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Artículo correspondiente al número 257 (24 de julio al 6 de agosto de 2009)
Algo nos está pasando al momento de embarcar en un avión. No es posible que la gente se atropelle por hacer la fila, cuando el llamado es por número de asiento. Ojo con la ansiedad. Por Mauricio Contreras.
En vista de los tiempos que corren, con muchos de nosotros corriendo todo el día, no sería una mala idea disponer en los aeropuertos de un detector de ansiedad. Sería la mejor forma de darnos cuenta de que la urgencia por todo –y por muchas cosas que no son importantes– nos está llevando a tener una pésima calidad de vida. Se sabe, la ansiedad genera tensión; esto lleva a un cansancio extremo y por eso después estamos agotados y no queremos más guerra.
En los aeropuertos es donde se está manifestando esta tendencia con una gran fuerza. Diversas encuestas a pasajeros y viajeros de negocios dan cuenta de cuál es el momento de mayor nerviosismo cuando llegó la hora de viajar: el 60 por ciento reconoce que la ansiedad aumenta al doble en la sala de espera del aeropuerto, ese instante interminable en el cual no hay mucho por hacer, salvo mirar el counter y esperar el llamado a subir al avión.
Respecto de esto, cabe hacer dos comentarios: el primero, un mínimo de civilidad y acatar los llamados por número de asiento, una regla básica del Manual de Carreño del turismo. Lo segundo es relajarnos; que yo sepa, a nadie le entregan un premio por subirse primero al avión. Hay que entender que esto no es una competencia, sino el inicio de un viaje de negocios o de placer y que por mucho que uno se apure, el control y la partida del vuelo no los manejamos nosotros.
Como no hay primera sin segunda, nuestra ansiedad vuelve a sacar sus garras una vez que el avión aterriza. Con el paso de los años he detectado que una vez que la aeronave pisó la losa, los pasajeros están acelerando cada vez más los procesos: por ejemplo, los cinturones de seguridad vuelan y ya estamos prendiendo los celulares para ver qué pasó durante nuestra ausencia. Para qué decir cuando corresponde retirar las maletas. ¿Ha visto esas personas que se ubican donde nace la huincha que las transporta, impacientes por su equipaje? Demasiado. Un exceso que molesta al resto de los viajeros.
Conclusión: nadie se va a morir por ganar dos minutos en el avión. ¿Para qué comenzar un viaje acelerados, sin motivo que justifique tal tensión? Disfrutemos un poco de lo bueno de la vida. Los aeropuertos están cada vez más cómodos. Cedamos el espacio en la fila a quienes llaman. Si venimos de los tacos de la ciudad, no generemos uno en la sala de embarque. No es necesario.