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Artículo correspondiente al número 256 (10 al 23 de julio de 2009)
¿Existe una cultura de la propina en Chile? ¿Cómo hay que retribuir un buen servicio? Por Mauricio Contreras.
Cada vez que me toca ir a un restaurante o café, me surge la duda: sabiendo que no es ley la propina del 10 por ciento del consumo -en Estados Unidos, por ejemplo, se estila un monto cercano al 15-, ¿cuánto es lo que corresponde dar o entregar?
El servicio en Chile no siempre es bueno y en general deja bastante que desear, a diferencia de lo que sucede en otras capitales latinoamericanas. Partamos de la base de que lo mínimo como consumidores es exigir amabilidad, una inquietud por atender bien, sugiriendo productos y no sólo limitarse a tomar nota de lo ordenado. Si uno advierte que hay un esfuerzo detrás, empezamos bien; de lo contrario, todo puede desmoronarse. El desgano resulta imperdonable.
Por otro lado, la propina debe considerar el servicio y no el plato que nos sirvieron. Castigar la mala mano del chef puede ser un exceso de los comensales y en eso de-bemos ser justos. En varias ocasiones me ha tocado presenciar modestas propinas por platos que no estuvieron a la altura de las expectativas, aunque el servicio haya sido atento, lo que resulta erróneo. Separemos las cosas: un aspecto es cómo te atendieron y otro, la calidad de lo que comimos. Aunque si la comida es muy mala, difícilmente habrá ánimo para dejar propina.
No son pocos los que estiman que la propina es un premio; sin embargo para los mozos se trata de una parte considerable de sus ingresos. Lo normal es que un buen servicio sea correspondido con un 10 por ciento y uno sobresaliente con algo más. Así de simple. Incluso en la barra de un bar es buena estrategia dejar propinas generosas si el servicio es ágil y amable. Pronto se sentirán como en casa.
Aparte de la rápidez y estar alerta a nuestros requerimientos, conocer la carta y no pasarse de listo, un punto central para calificar una buena atención es cuando uno siente que como cliente no es un cacho para los garzones. Y con pequeños detalles se puede hacer una gran diferencia, sin caer en excesos. Tanto como la lentitud o una mala cara, la sobreafectación puede ser difícil de tragar.
En la propina no hay reglas escritas. Lo que está claro es que a veces uno se retira de un restaurante con una satisfacción de oreja a oreja por el solo hecho de haber sido atendidos con un alto grado de profesionalismo. Y entonces sí que dan ganas de volver.