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El largo adiós de Sandor Marai

Artículo correspondiente al Martes 17 de Marzo, 2009


A 20 años de su muerte, se publica por primera vez el último tomo de las memorias del gran escritor húngaro: un extraordinario relato sobre la vejez, que está a la altura de sus mejores novelas. En este volumen narra la soledad de sus días finales en California luego del fallecimiento de su esposa y de su hijo, que lo llevan a suicidarse en 1989. Por Marcelo Soto.


Hay libros que provocan un remezón, que hacen temblar las manos y nos dejan mudos, sobrecogidos. A esa rara especie pertenece Diarios 1984-1989, de Sándor Márai, un texto destinado a convertirse en uno de los más terribles y desoladores testimonios sobre el declive final.

“La gran prueba de la vida no es la muerte, sino el morir”, escribe el autor, que pone el dedo en la llaga, como un médico despiadado que quiere mostrarnos de dónde viene el dolor. Márai nos dice, sin anestesia, que lo complejo no es aceptar el fin, algo que humanamente sabemos que es parte del ciclo natural desde niños, sino la espera, la larga y dolorosa agonía antes de partir.

Leer este libro es tirarse a un pileta helada, un día invernal. Y al salir del agua no hay nada ni nadie que nos reconforte.

Escritas a lo largo de sus últimos cinco años de vida, a estas memorias las cruzan el odio, la rabia, la soledad. Sin embargo, no caen en un exhibicionismo lastimero, gracias a que las animan una inaudita lucidez, una sabiduría que se resiste a dejar espacio a la superstición.

Márai, que murió el 21 de febrero de 1989, ha vivido un sorprendente renacer editorial en la última década. Nacido en Hungría en 1900, se fue de su país tras la llegada de los comunistas al poder y se exilió en Estados Unidos. Aunque era considerado uno de los grandes autores europeos de su tiempo, en Norteamérica su fama se fue apagando. Con todo, era un escritor apreciado, que en sus cumpleaños recibía cartas de felicitaciones del entonces presidente Ronald Reagan, mientras crecía el interés en su patria por homenajearlo. Pero hasta el final  se negó a publicar en Hungría en tanto siguiera el régimen marxista en el poder.



¡Que lento muero!


Diarios 1984-1989 contiene variadas reflexiones que revelan a un intelectual que nunca compró los dogmas de su época y que se mantuvo crítico a los fundamentalismos, tanto religiosos como políticos. También aparecen sus lecturas, entre las que destaca El Quijote (“la más hermosa novela”), la poesía húngara que parece ser su único refugio y la obra de Gyula Krúdy, uno de sus maestros.

Pero la corriente principal que recorre el libro es la enfermedad de L. -su esposa Lola-, con quien pasó sesenta y tres navidades y que lentamente cae en el sopor de la senilidad. Ciega e incapaz de moverse, no está ni viva ni muerta, en un hospital para enfermos terminales. En su único instante de cordura dice: “¡qué lento muero!”.

La agonía de L. -“un dolor indecible”- es una especie de ruta al infierno, una carretera que conduce al vacío. Márai empieza a pensar en la posibilidad del suicidio. “¿Qué puede aportarme la vejez, aparte de la mera existencia? Nada. Comprendo a los que anticipan su fi n”. Como una tortura el lector asiste al calvario de la mujer, cuyo desenlace es tan breve como desgarrador. El 4 de enero de 1986 escribe: “L. ha muerto”. Las palabras sobran.

Estas memorias son además un furioso alegato contra la industria de la medicina y su falta de humanidad con los desahuciados. “Llegan sin cesar las facturas desorbitadas del hospital, de los laboratorios, de los médicos. Una cama en una habitación doble, trescientos dólares diarios… Si L. viviera no soportaría ver las facturas. A mí me traen sin cuidado, el dinero ahorrado es para eso. Sin embargo, el robo descarado ejercido por la medicina y sus compañías es asqueroso”.

Los golpes bajos llegan por montones y, aparte de sus hermanos en Hungría, sorpresivamente muere su hijo János, a los 46 años, en EEUU. “Para mí es un puñetazo en el pecho, un insulto. Todo lo que cuentan sobre la muerte es mentira. La realidad es un insulto y el pacto en su contra un engaño”.

Junto al tono cada vez más sombrío que adquiere el relato, el narrador se da tiempo para bromas macabras. “Ya no sólo han muerto mis familiares directos, mis compañeros de profesión y de estudios, sino mis enemigos también. Si volviera a Budapest no encontraría a nadie con quien enfadarme”. Entonces sólo queda la furia. “Nada de enternecerse, de meditar. Sólo la furia. A veces bramar de pura rabia”.

La decisión está tomada. Perdidas las ataduras, compra una pistola en una tienda legal. Incluso asiste a clases de la policía para aprender a manejarla (otra broma macabra). La última anotación en su diario es del 15 de enero de 1989: “estoy  esperando el llamamiento a filas; no me doy prisa, pero tampoco quiero aplazar nada por culpa de mis dudas. Ha llegado la hora”. Cinco semanas después se pega un tiro en la cabeza.


Cuatro obras mayores de un escritor legendario

CONFESIONES DE UN BURGUES. SALAMANDRA, 484 PAGINAS

Escrito a los 34 años, en este libro autobiográfico Márai recuerda sus días como reportero, sus amantes, su matrimonio con Lola y el periplo por Florencia, Londres, Oriente Medio y París, en un mundo que va rumbo al desastre.


EL ULTIMO ENCUENTRO. SALAMANDRA. 192 PAGINAS

Dos amigos que durante su adolescencia y juventud fueron inseparables se reencuentran tras 42 años de separación. Aparte de bucear en los matices de la amistad, Márai recrea la decadencia del imperio austrohúngaro con deslumbrante eficacia.


LA HERMANA. SALAMANDRA, 253 PAGINAS

La anécdota de un famoso pianista, internado en un hospital italiano debido a un extraño virus, le sirve al autor para dar impulso a una inolvidable narración sobre los pozos sin fondo de la droga, el desengaño amoroso y la enfermedad.


DIARIOS 1984-1989. SALAMANDRA, 219 PÁGINAS

Desde su exilio en San Diego, California, el escritor entrega un testimonio sobre los años finales, acosado por la muerte y la decadencia física. Fuera de notable reflexiones políticas y literarias, registra la penosa agonía de su esposa Lola.

 

 



TRIUNFO, EXILIO Y SOLEDAD



Gracias a su aguda y fina observación de los sentimientos y las relaciones humanas, Sándor Márai vuelve a cobrar actualidad en pleno siglo XXI. Por Juán Ignacio Correa.


El fenómeno comenzó con El último encuentro (2001), aunque esta novela ya había sido traducida al español en 1967, bajo el título A la luz de los candelabros. Luego, la editorial Salamandra nos ha regocijado con: La herencia de Eszter, Divorcio en Buda, La amante de Bolzano, La mujer justa, Confesiones de un burgués (memorias escritas a los treinta y cuatro años), ¡Tierra, tierra! (segundo volumen de sus memorias escrito en 1972, casi cuarenta años después del primero), La extraña y ahora sus Diarios, 1984-1989.

Todas sus novelas podrían englobarse dentro del género psicológico (antes que nada describe los conflictos interiores de los personajes). Sus estructuras narrativas están conformadas por extensas conversaciones y largos monólogos, siendo más bien escasa la acción. Esas características han dado pábulo para que, no obstante reconocerse la buena prosa de Márai, se le impute algún tufillo anacrónico. No les falta razón a esos críticos, pero lo asombroso es que –con todo– ese olor a añejo en nada afecta la potencia narrativa de su obra, tan compacta como lúcida, absorbente, difícil de soltar una vez que se inicia la lectura.

Creo que el núcleo de esta fuerza radica en el uso literario que Márai hace de los secretos y del transcurso del tiempo como huellas
imborrables en la conformación de las personalidades y de las relaciones sociales. Así, por ejemplo, en El último encuentro nos enfrenta a la espera por cuarenta años de dos hombres mayores, inseparables en la juventud, que ansían el reencuentro final narrado en ella; en La herencia de Eszter, al regreso demorado por años; en Divorcio en Buda, al gesto interrumpido que sólo se advierte tardíamente y cuando ya no hay nada que hacer; en El amante de Bolzano, a los esfuerzos extemporáneos por reparar un desencuentro; en La extraña, a un profesor cincuentón que emprende un viaje solitario movido por una inquietud que lo perturba desde siempre y que lo llevó, unos meses antes, a dar un vuelco radical en su vida.

Pero sin una profunda comprensión sobre la naturaleza humana, Márai habría sido incapaz de sustentar su obra en esos elementos
ni desentrañar los motivos y las escenas que alimentan nuestro paso por la vida.

En cuanto a su biografía, se puede sintetizar diciendo que Márai vivió para la literatura. En los años cuarenta su fama era  comparable con las de Thomas Mann o de Stefan Zweig, como nos recuerda su biógrafo Ernö Zeltner en Una vida en imágenes (Universidad de Valencia, 2005, 212 páginas), pero la ocupación soviética de Hungría hizo que su estrella empezara a declinar al ser tachado de escritor “decadente y burgués”. Abandonó Budapest en el 48 y terminó radicado, previa estadía en Italia y Nueva York, en San Diego, ciudad donde se disparó un tiro en la cabeza el 21 de febrero de 1989, a los 88 años, agobiado también por la muerte de su amada Lola, su única mujer, y enfrentado a la realidad de no poder valerse más por sí mismo y tener que internarse en un hospicio de ancianos. Sus cenizas están esparcidas en el mar, según su deseo.

 

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Comentarios

1 Comentarios

ximena alvarado:

Publicado Jueves 19 de Marzo, 2009 - 22:33 hrs

he leído los tres libros que ustedes mencionan, me parece un escritor fantástico para abordar los problemas de los seres humanos,te entusiasmas leyéndolo y no dejas el libro hasta que lo terminas. Excelente.  
Por sus comentarios creo que sus memorias son imperdibles. 
Felicitaciones porel artículo.

 
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