Artículo correspondiente al Martes 28 de Abril, 2009
Mucho antes de que se hablara de la huella de carbono, de Al Gore o de La Verdad Incómoda, este arquitecto ya estaba trabajando para hacer una construcción sustentable respecto al medio ambiente. Años después no sólo es un pionero en el tema, sino que su trabajo marca la pauta en todo el mundo. Por Federico Willoughby Olivos.
Suena el teléfono en la oficina de Guillermo Hevia. “¿Aló? Sí, sí, con él”. Al arquitecto lo están llamando desde México, nada menos que los editores de la revista Enlace. Un poco desesperados y con los modismos de rigor, le explican que vieron la fábrica que hizo para Cristalerías de Chile en Llay Llay y quieren, necesitan, publicarla. Es más: si es preciso, demorarán la impresión del número con tal de contar con el material adecuado para mostrarla como corresponde. Y como corresponde se refiere a ponerla en portada.
Otro día. Vuelve a sonar el teléfono. Esta vez el llamado viene de Rumania. Un grupo industrial lo está contactando porque necesita asesorías en arquitectura sustentable (la especialidad de Hevia). ¿Cómo lo encontraron? Vía web. Vieron la estructura que diseñó para Almazara Olisur en San José de Marchihue y supieron que era el hombre.
Porque si bien Guillermo Hevia llevaba años haciendo arquitectura sustentable (su primer acercamiento al tema lo hizo en 2004 con un edificio para Farmacias Ahumada), fue la calidad de Cristalerías de Chile lo que lo puso dentro del grupo de los arquitectos más importantes y vanguardistas del mundo.
Y no es una exageración. El edificio ubicado en la V Región ha sido reconocido en Israel, ganó medalla de bronce en la Bienal de Miami, fue elegido en 2007 como la obra del año por el sitio Plataforma Arquitectura, la Asociación de Oficinas de Arquitectos (AOA) lo premió el año pasado y, por sus características, se ha convertido en un referente de estudio por distintas universidades.
“Sí, es cierto, esa obra fue un punto de inflexión personal. Significó un quiebre muy positivo dentro de mi actividad profesional, un tremendo salto hacia adelante. Pero, y lo que no es menor, también es una estructura que otorga a Cristalerías de Chile una imagen corporativa potente, marca tradición, incorpora tecnología y mejora calidad de vida”.
-Y ahorra energía...
Claro, gracias a la arquitectura se pudieron resolver varios problemas inherentes al proceso productivo. El edificio considera un diseño que privilegia la iluminación natural, algo que le permitió a la empresa, tan sólo el año pasado, ahorrar aproximadamente entre 80 mil y 100 mil dólares. Pero eso no es todo: gracias a su diseño se logró que el aire caliente salga de manera natural y no eléctrica, además de contar con una absorción acústica extraordinaria…
-Además, no pasa inadvertida. Es una fábrica que se incorpora al paisaje de una manera bastante armónica. Es un aporte.
-Exacto. En la parte de arquitectura hay una propuesta muy fuerte. Yo siempre he dicho que la fábrica es como un manto ondulante que está movido por los aires del lugar. Hay una cosa alegórica, media poética. Y eso es importante. La arquitectura es permanente, por lo que requiere observación y reflexión para lograr que tenga aceptación o rechazo. Piensa que esta industria puso en el mapa a Llay Llay, un lugar que ahora también es conocido por ser la sede de la fábrica de Cristalerías de Chile, un edificio que ha sido premiado en el mundo entero.
-Uno pensaría que lo más fácil hubiera sido levantar un galpón y ya…
-Hay que entender que una industria o un edificio de estas características ya tiene un impacto por sus dimensiones, y por eso hay que ser cuidadosos. En Chile tenemos una geografía extraordinaria, por lo que hay que tener conciencia de que no es llegar y dañarla. Hay que hacer arquitectura que pueda convivir de manera armónica, puedes buscar hacer algo propositivo, demostrar con imaginación que puedes resolver problemas buscando la belleza. La belleza, en el caso de este edificio, es un valor agregado, no tiene costo. Vale lo mismo hacerlo mal que hacerlo bien, pero a la larga te conviene económicamente hacerlo bien. Se tiende a pensar que cuando haces este tipo de arquitectura la búsqueda de la belleza, de la calidad, de la estética, no son necesarias. Y yo te diría que son profundamente necesarias.
-Y también conlleva un valor social ¿no?
-No olvides que la arquitectura siempre tiene un componente social y, en este caso, tiene que ver con la calidad de vida del personal. En vez de estar en un galpón oscuro, la gente trabaja en un lugar que es amable y que los hace participar de lo que sucede en su entorno, cosa que los induce estar más alegres y a mejorar el rendimiento. Mucha gente no toma conciencia de que cualquier lugar de trabajo debe tener las condiciones mínimas para que las personas se puedan desarrollar como ser humano. La arquitectura es una actividad que tiene una responsabilidad social, yo no hago arquitectura por el hecho de hacer objetos. La arquitectura tiene un fin social porque impacta a las personas, trabaja con las personas y es habitada por las personas.
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