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Habla Mendelsohn

Artículo correspondiente al número 257 (24 de julio al 6 de agosto de 2009)


Uno de los autores más destacados de la nueva escena literaria de Estados Unidos, Daniel Mendelsohn, habla en exclusiva sobre su premiado y exitoso libro Los hundidos, que recrea la búsqueda personal –y verdadera- sobre los rastros de seis de sus parientes asesinados por los nazis. Un texto conmovedor y contundente que ha recibido aclamación internacional.

 

Uno de los autores más destacados de la nueva escena literaria de Estados Unidos, Daniel Mendelsohn, habla en exclusiva sobre su premiado y exitoso libro Los hundidos, que recrea la búsqueda personal –y verdadera- sobre los rastros de seis de sus parientes asesinados por los nazis. Un texto conmovedor y contundente que ha recibido aclamación internacional. Por Marcelo Soto.


Daniel Mendelsohn (nacido en 1960 en Long Island) se molesta un poco cuando le pregunto qué hay de ficción y de realidad en su libro Los hundidos, un portentoso y admirable texto que describe una obsesión personal, la del autor, por encontrar las pistas, como si fuesen joyas lanzadas al mar, sobre el rastro de seis familiares –su tío abuelo Shmiel, su esposa y sus cuatro hijas– asesinados por los nazis en la II Guerra.

“Me parece extraña la pregunta. El libro no es en absoluto una novela, lo dejo muy claro en la nota del autor, donde explico que se trata de una historia verdadera, que todo en el libro sucedió y todas las entrevistas fueron grabadas en vídeo y audio. Y, por supuesto, el punto central del libro, al que regreso siempre, es precisamente evitar ficcionalizar los acontecimientos del Holocausto… El libro entero está organizado como una reflexión sobre lo que puede y no ser representado usando las diferentes técnicas narrativas que están disponibles para nosotros cuando la ficción no es una opción. Así que es bastante extraño que se pregunte si el libro es una novela. Por supuesto que no es una novela, que es todo el punto del libro”.

Hay que decir que la “nota de autor” que menciona Mendelsohn no aparece en la edición española de la obra, y por lo tanto se agradece la enfática aclaración. Los hundidos (Debate, 700 páginas) está tan maravillosamente escrita y el narrador se sumerge
en los hechos como si fuese un detective, que uno a veces cree que está leyendo una novela de misterio. La historia de su familia abarca muchas otras historias, un círculo que parece cerrarse para empezar otra vez, en un estilo magnético y evocador que recuerda tanto a Proust como a Sebald.

Doctorado en lenguas clásicas, Mendelsohn publicó en 1999 The elusive embrance, un libro de memorias –elegido el Mejor del Año por Los Angeles Times– en que aborda su identidad sexual. Cuando le pregunto si para él fue una herencia importante el legado de los grandes autores judeoamericanos como Saul Bellow y Bernard Malamud, responde: “para nada” y luego se define, con una franqueza rotunda, como “un escritor y crítico estadounidense gay judío, criado en Nueva York y educado casi enteramente en la cultura y literatura europeas”.

Aparte de dar clases en Bard College, Mendelsohn tiene una brillante carrera como crítico literario (ha escrito para New York Times, New York Books Review, Esquire, New Yorker, Paris Review, ente otros) y es imposible no preguntarle su visión sobre la fama póstuma de Bolaño. “Desgraciadamente no lo he leído”, confiesa. “Pero ahora que tengo algo de tiempo a mano, ¡espero hacer frente a 2666 este verano!”



-En primer lugar, ¿por qué escribe? ¿Cuándo decidió convertirse en un escritor?

-En realidad yo no “decidí convertirme en un escritor”; como la mayoría de las cosas en la vida, ocurrió casi por accidente. Yo siempre había estado escribiendo, por supuesto, desde la infancia, poemas, diarios, cuentos, cosas así. Pero a los veintitantos fui a la escuela de postgrado para hacer mi doctorado en Lenguas y Literaturas Clásicas, y pensé en ese punto que sería un profesor universitario. Entonces, mientras estaba en la escuela de postgrado, comencé a escribir pequeñas piezas para la revista semanal estudiantil –reseñas de libros, artículos políticos, sátira– y me encontré disfrutándolo tanto que empecé a enviar colaboraciones a revistas y periódicos de verdad (fue a instancias de un editor de la revista estudiantil, quien me dijo, en algún momento, “tú sabes, la gente te pagará por hacer esto”).– Las cosas pasaron muy rápido, y yo estaba llevando una ocupadísima carrera como periodista freelance. Así que terminé mi tesis y obtuve mi doctorado, pero en lugar de seguir una carrera académica me mudé a Nueva York y comencé una carrera como periodista. Así fue como me convertí en escritor. ¿Por qué escribo? Supongo que la respuesta a esa pregunta, en este punto, tiene dos caras: en primer lugar, porque es la única manera que conozco para estar en el mundo de una manera significativa. En segundo lugar, no sé cómo hacer nada más.


-¿Cuál es el origen de Los hundidos? ¿Por qué decidió escribir acerca de estos seis miembros de su familia que fueron asesinados por los nazis?

-Yo había estado durante mucho tiempo obsesionado por esta historia de mi tío abuelo que pereció en el Holocausto –o, debería decir, la no-historia–, ya que me encantaba oír los relatos de familia que contaba mi abuelo, pero la única historia que él nunca contaba era la historia de su hermano mayor, que murió en el Holocausto, junto con su esposa y cuatro hijas. De modo que había un aura de misterio acerca de estos familiares y su destino, que siempre me perseguía. Y, por supuesto, yo mismo estaba físicamente “capturado” por la historia, también. El libro comienza con este curioso hecho de que mis parientes mayores siempre me decían que yo me parecía a mi tío abuelo muy fuertemente, un hecho que provocó una extraña y casi perturbadora impresión en mí cuando niño. Este hombre que llevaba tanto tiempo muerto apareció en mi vida desde una edad muy temprana, y en un momento decidí investigar su historia, para saber lo que le sucedió realmente, pues todo lo que sabía es que había desaparecido. Y más que nada quería descubrir quién fue.


-La novela se estructura de una forma circular, con historias que van y vienen. ¿De dónde surge el modelo de esta narrativa?

-En mi opinión, mi libro más que nada trata acerca de la narrativa, acerca del hecho de contar historias –¿cómo las historias son contadas? ¿Cuál es la diferencia, cuando se cuentan historias sobre el pasado, entre “lo que sucedió” y “la historia de lo que pasó”?–. Así que el libro es, en muchos aspectos, una exploración de las técnicas de la narración. El modo de contar historias de mi abuelo (que es la base de mi propia manera de hacerlo) tenía curiosamente el mismo estilo de “composición circular” que uno encuentra en la épica griega (Homero) y los historiadores (Herodoto). Es decir, uno empieza una historia, pero se mantiene circulando desde el pasado al presente, desde historias más remotas que explican la historia original hasta un eventual retorno a la historia con la que empezaste, pero sólo después de haber incorporado otros relatos e historias enteras. De una forma similar a las cajas chinas o muñecas rusas, cada historia contiene en su seno otras narraciones. Cuando yo estudiaba literatura griega en la escuela de postgrado quedé muy sorprendido y conmovido al descubrir que la manera de contar historias que yo asociaba con mi abuelo era, en realidad, muy griega. Mi libro está cuidadosamente organizado usando esta técnica de “composición de anillo”, porque a) quise rendir homenaje a mi abuelo, que es la fuente de todas las historias de la familia, y b) pensaba que la forma se adapta muy bien al tema que trato: ¿cómo sabemos algo acerca del pasado?


-Su libro recuerda algunos textos de W.G. Sebald, ¿Qué piensa acerca de este autor, muerto prematuramente en 2001?

-Sí, hay alusiones importantes al trabajo de Sebald, que me encanta y que tuvo una fuerte impresión en mí: la cualidad de estar obsesionado con el pasado, de estar rodeado de evidencia de la que uno no siempre se da cuenta; la misteriosa y perturbadora manera que él tiene de presentar al lector imágenes que no pueden ser explicadas, sobre las cuales uno nunca sabe si son reales o inventadas, todo eso hace de Sebald un escritor particularmente importante para mí, y así quise invocar a Sebald en el libro. En particular, el modo en que puse las fotografías, sin lecturas, fue una especie de homenaje a Sebald, al igual que ciertos pasajes son un homenaje a Proust, otro autor muy importante para mí y para los temas que trato. Como he dicho, el libro pretende hacer reflexionar al lector sobre las maneras en que las historias son contadas... En mi libro los temas son la memoria, la historia y la narrativa; y por eso me parecía interesante insertar dentro de mi relato alusiones al trabajo de otros autores que se han interesado en los mismo temas: Homero, Herodoto, Proust, Sebald, la lista sigue. ¿Conoce las maravillosa novela de Antonio Muñoz Molina llamada Sefarad? El subtítulo de esta obra maestra es “una novela de novela”, que adoro: el subtítulo de mi libro podría ser “una narrativa de narrativas”. Y la de Sebald es una de las técnicas narrativas que se entretejen con la mía.


-¿Cómo describirías el proceso de escribir Los hundidos? ¿Doloroso, sanador, liberador?

-Bueno, estoy absolutamente en contra de la idea de la escritura como una suerte de terapia; no escribo para “sanar mi dolor” o, si fuera el caso, el dolor de otros. Como todos los escritores, escribo porque hay un tema o problema que me obsesiona, que no puedo sacar de mi cabeza. Este fue el caso con la historia de mi tío Shmiel, y ese fue el por qué yo escribí el libro. El proceso mismo fue bastante extraño: hubo un largo período de viaje e investigación, de entrevistar gente, el cual, como queda claro en el libro (¡no una novela!), me llevó alrededor del mundo durante unos cuatro años; pero la escritura del texto mismo fue muy rápida, muy fácil –me parecía que surgía de mí, una vez que ya había hecho toda la investigación, a veces me sentía como si estuviese en trance–. La escritura del volumen, que tiene 500 páginas en inglés, me tomó exactamente un año. Comencé a escribir el Día del Trabajo en 2004 y terminé la última frase el Día del Trabajo en 2005. La escritura de mi primer libro, que tiene apenas 200 páginas y no requirió investigación alguna, me tomó cuatro años.

En cuanto a la emociones de la escritura: fue curioso. Durante todo el tiempo que investigué e hice las entrevistas, nunca lloré. Yo podía sentarme horas escuchando estas terribles historias acerca de las vidas de la gente, sus parientes, y era muy formal, muy enfocado en conseguir la historia, conseguir el material para el libro. Estaba obsesionado con conseguir a cada sobreviviente de edad más avanzada y tener la historia. Y durante todo ese tiempo nunca lloré, ni siquiera una vez. Y entonces, un par de semanas después de que terminé de escribir el libro y había enviado el manuscrito a mi editor, empecé a tener estos repentinos, inesperados accesos de llanto. Podía estar caminando por mi departamento y repentinamente rompía en lágrimas y sollozos por quince minutos. Esto pasó por meses. Pienso que fue como estrés postraumático. Yo me había contenido durante el proceso de obtención de información para el libro y entonces, una vez que lo había terminado, empecé a experimentar las emociones.

En cuanto al aspecto liberador: bueno, creo que fue liberador, en algún sentido, para mi familia –especialmente mi madre y sus primos en EEUU e Israel, los otros sobrinos y nietos del tío Shmiel–. Recuerda que es realmente su historia, su misterio, y ellos habían estado intrigados por eso desde 1940: así es que pienso que fue una gran cosa para ellos finalmente saber, en detalle, qué había sucedido a su tío y a su familia, y cómo habían muerto. Y más importante, quizá, quiénes habían sido, y la manera en que habían vivido.


-¿Qué piensa acerca de la gran tradición de la literatura judío americana, con escritores como Bellow y Malamud? ¿Fue una importante herencia para usted?

-Para nada, en realidad. Creo que he leído un novela de Bellow, y ni una palabra de Malamud. No es un patrimonio para mí, en términos de educación literaria. Pienso que no pertenezco a ese hilo de la literatura de Estados Unidos. Soy un estadounidense de muy reciente cosecha: tres de mis abuelos era europeos. Así que la “tradición nor-teamericana” significa poco para mí. De hecho, casi todas mis lecturas durante mis años de formación (aparte de los clásicos griegos y romanos, por supuesto) fue la literatura europea del siglo XIX, mayormente novelistas franceses, que fueron las principales influencias para mí; pero también alemanes, austriacos, italianos; incluso españoles, Galdós particularmente. Así que el legado judeoamericano es cero para mí, de verdad, con la excepción de Philip Roth, a quien amo.


-¿Cree que Roth merece el Nobel?

-Me encanta su obra y hasta cierto momento parecía obvio para mí que era el más grande novelista vivo de Estados Unidos. Recientemente, sus últimos libros me han decepcionado. Parece claro para mí que él detesta volverse viejo, y simplemente el odio a envejecer no es un tema interesante; eso ha dado como resultado una extraña y poco atractiva nostalgia en su reciente obra, que yo encuentro sin interés y banal. La conjura contra América es terriblemente kistch. Pero estas quejas de ningún modo restan mi estimación por su trabajo temprano, y especialmente las novelas de su época media (El teatro de Sabbath, La operación Shylock y muchas más) como obras fantásticamente grandes. En cuanto al Nobel: dado que es imposible decir, basado en quienes han ganado el premio, exactamente cuál es el criterio para entregarlo, no puedo decir si Roth lo merece. Diré esto: claramente es un autor mucho más grande, y lejos más importante, que muchas personas que lo han ganado.


-Nabokov dijo: “una obra de arte no tiene importancia alguna para la sociedad. Sólo es importante para el individuo, y sólo el lector individual es importante para mí. Me importa un rábano el grupo, la comunidad, las masas”. ¿Está de acuerdo?

-Totalmente, y siento lo mismo. Soy alérgico a todos los comunitarismos, y siempre he mantenido, en mi propio trabajo como crítico, que cualquiera escritura que es diseñada para apelar a un grupo, o que está dirigida a apoyar las políticas de un grupo, es escritura inferior. Cuando comencé como crítico profesional, a menudo me pidieron reseñar novelas gay o libros sobre la cultura gay, porque yo soy gay. Y siempre me creó problemas que estas terribles novelas obtenían elogios porque “apoyaban la causa homosexual”, o lo que sea, y yo estaba obligado a entender que, simplemente porque yo era una persona gay escribiendo en una revista gay (como así era, en ese tiempo), se suponía que yo debería decir que esta horrorosa novela era un libro maravilloso, porque hacerlo era algo “bueno para la cultura gay”. Personalmente, no podría, no puedo, pensar en nada más pernicioso que jugar a la política con la literatura. Es la esencia del pensamiento antiliterario, de verdad.


-Finalmente, ¿qué le parece la nueva política de Obama respecto a Israel? ¿Es usted optimista o pesimista sobre la situación en el Medio Oriente?

-Realmente no pienso acerca de Israel, para nada; no tiene interés para mí, ni de manera abstracta ni emocional, ni nada. Yo soy un escritor y crítico estadounidense gay judío, criado en Nueva York y educado casi enteramente en la cultura y literatura europea; mis filiaciones y lealtades son con la civilización europea, que es la que me importa y sobre la que escribo. Israel no está en mi radar. ¿Por qué debería estarlo? ¿Debido a que se trata de un estado “judío”? Prefiero pensar en París: los hoteles son más agradables y la comida es mucho mejor.

 

 

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