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Las trampas de la ficcion

Artículo correspondiente al número 256 (10 al 23 de julio de 2009)

 

Una novela puede parecerse a un juego de cartas. Por Marcelo Soto.


A veces los libros interesan más por lo que no dicen que por lo que dicen. En el caso de El fotógrafo de Dios, de Marcelo Simonetti, el lector queda intrigado por el sorpresivo apéndice final, que deja entrever un misterio más grande que el que aborda la novela. La táctica puede ser algo tramposa, pero se sabe que la literatura no es precisamente un juego limpio.

El libro recrea la historia de un fotógrafo obsesionado con búsquedas imposibles: la de su padre, la de unos indios míticos en la selva peruana, la de un famoso fotógrafo chileno que un día decidió desaparecer en el desierto. Ninguna de tales aventuras tiene pronóstico feliz y el protagonista se estrella contra la realidad como esos bichos que persiguen la luz de los autos en la carretera, por las noches, y terminan aplastados contra el vidrio.

A menudo el autor expresa un estilo de frases cortas, a veces hipnóticas, a veces no tanto, que ya hemos escuchado antes. “Manuel no va al zoológico. Tampoco al cine. Camina sin rumbo por la ciudad. Trata de perderse en las caras de los otros. En las luces del semáforo”. ¿Paul Auster, tal vez?

Simonetti maneja bien los tiempos narrativos y la lectura se hace intensa en las 100 primeras páginas, pero va decayendo hasta llegar a un desenlace tan insulso como decepcionante. Hay varios golpes de efecto en la trama –como la muerte accidental o buscada de una chica en París- pero el último, el mencionado apéndice, traspasa los límites, rompe el acuerdo tácito entre el novelista y el lector. Es una jugada inesperada, trasgresora, que nos deja pensando en la posibilidad de haber sido embaucados. ¿Era todo real o todo ficticio? ¿O la pregunta es sólo otro truco del jugador que dobla la apuesta con una mala mano? Quién sabe. En literatura todo vale.

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