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Vivir y morir en Phoenix

Artículo correspondiente al número 273 (9 al 23 de abril de 2010)

 

En Angeles derrotados, Denis Johnson recrea las vidas de los caídos en desgracia. Una brillante novela de 1983 rescatada por la colección Otra vuelta de tuerca, de Anagrama. Por Marcelo Soto.

 

 

"Abrió los ojos… No necesitaba ni mapa ni reloj para saber que se hallaba de nuevo en el peor momento, en el sitio menos indicado”. La frase, que aparece en la página 62 de Angeles derrotados, de Denis Johnson, bien podría resumir el derrotero de los personajes que deambulan por esta novela, escrita con la intensidad de un rayo y la desazón de una resaca.

Publicada en 1983 con aclamación unánime (Philip Roth dijo que era una pequeña obra maestra), la narración cuenta las desventuras de Bill, un ex marinero, tres veces ex marido, bebedor compulsivo e irresoluto malhechor -“un idiota en marcha, tan desabrido como el viento”, describe el narrador- junto a Jamie, una muchacha de carácter nervioso que escapa con dos hijas pequeñas de un matrimonio lamentable.

El título original es Angels y claramente el adjetivo adicional en la edición española no sólo sobra sino que perjudica y predispone de manera negativa la lectura. Los protagonistas vagan en una neblina de drogas y alcohol, chocan entre sí y van de mal en peor, como marionetas manipuladas por un ente perverso, pero de cierta forma permanecen inocentes.

Bill y Jamie se conocen en un bus Greyhound y comienzan una juerga interminable. En algún momento de la noche o del día se separan. El abre los ojos sin saber dónde se encuentra. “¿De dónde había salido Chicago? Le asustaba despertarse en ciudades inesperadas con grandes lagunas en la memoria, sintiendo intensamente que había hecho cosas, que tal vez había cometido delitos: su cuerpo moviéndose por cuenta propia, transformando quizá toda su vida, jugándole malas pasadas por las que algún día tendría que pagar”.

El problema de Bill es que nunca está satisfecho. No sabe lo que quiere. En el fondo, es un adolescente. “Algo le faltaba. Cuando estaba sobrio, sentía que necesitaba alcohol; pero cuando había tomado unas copas, creía que era otra cosa, probablemente una mujer; y cuando lo tenía todo –dinero, bebida, mujer-, no podía evitar el gran vacío en el que se precipitaba sin jamás tocar fondo”. Jamie es otro cuento. Camina siempre al borde de un precipicio: por un lado la acecha la histeria, por el otro el pánico. Ambos conducen al suicidio. Atontada a punta de pastillas y vino barato, apenas sosteniendo a sus dos hijas, se deja engatusar por cualquiera de los especímenes malignos que pululan por la ciudad y termina siendo víctima de un espantoso ataque sexual.

“Ella se examinó la mano. Las cosas estaban fuera de su alcance. Sintió como si las piernas se le acabaran en las rodillas… Esta soy yo. ¿Tienes lo que querías? Porque al fi n te lo he dado todo. Esta soy yo ésta soy yo ésta soy yo”.

La pareja de almas sin rumbo se reencuentra; pero el destino está escrito y es una calamidad. Viajan hasta Phoenix, donde vive la familia de Bill, quien planea un atraco a un banco junto a sus dos hermanos, tan desafortunados como él. Lo que los une son la falta de gracia y la estupidez.

Johnson, nacido en 1949, ganador del National Book Award en 2007 por la novela Arbol de humo, comenzó su carrera como laureado poeta a los 19 años y ese origen se nota en su prosa, precisa y a veces deslumbrante. El brillo de su estilo radica en que parece capaz de alternar la mirada telescópica y la interioridad casi biológica de sus personajes. Para ellos, el entramado social puede ser tan inmanejable como sus propios delirios y desarreglos estomacales. El malestar no es puramente físico.

Angeles derrotados. Denis Johnson. Anagrama, 260 páginas. Barcelona, 2009.
Angeles… es un novela dura y contundente, que a la manera de Cheever esconde en su aparente brevedad y concisión varias novelas en su interior. La parte fi nal, una narración carcelaria que recuerda a Falconer, va alternando el relato de un condenado a muerte con el de una paciente de un hospital para enfermos mentales Esta última, en una escena en que se enfrenta a un panel de siquiatras, debe adivinar lo que quieren escuchar sus doctores para ser declarada sana. “¿Qué te imaginas que harás dentro de 10 años?”, le pregunta uno de los médicos. Ella dice: “Estaré mirando la tele en color y fumando cigarrillos de la marca Winston”. Ante la respuesta, los especialistas asienten complacidos, moviendo “sus cabezas frenéticamente arriba y abajo. Aquello les encantó”.

Nada más lejos de su autor que el activismo político; sin embargo, esta sección puede leerse como una diatriba contra la pena capital y las instituciones siquiátricas del sistema de salud público norteamericano. Johnson describe con una nitidez asombrosa, espeluznante, el momento en que el presidiario ingresa a la cámara de gas: “antes de que pudiera enterarse, estaba en plena inhalación del último aliento de vida… Se sumió en la oscuridad entre un latido y otro, y allí descansó. Y entonces se dio cuenta de que el siguiente ya no vendría. Ya está. Es el último”. La frase que sigue habla de la postura del autor frente a los hechos: “miró hacia la oscuridad. Me gustaría aprovechar esta oportunidad, pensó, para rogar por otro ser humano”.

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