Alejandro Venegas, en Sinceridad. Chile íntimo en 1910, y Luis Emilio Recabarren, en Ricos y pobres a través de un siglo de vida republicana, denunciaron el mismo año del centenario aquellos dolores que las autoridades oficiales parecían no ver o bien querían esconder. Con ello seguían la corriente crítica que habían inaugurado personajes como Enrique Mac Iver en su Crisis moral de la república, o Nicolás Palacios en Raza Chilena y La Decadencia del espíritu de nacionalidad, y que habían continuado Francisco Antonio Encina (Nuestra inferioridad económica) y Tancredo Pinochet Le Brun (La conquista de Chile en el siglo XX).

Es importante considerar la labor de los ensayistas frente a la crisis, porque ellos representan una mirada novedosa y, por otra parte, permiten observar los problemas con sentido histórico. Adicionalmente, estos autores son parte del sistema, pero logran criticarlo, a veces demolerlo, pero también presentando fórmulas para el mejoramiento de la sociedad. Y, por último, ellos son una especie de “reserva intelectual” de la nación: los hombres llamados a recordar los males y a proponer los medios de solución.

¿Qué denunciaban, en concreto, los críticos sociales? Prácticamente todo, nada se salvaba: el distanciamiento de las clases sociales aparecía de manera clara en los análisis de Valdés Cange y Recabarren; Pinochet enfatizaba la “desnacionalización” de la industria chilena; Encina, la mala calidad de la educación y su énfasis profesionalizante en desmedro de las actividades económicas y prácticas; Palacios había lamentado el olvido y desprecio hacia el roto chileno, lloró amargamente la matanza de Santa María de Iquique en 1907 y sufría por la decadencia del sentimiento patriótico. Los críticos sociales legaron, para la historia, una de las imágenes más perdurables del centenario, dejando en el camino su estela de tristeza y dolor, aunque también era posible descubrir algunas propuestas y, sobre todo, un gran compromiso por los sectores más postergados de Chile.


Mirando al bicentenario

El 18 de septiembre de 1810, de 1910 y de 2010 son tres fechas que unen a Chile y su historia.

Si en 1810 Chile vivió lo que Simon Collier llama el cambio “más cataclísmico” de toda su historia y dio el inicio a su proceso de independencia, un siglo después – en el año del centenario– la sociedad tuvo la posibilidad de celebrar, pero también aprovechó de preguntarse por su trayectoria: así surgieron los aspectos más valiosos, que se combinaron con las críticas más profundas.

Durante 2010 Chile también tiene una oportunidad semejante, que se repite pocas veces en la vida de una nación. Ahora son dos siglos que pueden tanto conmemorarse como evaluarse, y seguramente coexistirán en el análisis los factores más exitosos como los más lamentables. Y el bicentenario llega en un año complejo: elecciones presidenciales el 17 de enero, terremoto dramático el 27 de febrero. El 11 de marzo asumió Sebastián Piñera como nuevo presidente de Chile, el gobernante del bicentenario. La selección chilena de fútbol representó dignamente al país en el Mundial y se acerca rápidamente septiembre y la fiesta del 18, que podría ser sólo un feriado largo más o bien, una verdadera conmemoración republicana.

Por eso conviene mirar y aprender del centenario. De sus celebraciones y de los síntomas de desencanto. De la mirada hacia la historia, así como de las propuestas de futuro.

 
 

Para leer
Cristian Gazmuri. El Chile del centenario. Los ensayistas de la crisis (Santiago, Instituto de historia Universidad Católica de Chile, 2001).

Se trata de una de las principales recopilaciones documentales de escritos de los autores de la crítica social de comienzos del siglo XX, tales como Enrique Mac Iver, Nicolás Palacios, Tancredo Pinochet Le Brun, Francisco Antonio Encina, Luis Emilio Recabarren y Alejandro Venegas, entre otros.

Soledad Reyes del Villar. Chile en 1910. Una mirada cultural en su centenario (Santiago, Editorial Sudamericana, 2004).

Este libro - de la principal especialista en el tema - es probablemente el trabajo más completo que existe sobre el centenario chileno. Incluye una explicación del contexto histórico, la visión de los sectores populares y aristocráticos, el surgimiento de la crítica social y otros temas de interés.

Juan Ignacio González, El arzobispo del centenario. Juan Ignacio González Eyzaguirre (Santiago, Centro de Estudios Bicentenario, 2004).

Esta interesante biografía trata sobre el hombre que lideraba la Iglesia Católica en Chile en 1910. En un tema que en general ha quedado relegado en los estudios sobre el centenario, el presente libro amplía la visión del asunto y expone con abundancia de documentos la visión doctrinal y social de los católicos a comienzos del siglo XX.

Soledad Reyes del Villar. El centenario de Chile (1910). Relato de una fiesta (Santiago, Globo Editores, 2007).

Se trata de un texto breve, bien escrito, que resume de manera adecuada los aspectos principales de la celebración del centenario. Incluye anexos documentales, como el discurso de Emiliano Figueroa Larraín ante las delegaciones extranjeras, el homenaje del uruguayo José Enrique Rodó a Chile y el editorial de El Mercurio del 18 de septiembre de 1910.

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Comentarios

1 Comentarios

Claudia Aguilar :

Publicado Lunes 26 de Julio, 2010 - 10:40 hrs

Es interesante ver cómo se celebró por ese entonces el centenario. Pero lo que me resulta más interesante, es ver que los temas que estaban en discusión en ese entonces son los mismos que tenemos hoy. ¿Es que no hemos avanzado? Han pasado 100 años y no hemos podido tener una educación que nos satisfaga y la brecha entre ricos y pobres va en un aumento impresionante, es cuestión de ver la última encuesta CASEN. Los temas que se discutían hace un siglo, siguen en boga...

 
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