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¿Vamos al cine?

Artículo correspondiente al número 244 (26 de diciembre de 2008 al 22 de enero de 2009)

Uno de los mejores panoramas para pasarlo bien es ver películas en pantalla grande. El problema surge cuando no se venden entradas numeradas y las filas son eternas. Por suerte, hay salas preocupadas del tema. Por Mauricio Contreras.



Por mucho plasma, LCD, DVD portátiles y Home Theaters al alcance de los consumidores, sigo creyendo que las películas se ven en el cine de la mejor manera. Lo oscuro de la sala, el ceremonial de comprar tu ticket, ver las sinopsis y los comerciales y saber que la función está por empezar es un ritual que cada cinéfilo goza como si tuviera diez años, y que no tiene comparación con arrendar una cinta y verla en casa. En eso creo que no hay discusión.

Es una costumbre heredada antes de que el cable llegara a Chile o de que se pudiera descargar películas por Internet: ir al cine con todas sus letras. Cuando a comienzos de los noventa aterrizaron en nuestro país las grandes cadenas de multisalas –con diez a quince películas para regodearse–, todo marchaba bien: asientos gratos, buena comida, limpias y distribuidas en comunas para todos. Sin embargo, y por una razón que aún no logro entender, eliminaron –la gran mayoría, no todas– la venta de entradas numeradas.

¿Ganaron algo con eso? Lo desconozco. Lo que sí sé es que yo la pensé más de una vez en volver a una sala.

Yo siempre me senté entre la H y la M, punta y banca, y recuerdo que la seguridad de tener un buen asiento generaba tranquilidad; mal que mal, uno va al cine a pasarlo bien y no a estresarse. Hace dos años la fila para ver La casa del lago, de Sandra Bullock y Keanu Reeves, en el Parque Arauco parecía la galería de un Colo Colo con la U en instancias finales. Indignado al ver doscientas personas antes que yo a treinta minutos de que empezara el film, me di vuelta y me fui. No estaba para sentarme en la segunda fila y quedar con tortícolis.

Por suerte el Hoyts de la Reina no se olvidó del público que no quiere correr por pasillos y escaleras mecánicas y tiene dispuesto cuatro salas “a la antigua”. Da gusto comprar las entradas (ya no con los papelitos amarillos clásicos) y saber que uno puede entrar al cine un minuto antes a su asiento sin que nadie se lo quite. El domingo pasado llegué en paz, pasé al Rocco´s Pizza un rato antes y no se me fue la vida pensando en si había alguna buena ubicación.

Así como hay buenas iniciativas de salas destinadas al cine arte, festivales al aire libre en verano, o proyecciones premium con un trago en la mano, por ley –y no es chiste– deberían existir a lo menos una o dos opciones de ticket numerado. La gran masa de público lo agradecerá

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Comentarios

1 Comentarios

Sergio Soto Rivas:

Publicado Sabado 27 de Diciembre, 2008 - 09:52 hrs

Muy acertado el tema tocado por el columnista. La verdad que ir al cine es una "experiencia religiosa", algo que se perdió en demasía con la expansión de la tecnología y la comodidad del hombre moderno. Ir al cine es una costumbre que no debiera perderse, si hasta podría servir para recomponer relaciones que andan al tres y al cuatro! (por poner un ejemplo). 
Y eso del ticket numerado ¿por qué no?, me da la idea que es algo de sociedad muy civilizada.

 
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